Algo fastidioso por cómo había acaparado la palabra el supermercadista Francisco de Narváez en el almuerzo en la Casa Rosada con Alberto Fernández, Sergio Massa, Juan Manzur y Wado de Pedro, otro de los comensales resumió la reunión en ocho palabras: “Nos juraron amor y acercamiento al sector privado”. La sobremesa ya se había extendido bastante como para que uno de los dueños del país invirtiera mucho más tiempo en glosarla. “Insistieron mucho en lo de la conversión de planes en empleo y nos dijeron que va a haber acuerdo sí o sí con el FMI. Veremos”, añadió.

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Fue el martes, apenas unas horas después de que en Washington se anunciara el respaldo de Estados Unidos a Kristalina Georgieva y su consecuente permanencia al frente del Fondo Monetario. El ministro Martín Guzmán aguardaba reunirse con ella, tras navegar un mar de incertidumbre por los pedidos de renuncia que arreciaron el fin de semana XXL a raíz del escándalo por su presunto favoritismo con China en el Banco Mundial. El presidente del Banco Central, Miguel Pesce, intentaba acercar posiciones con la neoyorquina Julie Kozack y el venezolano Luis Cubbedu, quienes repiten la palabra “gradualismo” (tan 2018) pero sin dejar de exigir un sendero de recortes del déficit fiscal y del financiamiento vía emisión. Una hoja de ruta que después de las PASO ya no aceptaron volver a relajar.

Es lógico, dado el resultado de un mes atrás, que en Washington recalculen sus pasos ante la debilidad del Gobierno. El acuerdo con el FMI, para los hombres de negocios, es una garantía escrita de que la segunda mitad de la gestión del Frente de Todos no les deparará sorpresas como el fallido intento de expropiar Vicentin o el Aporte Extraordinario de las Grandes Fortunas para paliar los efectos de la pandemia. El impulsor de ese tributo, Máximo Kirchner, ya había renunciado la semana anterior a reeditarlo, en una entrevista con Radio Con Vos. Pero con palabras y gestos ya no parece alcanzar. En esos días, el propio jefe del bloque oficialista de diputados compartió otra comida, casi con los mismos comensales que la de la Rosada pero de visitante, en la mansión de uno de ellos en San Isidro.

Flexibles

El otro reclamo de los empresarios al cuarteto que los recibió el martes en nombre de todas las tribus del Frente de Todos fue una reforma laboral que abarate los despidos sin causa y las cargas patronales, algo que Fernández pidió no debatir sin algún dirigente sindical presente. El desembozo con el que lo exigieron todos los comensales es parte del clima de época que se instaló a partir de la derrota oficialista en las PASO y de la lectura que el establishment y la oposición hicieron de ella. Así como Martín Lousteau presentó su proyecto de ley para generalizar el “modelo UOCRA” y reemplazar la indemnización tradicional por un fondo alimentado por el propio sueldo del cesanteado, María Eugenia Vidal dijo en el debate del miércoles entre candidatos porteños que “no puede ser que un empresario tenga miedo de contratar”. Algo que habría sonado extraño incluso en 2019.

Se había comentado al pasar en los salones semivacíos de Costa Salguero, donde IDEA trasladó su reunión anual de gerentes para adaptarla a los protocolos COVID. Pero nadie lo puso tan de manifiesto como José Del Río, moderador de uno de los paneles: "Hay que destacar que en un año electoral estemos discutiendo abiertamente la reforma laboral", celebró.

Es ahí donde se cruzan los intereses del peronismo escorado por las PASO, el sindicalismo tradicional que ciñe su mirada a los seis millones de trabajadores en blanco y los hombres de negocios que quieren subirse a la ola de la recuperación desde antes que rompa, ahora que todo está tan barato en dólares. El problema es lo que creció el continente de los excluidos, con los que algo hay que hacer y que empiezan a desbordar el cauce de las organizaciones sociales alineadas con el oficialismo. Justo a 20 años de aquel diciembre de 2001.

El Frente de Organizaciones en Lucha (FOL), uno de los grupos piqueteros duros que ayer cortaron puentes, rutas y avenidas en 18 provincias, parece confiar menos que los empresarios en el plan de Sergio Massa para contener esa crisis. “El Plan Empalme que el gobierno presenta como una gran innovación, tiene una larga historia de fracasos. Sucesivos gobiernos han intentado subsidiar a las empresas de esta manera, pero los resultados han sido escasos porque los empresarios exigen una flexibilización laboral aún más profunda”, expresó en un comunicado.

La etapa rosa

No es solamente una cuestión política, que hace a la gobernabilidad en medio de una crisis social con pocos y muy alarmantes precedentes en la historia. Es esencialmente un tema económico. Superada la etapa “fiscalista” a la que el kirchnerismo adjudica la derrota en las PASO, y luego de los anuncios que volcarán casi medio punto del PBI a los bolsillos de la clase media y baja, lo que determinará ahora el carácter progresivo o regresivo del rebote post-pandemia es el éxito que tenga el Gobierno en el combate contra la inflación. Si sigue como en septiembre, de vuelta arriba del 50% interanual, se va a hacer realidad el peor vaticinio de Cristina Fernández de Kirchner en aquel discurso platense de fines del año pasado: que el crecimiento “se lo queden tres o cuatro vivos nada más”. Para evitarlo, la vicepresidenta dijo aquella vez que había que “alinear salarios y jubilaciones, obviamente, precios, sobre todo los de los alimentos y tarifas”. Por ahora no lo logró.

Es la misión que le encomendaron al flamante secretario de Comercio, Roberto Feletti, quien ayer avisó a supermercadistas que el mecanismo de seguimiento va a cambiar respecto del que llevaba adelante Paula Español. La guardiana eyectada no pudo resistir la presión del 3,5% de inflación de septiembre, por encima de los peores pronósticos. En las últimas semanas venía hablando pestes de su jefe en los papeles, Matías Kulfas, quien de todos modos tampoco festejó su desplazamiento porque con su sucesor aterrizó la exministra Débora Giorgi, con quien nunca congenió.

La negociación con el FMI, donde se juega el futuro inmediato del país, la llevará adelante durante los próximos tres meses ese oficialismo lastimado en su legitimidad, urgido por los vencimientos, presionado por el empresariado y sin unanimidad respecto de qué es aceptable socialmente firmar. Todo va a acelerar después de las elecciones de noviembre. Pero si lo que se firma es lo que está en los borradores, en 2026 va a haber vencimientos por más de la mitad de las reservas brutas del Banco Central.

Es algo que el Guzmán académico difícilmente podría definir como sostenible. Hasta ese momento, sin embargo, un sector del establishment coincide con parte del oficialismo y parte de la oposición en que puede recrearse un modelo de alto crecimiento con inversión alta y salarios modestos. Parecido al de Néstor Kirchner. El obstáculo es que hay mucho menos para repartir. Y una deuda mucho más cuantiosa.


 

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