La pandemia ha disparado la más profunda recesión mundial, al menos, desde la Segunda Guerra Mundial y la mayor de la historia de Latinoamérica, tanto en términos de amplitud geográfica como de magnitud.

Una gran diferencia respecto a las crisis del siglo XX es que hoy existe pleno consenso respecto al importante rol dinamizador de las políticas públicas y, por lo tanto, una vez superada la emergencia sanitaria, debería proseguir una vigorosa recuperación global. Sería un fenómeno similar al del colapso financiero global de fines de 2008 y 2009 que fue contrarrestado con una amplia acción fiscal y monetaria expansiva y así ya en 2010 la economía mundial volvió a registrar una tasa de crecimiento superior al 4%. Lamentablemente, la recesión actual será considerablemente más profunda y extendida a todo el planeta. El Banco Mundial, en su informe de junio pasado, proyectó una caída del PBI mundial de 5,2% para 2020, mientras que en 2009 la actividad había registrado una merma equivalente a poco menos de un tercio de esa previsión (1,7%). Esa disminución había sido moderada por el notable dinamismo de China e India que resistieron concentrando su oferta en sus mercados internos, ante la recesión de grandes centros de consumo mundiales.

Al menos, como el motivo de la recesión es preciso y no está derivado aparentemente de conflictos distributivos o de una escasez apremiante de recursos estratégicos, la reactivación será muy potente siempre y cuando la ciencia encuentre una solución o por causas naturales el virus detenga su propagación. Si bien la destrucción material, las pérdidas de puestos de trabajo y la mayor desigualdad tendrán secuelas irrecuperables, también existen decisiones de consumo, de producción y de inversión que están siendo postergadas; una vez superada la pandemia, se agregarán al incremento del gasto e inversión pública. A su vez, en ese escenario, los estímulos monetarios previstos potenciarán la recuperación.

Una aproximación respecto al impacto en términos de reducción de la actividad atribuible a la pandemia a nivel global, regional y de las economías de nuestro continente puede extraerse considerando las proyecciones del Banco Mundial, dadas a conocer en enero de este año, meses antes de la declaración de la pandemia por parte de la OMS (11 de marzo de 2020), y sus últimas proyecciones publicadas el 8 de junio pasado.

Los cambios de las estimaciones del Banco Mundial, derivadas básicamente del efecto de la pandemia y de las políticas aplicadas para mitigarlo, exhiben que los países con centros urbanos de mayor densidad poblacional han tendido a ser los más afectados. A nivel sudamericano, como se puede apreciar en la tabla, el único caso relativamente moderado en ese sentido es el de la Argentina que arrastraba una crisis económica previa y un complejo proceso de renegociación de la deuda pública. El Banco Mundial profundizó en 6 puntos porcentuales la merma proyectada de su PBI, cuando en el caso de las economías más grandes de la región evaluó un perjuicio bastante más importante: Brasil (-10 p. p.), México (-8,7 p. p.), Colombia (-8,5 p. p.), Chile (-6,8 p. p.) y Perú (-15,2 p. p.) y la situación sanitaria en esos países, lamentablemente, es todavía más grave.

En cuanto al comercio internacional, las proyecciones del Banco Mundial también son muy negativas. Prevé una disminución interanual del 13,4% en 2020. Esa contracción sería también superior a la de la última gran crisis mundial del año 2009 (-12%).

La destrucción de puestos de trabajo es más complicada de estimar. El último informe de la OIT, publicado el 8 de abril pasado, da cuenta de una pérdida estimada de 195 millones de empleos en el mundo, durante el segundo trimestre. Por supuesto, la extensión de la crisis y las políticas adoptadas serán determinante para su contención.

A la vez, estamos frente a un escenario de crisis del multilateralismo que, como contrapartida, ha abierto la posibilidad de mayores espacios de poder a los regionalismos. En ese marco, los Estados Miembros del Mercosur, apenas la OMS declaró el inicio de la pandemia, exhibieron una interesante capacidad para elaborar algunas respuestas coordinadas, más allá de las diferencias recientes en virtud del ritmo de evaluación de la aceptación de tratados de libre comercio.

La declaración de los Presidentes del bloque regional del 18 de marzo pasado reafirmó el rol del Mercosur  como política de Estado de todos los socios. Se manifestó un acuerdo para rebajar los aranceles de importación de los productos e insumos destinados a la prevención de enfermedades y al cuidado de la salud, lo cual facilitó la rápida implementación de medidas por parte de los socios.

También se decidió eliminar todo tipo de obstáculos a la circulación de bienes y servicios y la agilización el tránsito y transporte de insumos y productos de primera necesidad, incluidos los necesarios para la alimentación, la higiene y el cuidado de la salud. Asimismo, fue significativa la rápida respuesta del FOCEM (Fondo de Convergencia Estructural del Mercosur) que, en el marco del proyecto plurinacional "Investigación, Educación y Biotecnologías Aplicadas a la Salud", aprobó un fondo de emergencia de US$16 millones destinados en su totalidad al combate coordinado contra el COVID-19.

El programa contribuyó a desarrollar un test de diagnóstico que brinda soberanía para el abastecimiento de insumos, alta sensibilidad y especificidad para las necesidades regionales, y es adaptable a cualquier equipo de procesamiento de muestras y puede ser optimizado para las variantes de Covid-19 de circulación regional.

La crisis, por supuesto, tendrá consecuencias muy nocivas que los Estados deberán mitigar y preparar el terreno para una rápida y fuerte recuperación. Pero también implica la oportunidad de estrechar ejes de colaboración más fluida e intensa con los países hermanos de Latinoamérica.

*Economista y embajador ante el Mercosur y la Aladi 

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Mariano Kestelboim

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