"Un agricultor tenía el mejor cultivo de maíz. Cada año llevaba su maíz a la feria del estado donde daban ese premio y un año un periodista lo quiso entrevistar porque siempre ganaba élà ¿Cómo hace usted para darse el lujo de compartir sus mejores semillas de maíz con los vecinos, cuando ellos también compiten con usted?, le preguntó. El granjero respondió que el viento recoge el polen del maíz maduro y lo mezcla de campo en campo; si mis vecinos cultivan maíz inferior, la polinización cruzada degrada de manera constante la calidad de mi maíz. Debo ayudar a mis vecinos a cultivar maíz bueno también". Ese mensaje, contado hace pocos días por el periodista Sergio Lapegüe, se viralizó en las redes sociales. La idea, por supuesto, trasciende los diferentes ámbitos de la vida y vale en el resto de las producciones y el comercio.

Los países más desarrollados suelen estar rodeados geográficamente de otros que también tienen un buen grado de progreso. La Unión Europea, cuando se conformó tuvo el objetivo, entre sus ejes principales, de mejorar el desarrollo de la capacidad competitiva de sus miembros más atrasados y creó los Fondos Estructurales y de Inversión Europeos, destinados a invertir en la creación de empleo y en una economía y un medio ambiente europeos sostenibles y sanos. El Mercosur, en una escala mucho menor, hizo lo propio a través del FOCEM (Fondo para la Convergencia Estructural del Mercosur) y los recursos se destinaron intensivamente a mejorar la infraestructura y la competitividad de los dos socios más pequeños del bloque, Paraguay y Uruguay. Ese espíritu cooperativo tiene que primar para mejorar las condiciones productivas regionales. Desde ya, los tratados internacionales que pueda negociar el conjunto de países pueden impulsar la ampliación de mercados, pero su generación debe estar orientada por proyectos con objetivos definidos en base a estudios minuciosos sobre los costos y beneficios generales de mediano y largo plazo.

En base a la experiencia histórica nacional, podemos confirmar también que la profundización de la integración económica Latinoamericana es la mejor forma de inserción internacional para la Argentina porque permite un mayor intercambio de bienes y servicios con mayor valor agregado. La construcción de plataformas de comercio regionales no solamente es beneficiosa por los menores costos y tiempos de transporte, sino que ese comercio es fructífero principalmente porque no existen grandes brechas de desarrollo tecnológico que deriven en una especialización primarizada por parte de los socios con una inferior capacidad industrial. Esas menores diferencias abren la posibilidad de que nuestras industrias puedan extender su producción hacia esos mercados donde, además, hay importantes factores idiosincráticos que facilitan la generación de lazos de confianza y de intereses comunes para desarrollar proyectos de mutuo beneficio.

A la vez, en una economía global donde el área más dinámica en los últimos treinta años ha sido la de las telecomunicaciones, las economías de escala vienen creciendo de una forma muy significativa por las menores dificultades de control de la gestión administrativa y productiva, propias de los emprendimientos de gran tamaño. Por consiguiente, los nuevos proyectos, por ejemplo, vinculados a la producción de energías renovables, de tecnología satelital o de una amplia y moderna red de ferrocarriles pueden ser desarrollados por empresas de varios países asociativamente y así estimular el comercio regional, minimizar costos operativos, generar empleos y desarrollo de proveedores y poder abordar la crisis climática en mejores condiciones.

Para la Argentina, además, el intercambio con los países miembros de la ALADI (Asociación Latinoamericana de Integración), mayor grupo de integración del continente conformado por 13 países, ha sido altamente provechoso no sólo en términos de poder comercializar productos más elaborados que con el resto del mundo, sino también por haber podido acumular un superávit en las últimas tres décadas equivalente a 123.192 millones de dólares, a valor actual. De ese extenso período, sólo en los años 1992, 2016, 2017 y 2018 no se registró un saldo comercial positivo y, con las únicas economías con las que hubo déficit a lo largo del período, fue con las dos más grandes, Brasil y México, y con Bolivia. En cambio, con Chile, Colombia, Cuba, Panamá, Perú, Uruguay y Venezuela, el saldo fue superavitario en cada uno de los últimos 30 años. En tanto, con Ecuador y Paraguay, si bien el saldo acumulado total fue superavitario en el periodo analizado, hubo años en los que se registró déficit.

En esas últimas tres décadas, el comercio total de bienes de la Argentina con estos países (exportaciones más importaciones) venía ganando participación en relación al intercambio global, desde un piso del 28% a inicios de los años noventa. Ese fenómeno era resultado básicamente de la evolución interna del Mercosur, pero también se cimentaba en el desarrollo de acuerdos comerciales del bloque con otros países de la región. Con el 41,9% de participación sobre el comercio total de nuestro país, el año 2006 fue el de mayor comercio con los socios de la ALADI y se registró un superávit de 4.990 millones de dólares. Hasta 2013 esa participación se sostuvo cerca del 40%. No obstante, en los últimos seis años la caída fue muy acelerada, básicamente por el crecimiento del comercio con China y, en 2019, se tocó fondo con apenas el 31,6% comercializado con esos miembros de la región.

Esta es la dinámica que en las negociaciones internacionales tenemos que tratar de rectificar. Las chances de desarrollo para la Argentina son mayores así que acordando ingenuamente con economías que poseen plataformas productivas mucho más desarrolladas y comercialmente muy agresivos, como Corea del Sur que, detrás de China, es el país que más sanciones recibió en el mundo por prácticas comerciales desleales a través de medidas antidumping. Una región fortalecida e integrada es central para un proyecto de desarrollo. Ya lo dijo Juan Domingo Perón: "Nadie se realiza en una comunidad que no se realiza".

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Mariano Kestelboim

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