Un aspecto central para comprender y poder tener algún grado de previsión sobre la dinámica de la economía nacional, sobre todo hoy con la enorme incertidumbre provocada por la apertura al endeudamiento descontrolado, debe incorporar el estudio de sus cuentas externas. Existe una visión, bastante difundida en los últimos días, en especial desde el nuevo golpe devaluatorio, que sostiene que ese shock permitiría impulsar, finalmente, un nuevo proceso de crecimiento con recuperación del poder adquisitivo de las mayorías.

Uno de los mejores pensadores económicos de nuestro país, Marcelo Diamand, supo romper con la teoría tradicional en su análisis sobre la repercusión de una devaluación en las economías con "Estructuras Productivas Desequilibradas (EPD)" (así llamaba a las economías subdesarrolladas). Observaba a principios de los años setenta, aunque con vigencia en la actualidad, que lo distintivo de las devaluaciones de las EPD era que, además de generar un efecto precio positivo sobre la competitividad (encarece las importaciones y baja costos internos medidos en dólares), provocaban un efecto ingreso no previsto en la teoría hegemónica. El mismo permitía, según Diamand, "lograr el equilibrio de la balanza de pagos en virtud de la reducción del consumo y la inversión; o sea, de la crisis y el desempleo". Observaba que ambos efectos son equilibradores de la balanza de pagos pero con características internas opuestas: el efecto precio es reactivante y el efecto ingreso depende netamente de la existencia de una depresión.

El rasgo particular de las últimas bruscas devaluaciones de 2016, de 2018 y de la actual es que, a pesar de su intensidad (recordemos que la moneda nacional en la primera perdió alrededor de un tercio de su valor y en la segunda un poco más de la mitad) no bastaron para estabilizar las cuentas externas significativamente, a diferencia de lo que ocurría en el pasado. Ese es el fenómeno quizás más lamentable y novedoso de la actual estructura de la economía nacional y de las políticas públicas más recientes.

Si bien la devaluación de principios de 2014 tampoco había permitido restablecer plenamente el equilibrio, la diferencia respecto a las siguientes da cuenta de un cambio muy importante. En la de 2014, con la pérdida de sólo un quinto del valor del peso, el déficit de cuenta corriente en el semestre posterior al impacto de la devaluación (segundo y tercer trimestre de 2014) cayó un 87% respecto al déficit registrado en el semestre anterior a la devaluación (tercer y cuatro trimestre de 2013).

En cambio, en las últimas devaluaciones el impacto en el déficit externo fue mucho más acotado. En efecto, tras la devaluación de diciembre de 2015, el rojo de cuenta corriente del siguiente semestre (primer y segundo trimestre de 2016) apenas implicó una reducción de un 19% respecto al semestre previo, a pesar de que la devaluación fue bastante más fuerte que la de 2014. Y, en la devaluación de 2018, extendida entre el segundo y tercer trimestre de ese año, el saldo negativo de la cuenta corriente en el semestre posterior (cuarto trimestre de 2018 y primero de 2019) tuvo una reducción de sólo un 62% respecto al semestre previo. Si bien los números pueden marear, lo más importante es observar lo siguiente: con una devaluación más de dos veces más intensa en 2018 que en 2014 la reducción de la brecha externa en 2018 fue bastante menor y obligó a devaluar otra vez en 2019 al gobierno.

Los mayores precios de los recursos naturales del período 2014 respecto a 2016 y 2018 no sirve para explicar las diferencias, dado que entre los semestres comparados de reducción del déficit no hubo cambios de precios relevantes.

A pesar de lo que se cree comúnmente, la restricción a la remisión de utilidades tampoco permite fundamentar el fenómeno. El envío de utilidades en 2014 alcanzó los 8.114 millones de dólares en 2014 y en 2016 y 2018 fueron de 7.866 y 8.938 millones de dólares, respectivamente. En tanto, el resultado de las balanzas comercial (intercambio de bienes) tampoco refleja diferencias significativas.

Lo dos factores más importantes y estructurales que implican que las devaluaciones tengan un impacto mucho menor que en el pasado para corregir desequilibrios externos se observan en el pago de intereses de la deuda y en la balanza de servicios. El primer factor es impactante y es el resultado de un proceso de endeudamiento externo descontrolado, aun más acelerado que el de los años noventa. Así, en 2018, las rentas por pagos de intereses aumentaron un 55% respecto a 2017 y se multiplicaron por más de tres veces en relación a lo que se pagaba anualmente el ultimo gobierno kirchnerista. La diferencia supera los 8.000 millones de dólares y no puede contraerse a partir de una devaluación, dado que fueron compromisos asumidos en monedas extranjeras.

La cuenta de servicios tampoco es fácil de revertir porque está influida por una cuestión cultural (vacacionar en el exterior es un anhelo social cada vez más difundido) y por el desarrollo de las tecnologías de la información y de la comunicación sobre todo con el soporte de Internet que facilita, por ejemplo, la importación de servicios audiovisuales cuando antes casi no existía acceso. En 2014, el desdoblamiento cambiario resultante de las restricciones a la compra de dólares incrementaba el costo de vacacionar en el exterior. Así, a pesar de la fuerte devaluación de 2018, en el primer trimestre de 2019 la caída del déficit fue importante (cayó a la mitad), pero de todos modos fue un 11% más elevado que el de 2015 y del doble que en el último año de fuerte crecimiento registrado (2011).

Lo grave de la nueva configuración de la economía local es que es cada vez más dependiente del regresivo efecto ingreso para equilibrar sus cuentas externas y menos del efecto precio. Así, la contracción de las importaciones de bienes y servicios (en el primer trimestre de 2019 fueron un 59% inferiores a las del mismo lapso de 2018) no fue suficiente para equilibrar un balance de pagos donde, además, la fuga de capitales tiene un voltaje capaz de absorber toda la diferencia entre el colosal endeudamiento externo y el pago de intereses. En el actual modelo desregulado y con las nuevas condiciones estructurales, el restablecimiento del equilibrio externo requiere de crisis más profundas para así mantener capacidad para el repago de la deuda. Esto podría explicar cómo, en un año electoral, el gobierno, sometido a las necesidades de los acreedores financieros representados por el FMI, no haya podido eludir una nueva devaluación que sepulta definitivamente toda chance de revertir el resultado de las PASO. Superar esta fragilidad será un desafío enorme para la próxima administración que deberá establecer políticas integrales de estímulo a la actividad productiva para poder recuperar autonomía.

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