La familiaridad entre las nociones de metáfora, metáfora continuada y alegoría se funden para dar un nuevo sentido y contenido material a algunas nociones reales que nos construyó, con el apuro pandémico, la vida digital.

Las construcciones de Roblox, la violencia del Fornite o la cotidianidad de Toca Life Word transportan a niños y a niñas (y a muchos mayores) a un mundo virtual en el que liberan proyectos, realizan actividades cotidianas o suben una espiral violenta que los arrojaría a la más oscura cárcel en la realidad material.

Avatar de avatares, los vaivenes de las criptomonedas generan pánico en nuestras materialistas mentes del siglo XX, aún cuando disfrutamos de impartir órdenes digitales que se transforman en realidades contundentes palpables en nuestras cuentas bancarias o en la llegada de los productos de Mercado Libre.

La saga de Jumanji juega también con esas conexiones y aperturas a otras dimensiones que conviven en un esfuerzo que recorrió los formatos literarios, pictóricos y cinematográficos y que llegaron para quedarse, con la mayor comodidad, al mundo digital de los videojuegos . Las dos últimas con Dwayne Johnson logran jugar en el mundo virtual con avatares potenciados e intercambiables. Pero es aquella épica entrega con Robin Williams, y la suerte con los dados sobre un antiguo tablero de mesa, la que se asemeja más a la visión que se nos aparece acá nomás, en Villa Lugano, sin más tecnología que unas temperas, óleos, acuarelas y pinceles aplicadas sobre telas tensas en bastidores.

Como en los espejos enfrentados que hipnotizan a los más chicos y muestran espacios paralelos; o en los cuadros con cuadros a simple vista de Van Gogh o de Velázquez, u ocultos como en Vermeer, todos sin música de Catupecu.

O en las páginas de Metamorfosis o de El Rinoceronte o de 1984 o en Delirio y tantos otros, los pasillos de la jungla de cemento de Lugano esconden puertas que funcionan como el cuadro marino de Narnia y la travesía del viajero del alba.

Una jungla de cemento que encierra otra jungla cercana, escondida, silenciosa e impactante con imágenes que se alejan de esa primera metáfora para complicarnos los recursos literarios. Portero eléctrico, puerta, ascensor pasillo y otra puerta que te abandona a una selva de tres ambientes, metáfora continua. Una selva llena de feroces animales, bidimensional alegoría.

La obra de Gabriel Hermida, artista plástico argentino, enrolado en un naturalismo realista. Realismo en la era digital, sobreviviente natural.

Plasma en sus lienzos, a la perfección, la profundidad agresiva de la mirada de sus preferidos felinos salvajes. Primeros planos , cuerpos enteros, parejas, familias y manadas se pasean desafiantes por su ordenado atelier. Cine mudo, sin rugidos ni galopes, mascotas salvajes que ahogan con los detalles del pelaje y sus garras asesinas. No llegamos a encontrar la puerta trasera como los hackers y solo nos desconecta la escasez de inferiores en la cadena alimentaria que son representados por coloridos guacamayos, musculosos caballos y cebras gemelas que no alcanzarían ni para una cena de la legión de tigres, leones y yaguaretés que siguen con ojo avizor cada paso del visitante, apurado a despedirse para no formar parte del banquete.

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