Las tres últimas veces que llegaron al poder gobiernos con la consigna de normalizar, sincerar y desregular la economía terminaron provocando los peores procesos de precarización laboral de la historia nacional. Siempre fueron gobiernos neoliberales. El de la dictadura, los de la Convertibilidad y el de Mauricio Macri. Sus máximos funcionarios, con el disfraz de técnicos alejados de la inevitable carga política de sus decisiones, fueron los responsables directos, más allá de sus excusas siempre ajenas a la concentración de la riqueza que generaron sus políticas.

La precarización no se expresa sólo como un aumento del desempleo y de la subocupación, también acarrea mayor informalidad y peores salarios y condiciones laborales y menos capacidad de negociación. Ante a esa debilidad, los empresarios Martín Cabrales y Julio Crivelli aprovecharon para expresar públicamente su reclamo de profundización del actual proceso, más allá de la sobrada evidencia internacional y de los antecedentes locales que dan cuenta de las grandes desigualdades y empobrecimiento social y productivo que la pretendida desregulación provoca. Crivelli usó el ejemplo de Estados Unidos como meca del liberalismo para justificar su visión, dejando de lado que esa economía es una excepción por su enorme potencial para controlar los mercados globales a través de su poder financiero, tecnológico, comercial, logrado a partir de una muy activa intervención de su Estado en la economía con inversiones descomunales en I+D. Los casos de Apple y Google son elocuentes: el impulso de la inversión pública en el complejo militar-estatal estadounidense, al aportar herramientas como el GPS o Internet para su usufructo comercial, fue fundamental para su posicionamiento, como firmas líderes en el mundo. También los condicionamientos que esa economía genera a través de vías comerciales, diplomáticas, financieras sobre otros países también le permite sostener su estabilidad y una calidad vida elevada, más allá de las gruesas desigualdades de su modelo.

Abundan los ejemplos de mercados laborales fuertemente regulados con alto nivel de vida de sus trabajadores

Por otra parte, abundan los ejemplos de mercados laborales fuertemente regulados con alto nivel de vida de sus trabajadores y de mercados poco regulados con pésima calidad de vida de los trabajadores. Entre los primeros, se encuentra el resto de las economías desarrolladas y, entre los segundos, la gran mayoría de las economías africanas, centroamericanas y asiáticas más pobres y desiguales del mundo.

El deterioro más evidente de las condiciones de vida, provocadas por las políticas actuales, se aprecia en el mercado laboral. No defender las condiciones laborales por parte del Estado en el marco de los acuerdos paritarios que deterioraron agresivamente el poder de compra de los trabajadores y sus condiciones laborales no mejoró en nada la dinámica del mercado de trabajo en los últimos tres años y medio. Por el contrario, en un escenario de políticas menos intervencionistas, que impulsaron las decisiones, por ejemplo, de no aplicar la doble indemnización pese a estar sufriendo la peor crisis desde 2002 o desactivar los REPRO, la capacidad de generación de empleos registrados mermó sustancialmente. Desde el inicio del mandato de Cambiemos hasta abril pasado (último dato disponible de la AFIP), la población económicamente activa creció en alrededor de 600 mil trabajadores (la incorporación neta anual es de 170.000 personas aproximadamente) y, sin embargo, la cantidad de asalariados registrados, cayó en 128.069 puestos. El desempleo no creció aun más por el incremento de la informalidad.

Por lejos, el más grande perdedor, con la creciente precarización laboral, es claramente la industria. Hasta abril pasado perdió 136.712 puestos de trabajo asalariados formales. No se trata de un novedoso proceso de modernización. El pico de empleo registrado de las últimas dos décadas se había alcanzado en diciembre de 2012 (1.263.524 asalariados fabriles) y hasta diciembre de 2015 había sostenido ese nivel, con salarios crecientes.

Los antecedentes dan cuenta de las grandes desigualdades y empobrecimiento que provoca la pretendida desregulación

El camino de la liberalización acelerará el proceso de destrucción del entramado productivo y la precarización del empleo. El desafío debe ser mejorar la calidad de la intervención estatal, no abandonarla como en los países más atrasados del mundo. Y las elites empresarias deberían acoplarse a un plan integral de desarrollo. Eso sólo puede darse a partir del apoyo de una amplia base social que incluya tanto a sectores populares como a empresariales y logre contrapesar los intereses centrífugos de las elites. Este proceso debería sortear un escenario mucho más complejo por la enorme liberalización económica global, la mayor independencia de los grupos de poder económico y la degradación de las instituciones públicas. Una unión política a nivel regional enfocada en el desarrollo productivo y no en la mera extracción de riquezas naturales, una inteligente utilización de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación que contribuyen a una gestión pública más eficiente y sobre todo una activa participación pública en los mercados estimulando el desarrollo productivo, tal como lo han hecho los países desarrollados, deben ser ejes principales que contribuyan positivamente en esta misión.

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