Aun cuando quedan factores importantes por dilucidar, el cuadro principal de las próximas elecciones presidenciales está definido en el trazo grueso: la polarización volvió a ganar. La tercera vía murió antes de lo que lo había hecho en 2015. Serán las pinceladas finas las que definirán ganadores y perdedores.

Frente a esa divisoria de aguas ya no importa tanto la resolución de la novela de la temporada, que tiene a Sergio Massa meditando qué le conviene más o, a esta altura, cómo resigna menos. El líder del Frente Renovador ya perdió: no será presidente en 2019. Para él, todo lo demás es nada, puras especulaciones en función de conveniencias partidarias y, lo más importante, de cómo mantener en pie su sueño rosado. Su aspiración inmediata está trunca apoyando al binomio Fernández-Fernández o quedándose en la desdibujada Alternativa Federal. La tercera vía, siempre estuvo claro, no soporta dos andariveles. Y si Massa se desvela por la banda presidencial, Roberto Lavagna terminó por revelar que no le interesa pelear por el poder. Alguna vez, su principal mentor, Eduardo Duhalde, sostuvo que su capital estaba en que peronistas y radicales lo contaban como uno de los suyos. Habiendo demostrado que no tiene suficiente vocación de poder, el ex ministro sabe ahora que tiene ADN radical.

Pero volvamos al tema de fondo: suponiendo, como todo indica, que el líder del Frente Renovador termine bajo el paraguas de la fórmula Fernández-Fernández, el frente de Cristina llegará a las elecciones con la firme intención de alcanzar la presidencia en primera vuelta. Para ello, deberá superar los 40 puntos en la primera vuelta y sacarle más de 10 al candidato de Cambiemos. La primera parte asomaba tan cercana como difícil de lograr, por lo que se hizo trascendente ir a negociar con Massa. El peronismo "orgánico" está convencido de que esa es la llave para superar las cuatro decenas. Y si bien no se trata de un pasaje automático de votos, ese objetivo parece al alcance de la mano.

Por si quedaban dudas, el up40 hizo estallar los nervios de la Casa Rosada, que hasta hace unas semanas, jugaba toda su estrategia a la segunda vuelta. El macrismo soñaba, aún sueña, con repetir el ejercicio de 2015 de perder decorosamente en el primer round y dar vuelta los papeles en el mano a mano. De hecho, no puede ilusionarse con más que eso. Con el presunto nuevo escenario devenido del pacto de Cristina con sus dos primeros jefes de Gabinete, Cambiemos se fijó una nueva vara para saber si tiene chances de revertir la votación de octubre. La obsesión pasó a ser que María Eugenia Vidal consiga imponerse en la provincia la misma noche en que Macri quede segundo de Cristina, así como ocurrió cuatro años atrás.

En el análisis macrista, el electorado no les volverá a dar chances en el balotaje si Axel Kicillof accede a la gobernación. Cualquier camino es bueno, entonces, para intentar retener el suelo bonaerense. Hasta borrar con el codo la reciente convicción de que las colectoras son un mal para el sistema. No importa que, hipotéticamente, las boletas de Alternativa Federal y Consenso 19, aporten pocos votos. En el mano a mano provincial basta con ganar con un voto para llevarse todo. Un fracaso en ese camino haría recaer todos los reproches sobre Marcos Peña y su negativa a habilitarle a la gobernadora la opción de desdoblar comicios para jugar uno contra uno contra el ex ministro de Economía.

Como parte de su estrategia, el oficialismo necesita que este análisis se haga carne en sus votantes cuanto antes. Sobre todo en aquellos que, enemistados con el Gobierno, hoy todavía no saben que votarían a Macri como última instancia en un balotaje contra el kirchnerismo, disfrazado pero kirchnerismo al fin. Para ello, deberán intentar acelerar los tiempos y "despertar" sus votos culposos entre las PASO y la primera vuelta, y no entre las dos elecciones por los puntos. Paradójicamente, si el frente de Cristina quedara consagrado "de mentira" en el test de las primarias, podría terminar por favorecer esa campaña del miedo.

Rara vez se utilizan para dirimir postulantes. Así y todo, las PASO le otorgaron una hondura notable al sistema político argentino.

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