Las buenas personas no cierran por vacaciones, no tienen horario de oficina y se construyen permanentemente. Para ello se comprometen y se esfuerzan en tomar decisiones congruentes con dicho anhelo. Ser bueno abarca un conjunto de comportamientos, valores y actitudes que se despliegan a lo largo de diferentes situaciones. Ser bueno no solo implica dejar de hacer el mal o evitar caer en él; ser bueno es una voluntad de actuar de manera activa ante la vida.

Recordemos que los buenos deseos no sirven si no se acompañan con acciones, se quedan en nada. Se necesita algo más que intenciones nobles; hacen falta compromisos reales, acciones que se noten, que se vean y que se sientan. En el ser humano abundan las buenas intenciones: el deseo de paz, armonía, bienestar y equilibrio. Sin embargo, se nos olvida que los buenos pensamientos sin obras se quedan en humo, en meros deseos lanzados al viento.

Cuesta ser esa ayuda real, quizás por falta de tiempo o por inseguridad, por falta de conocimientos o de recursos o por no saber en realidad cómo pasar del simple deseo a la acción. El concepto de la fuerza de voluntad es el motor que todo lo promueve y que todo lo puede cambiar. Ese ingrediente mágico es el que necesita ahora el mundo para encaminarse hacia un futuro más humano, empático y beneficioso para todos.

Las buenas intenciones abundan en tiempos de WhatsApp. Cuando uno está mal, no faltan los buenos deseos, las palabras amables y los emoticones en forma de corazón. Todo eso nos viene bien, pero la mayoría de las veces se queda en simples deseos poco transformadores. El afecto virtual no siempre es suficiente para el que lo pasa mal, para los que viven momentos complicados, para el adolescente que no sabe pedir ayuda o para la persona mayor que no quiere pedirla por no molestar.

Necesitamos empatía compasiva, aquella en la que la persona no solo es capaz de sentir lo que siente el otro. Hace falta el compromiso con quien tenemos delante. Los meros deseos no arropan, ni alivian, ni sanan, ni dan de comer, ni apagan miedos y ansiedades. Hay que ir más allá. Debemos inyectarnos buenas dosis de fuerza de voluntad, de nutrientes para la acción, de aliento para el compromiso y el cambio real. Séneca decía que gran parte de la bondad que vemos en el mundo es "el resultado de quien se esfuerza diariamente por hacer el bien".

Hay personas que ponen el corazón en todo lo que hacen. Las delata el brillo de sus ojos, el color de su sonrisa y la intención vestida de amor en cada uno de sus actos. No presionan, no gritan ni fuerzan. Saben interpretar silencios, respetar tiempos y sostener cuando alguien lo necesita. La persona benevolente es capaz de salir de la burbuja del yo para pensar en los otros, en su bienestar, en su calidad de vida y en sus necesidades.

Presenciar actos de bondad tiene un gran poder sobre las personas. Las acciones completamente desinteresadas provocan en quienes las ven sentimientos de paz y sosiego que, por sobrevenir de forma inesperada, quedan grabadas y perduran. Un acto de bondad trae una renovada fe en la naturaleza humana, ofreciendo un rayo de esperanza en medio del caos y del conflicto de la vida cotidiana.

"En el siglo XV, en una pequeña aldea, vivía una familia con varios hijos. El padre trabajaba en las minas de carbón. Dos de sus hijos tenían un sueño: querían dedicarse a la pintura. Pero sabían que su padre jamás podría enviar a ninguno a estudiar. Los dos hermanos llegaron a un acuerdo. Lanzarían al aire una moneda y el perdedor trabajaría en las minas para pagar los estudios al otro. Al terminar los estudios, el ganador pagaría los estudios al que se quedara en casa. Así, los dos podrían ser artistas.

Albrecht Durero ganó y se fue a estudiar a Nüremberg. El otro hermano, comenzó el peligroso trabajo en las minas. Los grabados de Albretch, sus tallados y sus óleos llegaron a ser mucho mejores que los de muchos de sus profesores y rápidamente comenzó a ganar considerables sumas con las ventas de su arte.

Cuando regresó a su aldea, la familia Durero se reunió para una cena. Al finalizar, Albretch se puso de pie y propuso un brindis por su hermano, que tanto se había sacrificado para hacer sus deseos una realidad. Y dijo: Ahora, hermano mío, es tu turno. Ahora puedes ir a Nüremberg, que yo me haré cargo de tus gastos.

Pero éste, con el rostro empapado en lágrimas, se puso en pie y dijo suavemente: No, hermano, no puedo ir. Es muy tarde para mí. Estos cuatro años de trabajo en las minas han destruido mis manos, no podría manejar la pluma ni el pincel, pero estoy feliz de que mis manos deformes hayan servido para tu sueño.

Más de 450 años han pasado desde ese día. Hoy las obras de Durero están alrededor de todo el mundo. Pero hay una que seguramente conocemos. Para rendir homenaje al sacrificio de su hermano, Albretch dibujó sus manos maltratadas, con las palmas unidas y los dedos apuntando al cielo. El mundo entero la llamó "manos que oran". Pueden buscarla en Internet".

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