El Presidente Alberto Fernández, en su discurso de apertura de las sesiones ordinarias del Congreso de la Nación, hizo hincapié en algunos de los factores que motorizaron el proceso inflacionario de los últimos años y también dio cuenta de las herramientas que el gobierno está empleando para mitigarlo.

La experiencia local reciente es lapidaria respecto a que los bruscos movimiento de la cotización del dólar, de las tarifas de los servicios públicos y de los precios de los combustibles fueron los causantes más relevantes de la aceleración inflacionaria que, en los últimos cuatro años, alcanzó el nivel más alto de casi tres décadas. Frente a ese diagnóstico, las principales decisiones consistieron en estabilizar la cotización de la moneda nacional para operaciones de comercio exterior y congelar el precio de los combustibles y de las tarifas de los servicios públicos.

La fragilidad macroeconómica heredada obligó a tener que aplicar un impuesto a la compra de moneda extranjera no destinada directamente a operaciones comerciales. Y también, en contraposición total a la administración anterior, otra de las decisiones centrales fue la de reducir muy fuertemente las tasas de interés. Hace menos de seis meses, la tasa de referencia del sistema (Leliq) había llegado a ser fijada por el Banco Central en el 86% y ya se anunció que, desde este jueves, se reducirá al 38%.

No es solo un marco teórico diferente el que orienta la política económica en cada una de las administraciones. Hay poderosos intereses en pugna. La teoría monetarista aplicada, a pesar de contar con el respaldo internacional que permitió el endeudamiento externo más acelerado de la historia nacional y una oposición política desarticulada, fracasó.

Un punto esencial del marco teórico empleado fue la total omisión en relación a que en la dinámica de ascenso o descenso del proceso inflacionario hay relaciones de fuerza y sectores que se benefician con el impacto de la política económica. En efecto, los cambios de las estructuras de precios relativos provocados por la dinámica inflacionaria no son analizados por el monetarismo, a pesar de que son centrales en el estímulo de la actividad económica. El resultado del modelo aplicado fue pésimo en términos de recesión, empeoramiento de la capacidad productiva, distribución regresiva del ingreso y endeudamiento por haber tomado medidas que se orientaron prioritariamente en mejorar la rentabilidad de sectores altamente concentrados, como el financiero y el de servicios públicos, sin ningún condicionamiento a favor de la actividad productiva y de la equidad distributiva.

Tristemente, más allá de la cruda evidencia reciente, amplios sectores de la academia continúan convencidos de que, bajo políticas de contracción monetaria, como las aplicadas al subir la tasa de interés y/o congelar los agregados monetarios, la supuesta movilidad de los precios y de los factores de la producción pueden conducir a un sendero de inflación descendente y así generar un equilibrio beneficioso para todos.

Ahora bien, la inercia inflacionaria no puede detenerse completamente con las políticas adoptadas. Los contratos no ajustados aún por diferentes motivos tras el desbarajuste de precios relativos se van a ir reacomodando en la medida de sus posibilidades impidiendo una rápida estabilización. Y, de hecho, seguirán presentes las tensiones distributivas y el intento, después de muy bruscos movimientos de precios de sectores estratégicos, de los rubros más postergados por actualizar sus precios hasta niveles cercanos a sus posicionamientos históricos más beneficiosos. Ahí es donde es clave la política económica. Las herramientas de administración de los mercados deben aplicarse en función de una matriz de precios relativos deseada. La tarea entonces es muy compleja. No consiste solamente en bajar la alta inflación, misión ya muy complicada después de los cimbronazos originados por las decisiones del gobierno anterior. También debe resolverse y fijarse claramente qué esquema de precios relativos está en línea con el proyecto de país buscado.

Por eso, decisiones como la de bajar tasas de interés, congelar y estudiar estructuras de costos para el establecimiento de tarifas de servicios públicos y de combustibles dan cuenta de un plan económico que trata de impulsar que el negocio productivo prevalezca sobre el financiero. Pero, después de tantos bruscos cambios de precios relativos, es crucial definir cuál es la mejor estructura de precios relativos para dinamizar el crecimiento. En los primeros años de la posconvertibilidad, hubo una estructura que dinamizó el crecimiento de una forma notable pero a costa del enorme sacrificio de los trabajadores. Tras la crisis internacional, también la economía mantuvo relaciones de precios que dinamizaron el crecimiento y la inclusión social. Por supuesto, el contexto internacional influye significativamente. Pero también hay que tener muy presente que más determinante que las cuestiones externas son las políticas públicas y hoy nuevamente están orientadas a un modelo de recuperación productiva y social de nuestro país.

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Mariano Kestelboim

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