El miedo es una función que se acepta que existe en los animales inferiores al hombre. Es considerado como una función básica que marca una conducta instintiva de supervivencia. Sin embargo, en el humano puede considerarse que este instinto es modificado por la inteligencia y las funciones cognitivas, asignándole subjetividad.

Ese temor puede tener dos respuestas de aprendizaje asociativo. Una es la "sensibilización", es decir, aumentar la respuesta emocional ante cada noticia, comunicación oficial o información. O, por el contrario, producir la otra conducta, la "habituación", que ante cada estímulo se produzca respuesta emocional.

El aprendizaje es un proceso que modifica nuestras decisiones a través de las premisas memorizadas previamente; es decir, un trabajo de cambio de actividad o de toma de decisiones en el caso de conductas complejas.

El sector cerebral del hipocampo es el director de la orquesta del ingreso temporal de la información. Así lo ha propuesto James Mc Clelland de la Universidad de Carnegie Mellon, presentando un nuevo modelo de aprendizaje asociativo.

La picazón y el pulóver

Sin embargo es complejo obtener determinaciones finales sobre las zonas cerebrales que actúan desde la sensibilización o la habituación. Existe una activación de la corteza de la ínsula que va a mostrar un rechazo sobre algún objeto o persona. En cambio, la corteza frontal ventromedial muestra el acercamiento. Se describe al hipocampo, como centro de la memoria asociando el recuerdo entre ideas, momentos y emociones, generando aprendizaje asociativo.

La habituación es entonces una especie de adaptación social, parangonable a lo que sucede con nuestros receptores de la piel, cuando nos ponemos un pulóver y sentimos una importante picazón como respuesta de contacto, percepción que con poco tiempo disminuye francamente.

En cuestiones cognitivas sería una adaptación, pero social. Un proceso mucho más jerárquico, dado que se le suman muchas variables y con niveles mayores de complejidad, donde impacta la intersubjetividad de los grupos.

El temor genera una respuesta emocional y una conducta posterior de supervivencia que puede conducir a la huida o a la detención de una acción que hubiera puesto en riesgo la vida o por lo contrario a una conducta que avanza sobre un objetivo, pero luego de haberlo supervisado. Esto, por ejemplo, se observa en estudios de animales que ante un estímulo aversivo previo, avanzan pero con mayor desconfianza, midiendo cada paso.

El miedo transcurre ante una situación concreta e inmediata, como una respuesta aguda a situaciones específicas. Ante este contexto temeroso, la conducta puede ser la evitación y la sensibilización aguda a un temor o por el contrario, la habituación al riesgo y la exposición comunitaria al mismo.

Probablemente influye sobre esta respuesta social la actual tasa de letalidad, no tan alta, como sucedió en el comienzo de la pandemia en Europa, sea por el mejor manejo de la enfermedad o porque el virus se ha atenuado por diferentes cuestiones regionales, étnicas o propias del germen.

La respuesta comunitaria frente a la cuarentena

La respuesta de la población irá cambiando con el paso del tiempo, entonces la toma de decisiones grupales anexan un aprendizaje social y cambios de respuesta comunitaria, desde el estrés agudo al crónico.

La toma de decisiones es la función final de nuestra conducta, puede existir a corto y a largo plazo, siendo más compleja y desarrollada al final del desarrollo cerebral de las personas, pasados los veinte años. Recordemos que la inhibición de la conducta es especialmente a expensas de nuestro lóbulo prefrontal del cerebro, y los instintos se controlan y/o producen en nuestro sistema subcortical límbico. Mucha gente, especialmente los adolescentes, podrían priorizar el beneficio inmediato de exponerse, aumentar contactos o no usar barbijo, priorizando el beneficio precoz de pasarla más cómodo versus el de largo plazo e invisible, que es no contagiarse de un virus con riesgo de vida.

La decisión a largo plazo aumenta sus dificultades ya que incluye mayor cantidad de variables y una cierta proyección en el tiempo. Se considera que nuestra conducta final es el desarrollo entre la lucha de lo racional y lo instintivo: si los instintos primitivos de supervivencia superan al control, se da una mayor presencia de nuestro cerebro primitivo

En el comienzo de una pandemia probablemente se priorice la sensibilización, para luego con el paso del tiempo; al cronificarse el estrés y prolongarse el estímulo, agotarse los procesos instintivos de temor y lucha. Apareciendo otros procesos instintivos: gregarios, de búsqueda novedades, espaciales, sexuales,agresivos entre otros. Estos serán liberados, pues no es posible contener eternamente muchos instintos primitivos, que en un principio el estrés agudo solapará.

Se pasará así de la sensibilización, como respuesta de aprendizaje inhibitoria, a la habitación como conducta desinhibida. Cuando los estímulos son repetidos y prolongados en el tiempo, pueden dejar aparecer otros procesos básicos buscando un equilibrio.

Conocer estos mecanismos de aprendizaje y respuesta adaptativa, individual y social, es una herramienta que servirá para la apreciación sanitaria de respuestas incontenibles de la sociedad y preparar un protocolo preventivo y comunicacional sobre las posiciones autogestivas de las personas para generar proyectos que eviten el desborde anárquico de la población ya habituada a la pandemia.

Ignacio Brusco es neurólogo cognitivo y doctor en Filosofía. Prof. titular UBA. Conicet

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Ignacio Brusco

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