Afirman que Alan Greenspan, ex presidente de la Reserva Federal, se fijaba en un indicador primordial para saber cuándo la economía de EE.UU. salía de la recesión: la compra de calzoncillos. La teoría de la indiscreta búsqueda se sustenta en que, de acuerdo con las premisas de Greenspan, la ropa interior de los hombres está poco a la vista y es la primera cosa que deja de comprar cuando lo economía anda mal, y una de las que comienzan a recuperarse más rápidamente cuando hay una reactivación económica.

Pero, en nuestras pampas, los economistas suelen mostrarse -acaso por temor a ser signados de bárbaros- mucho más civilizados y ponen como indicadores de la salida de una profunda recesión una buena cosecha o el turismo. Y este es el consenso en el Palacio de Hacienda. Desde el ministro Dujovne hasta los funcionarios de cuarta línea, cuando se les pregunta cuáles serán los dos "drivers" que harán crecer la economía en 2019, contestan: granos y extranjeros.

Los datos sobre el futuro parecen en principio darle la razón a corto plazo: en el Gobierno esperan que en 2019 la recuperación de la economía esté basada en el agro y el turismo. "La cosecha será superior a la del año pasado, castigada por la sequía. Según los pronósticos de la Bolsa de Comercio de Rosario, la soja excedería en 17 millones de toneladas a la campaña anterior, con un 50% de aumento en el volumen. En el caso del maíz, se espera un incremento de 6 millones de toneladas. Esto implica una mayor demanda de maquinaria agrícola, fertilizantes y otros insumos para la campaña 2019-2020. También significa un mayor volumen de exportaciones", explica Víctor Beker, director del Centro de Estudios de la Nueva Economía (CENE). El turismo también empujaría la economía y sería central la caída del peso. "El tipo de cambio revirtió también la balanza de turismo, a favor del receptivo y en detrimento del emisivo. Ya en noviembre y diciembre de 2018, el saldo pasó a ser positivo, mientras que hasta entonces venía siendo crónicamente negativo. Esto impactará positivamente sobre actividades ligadas, como la hotelería y la gastronomía", continúa el economista que conduce el centro de estudios de la Universidad de Belgrano.

Sin embargo, para el ciudadano local, la alegría del Gobierno es cada vez más nominal que real en su vida. En los hechos, en lo cotidiano la situación del argentino de clase media y baja empeoró y así lo refleja el Estimador Mensual de Actividad Económica del Indec para 2018, que retrocedió un 2,6%, en comparación con 2017. El derrumbe estuvo liderado por la producción de motos, equipos de informática, televisión, comunicaciones y componentes electrónicos, aparatos de uso doméstico, asfaltos, muebles y colchones, productos textiles y vehículos, junto con la construcción. Es decir, casi todo lo que mueve a la economía y afecta al grueso de los asalariados en un país austral y periférico como Argentina.

La metáfora para quienes quieran observar a la economía como una tecnología del poder, es evidente: Argentina pone en el afuera lo que las grandes naciones ponen en el adentro. Y así como Greenspan pensaba que el fin de la recesión se hacia carne en las cobertura textil de las partes íntimas del americano medio, en Argentina nuestra "inteliguentsia" económica opina que son más importantes los deseos exteriores de chinos y brasileños (al fin al cabo, son nuestros socios mas leales) que las quimeras del interior criollo. Sueños de consumo que en una Argentina de ajuste parecen cada vez mas destinados a mantenerse en el terreno de lo onírico.

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