Durante el siglo XX y algunos de los primeros años del XXI, los contratos más incidentes sobre los presupuestos de las economías de las ciudades fueron los de la recolección de residuos.

Durante las últimas tres décadas de la pasada centuria, la paulatina toma de conciencia ciudadana sobre los efectos ambientales de la disposición de los residuos domiciliarios cambió un poco el orden de los factores variables que componían las fórmulas que arrojaban como resultado el precio de esos inmensos contratos.

Por lo general, cuando este servicio se encontraba total o parcialmente tercerizado se ubicaba en el primer lugar del ranking de importancia de los contratos públicos municipales. Solo la obra pública desplaza, en algunas ocasiones a la limpieza del espacio público de ese sitial de honor. Santísima trinidad cuya gracia plena puede determinar el éxito de una gestión o su rotundo fracaso.

Los gastos en personal, higiene urbana y las inversiones en infraestructura representan, a groso modo, el 90% de los presupuestos de las entidades del primer grado político en las organizaciones estatales. Un porcentaje tan alto que se replica presupuesto tras presupuesto y absorbe, además, otra porción semejante del crédito al que acceden las entidades básicas de las organizaciones nacionales.

Antes que la fama les llegara por su tolerancia ante el delito, los alcaldes de Nueva York se expresaron en reiteradas oportunidades sobre una de las complejidades a las que los enfrentaba su gestión. La recolección de residuos se veía saturada los lunes. Ni las cadenas de fast food, ni los estadios de fútbol americano o el Madison Square Garden eran los responsables del gran desorden del arranque de la semana. La edición dominical del New York Times superaba los 3 kg de peso y se convertía en el problema principal a solucionar para que las demoras en su retiro no congestionaran los desagües, sumideros u otros servicios básicos de la ciudad.

La calma llegó con la innovación tecnológica y, en este caso, no por su aplicación y modernización de la maquinaria de recolección o por un programa de IA aplicada a la clasificación de materiales reciclables, sino simplemente porque la era tecnológica cambio el domicilio de entrega de los suscriptores de los grandes diarios a una pantalla digital. En las próximas columnas me ocuparé de abordar la complejidad a la que se enfrenta este problema ciudadano de la recolección de residuos.

Referí aquella anécdota neoyorquina, para analizar y usarla de plataforma de lanzamiento para comparar la cuestión que amenaza la base lógica y racional de las contrataciones públicas ante la pandemia.

Los medios de comunicación han trasformado la crisis sanitaria mundial en un necrófilo juego olímpico. El medallero de muertes, infectados y recuperados se parece mucho al bronce, la plata y el oro que – en este caso- no quieren lucir los países afectados. 24 horas de bombardeo informativo afectan la psiquis hasta del más sano de los neuróticos. Solo se mezclan en los noticieros, los informes meteorológicos, y los desalentadores reportes macroeconómicos.

Hasta los hechos de sangre han reducido su incidencia repetitiva en zócalos y pantallas. Una relación íntima entre el poder y el dinero ha irrumpido en el océano desinformativo (otra secuela COVID) que nos ahoga. Las compras de insumos sanitarios y los sobreprecios aparecieron en el negro firmamento del virus de Wuhan.

A cada cual lo que le corresponda, pero debo señalar que la logística de la pandemia impone un análisis de factores determinantes sobre los precios públicos que conforman la voluntad a estatal. Las compras digitalizadas y su lógica de captura inmediata de "precios de mercado" está arrasada por los hechos. Escasez, distribución, calidad, fecha de vencimiento, lugares de entrega, volúmenes y almacenamiento han aparecido como condiciones conformantes de un precio disparado par un combo explosivo de miedo, afecto por el acopio, especulación y falta de oferta.

Algunos productores textiles y químicos reencontraron competitividad contra sus competidores gigantes chinos. Las compras públicas deberán incluir en sus reglamentos (excepcionales) en un escenario caótico: más agilidad, plazos más cortos y control concomitante de las auditorías para honrar los compromisos internacionales que asumimos cuando incorporamos al derecho nacional la Convención Interamericana contra la Corrupción (por Ley 24759) y la Convención de las Naciones Unidas contra la Corrupción (por Ley 26097).

Todo debe ser ordenado en la comprensión que las condiciones inusuales que afectan los valores de los recursos sanitarios y las retribuciones al personal del sector no pueden en la emergencia, evaluarse desde el atalaya de la normalidad.

Más notas de

Alberto Biglieri

Twitter, Trump y jubilación. El reino del revés (Parte II)

Twitter, Trump y jubilación. El reino del revés (Parte II)

Vamos a ver cómo es, el Reino del Revés(Parte I)

Vamos a ver cómo es, el Reino del Revés(Parte I)

El protocolo presidencial (boliviano) y una semana internacional

El protocolo presidencial (boliviano) y una semana internacional

Inversiones inmobiliarias, blanqueo y seguridad jurídica

Inversiones inmobiliarias, blanqueo y seguridad jurídica

Dólares, yuanes, reales y euros: el ahorro y la Justicia

Dólares, yuanes, reales y euros: el ahorro y la Justicia

Epílogo Pandémico

Epílogo Pandémico

Síndrome de Estocolmo

Síndrome de Estocolmo

Consumidores en la Reforma Judicial

Consumidores en la Reforma Judicial

Acerca del DNU sobre internet, TV por cable y telefonía

Acerca del DNU sobre internet, TV por cable y telefonía

Fútbol y fulbito: acerca del uso del lenguaje inclusivo en el Banco Central

Asia Kate Dillon y las cuestiones de género en Billions