Estamos en guerra”, se repite a cada rato para dar una dimensión de la gravedad de la situación y justificar las drásticas medidas. Lamentablemente la comparación es válida.  Muchos pueden (podemos) dar testimonio del vínculo en las sensaciones, la adrenalina, la incertidumbre de ese existir en carne viva que supone atravesar un período de guerra.

Por estas horas, los recuerdos (muchos borrados) reaparecen sin que nadie los llame. Aquella vez no había distancia social que respetar. Sí hubo una noche de simulación y apagón absoluto, antes de que explotara la primera bomba, que puso al país por primera vez en situación real ante la excitación permanente que reinaba desde un 2 de abril.

24 horas de coronavirus, 24 horas de Malvinas. No existía otro tema. Como pasa hoy en las redes, se devoraban los diarios, las radios y las teles estaban prendidas todo el día. El sueño colectivo tuvo al país dos meses hipnotizado. Cada comunicado, precedido de una música que quedará imborrable en la memoria de los que vivieron aquel 1982.

También como en aquella época, no había tiempo para reflexionar sobre lo que sucedía. Una marea de opiniones atravesaba a todos y cada uno sin dejar lugar para expresar dudas.

Era tiempo de obedecer y los argentinos obedecimos gustosos. No alcanzará la vida para arrepentirnos de esa locura.

La última vez que la enorme mayoría de la sociedad puso foco común en algo fue en la guerra. Hoy se siente similar. La primera etapa de este episodio culminará con el feriado más triste del calendario. Aquel drama abrió la puerta a una democracia que todavía no desplegó su potencial.

Otra vez, el espejismo pasará. La tragedia volverá a pasar sin permiso y, al final, nos encontraremos nuevamente con nosotros mismos. Ya no habrá un motivo único para transitar los días y poco a poco nos permitiremos más mezquindades. Cuando una causa vuelva a comprometer a la sociedad entera, se podrán trazar paralelismos con la pandemia y no con la guerra. Algo, al menos algo, será mejor en todos.

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