El desarrollo del nuevo coronavirus escapó a los cálculos del capitalismo, demostrando la incapacidad del sistema para enfrentar un fenómeno de carácter mundial.

El “sálvese quien pueda” fue la primera respuesta, una vez que se desató la pandemia. Muchos países altamente desarrollados optaron por la ley del más fuerte y sacaron a relucir pañuelos para secar sus lágrimas de cocodrilo ante la muerte del multilateralismo. Pero en su confusión y pánico ante el impacto de la enfermedad, se equivocaron de paciente, porque lo que agoniza e hiede es el unilateralismo.

Ante una crisis de la profundidad y velocidad que soportamos hay que cambiar el modelo y las reglas a nivel global. No se puede volver a este funcionamiento de casino financiero sin semáforos. Los dioses del pasado han resultado ser falsos y hay quien pretende regresar al delirio de su adoración.

Un pacto entre las principales potencias del mundo que recoja los estímulos necesarios para salir del caos sanitario y económico es prioridad para superar esta crisis global que tiene el potencial de ser la más destructiva desde la Gran Depresión de la década de los treinta del siglo pasado.

Ese pacto sería el equivalente, en el marco de la globalización, de los acuerdos que tras la Segunda Guerra Mundial concluyeron los socialdemócratas y los democristianos europeos y que condujeron a la llamada edad dorada del capitalismo y a la creación de los modernos Estados de bienestar. Con ese pacto se trataría de evitar que una vez que la inicial crisis financiera ha devenido en una crisis de la economía real (recesión, y una depresión aguda y duradera en algunas partes del planeta), el resultado acabe siendo una crisis política, como ha sucedido en otros momentos de la historia.

Como cuando Franklin Delano Roosevelt, presidente de Estados Unidos entre 1933 y 1945, el único elegido cuatro veces consecutivas. Aplicó su programa, conocido como el New Deal, una respuesta a la Gran Depresión, convirtiendo al gobierno federal de Estados Unidos en instrumento activo de cambio económico y social en contraste con su tradicional papel pasivo. Después, durante la II Guerra Mundial llegó a acuerdos con los aliados para derrotar a las potencias del Eje.

El New Deal, nombre de la política económica y social aplicada por Roosevelt, que ha sido traducida al español como "Nuevo Trato" una política intervencionista puesta en marcha para luchar contra los efectos de la Gran Depresión en Estados Unidos. Este programa se desarrolló entre 1933 y 1938 con el objetivo de sostener a las capas más pobres de la población, reformar los mercados financieros y de dinamizar una economía estadounidense herida desde el crack del 29 por el desempleo y las quiebras en cadena.

Roosevelt,se apoyó en las ideas de John M. Keynes, conservando la propiedad privada y el mercado, pero otorgando más funciones económicas al Estado, funciones más activas comparativamente con el mero “estado gendarme”, y desmitificando algunos dogmas como la negatividad del déficit fiscal. Keynes no le teme al déficit inicial de las cuentas públicas, causado por la intervención del Estado, el financiamiento estatal de políticas de empleo.

Sin embargo, con la distancia que da el tiempo, los analistas más ponderados han concluido que con el New Deal, Roosevelt salvó al capitalismo americano (transformándolo, regulándolo y humanizándolo) y logró que EE UU acabase por aceptar las responsabilidades que conlleva un poder que en buena parte se ejerce a escala mundial.

En los próximos meses, mermada la pandemia habrá que instrumentar un plan de estímulo a la economía real con el objetivo prioritario de crear millones de puestos de trabajo. Un programa que aporte a un mayor equilibrio entre el mercado y el Estado después de tanto tiempo de hegemonía absoluta del primero, sometido a escasas normas de regulación. Durante ese tiempo los partidarios de la revolución conservadora declaraban que el Estado era el problema y el mercado la solución, y que el Estado debía limitarse a administrar lo que le indicase el mercado.

Ahora, por el contrario, el Estado tiene que intervenir con inyecciones masivas de gasto público en infraestructuras clásicas, en nuevas fuentes de energía renovable, en sostenibilidad, en las tecnologías de la información y la comunicación avanzadas, en educación y formación, en el rescate de industrias estratégicas, así como con reducciones de impuestos a las capas más bajas de la población y a la clase media, compensadas por incrementos de los gravámenes a las capas más ricas y a las ganancias de capital.

Muchos líderes hoy en el mundo dicen: "todos somos keynesianos", como declaró hace tres décadas el presidente republicano Richard Nixon. Ello supone la ruptura del modelo neoliberal o de "fundamentalismo de mercado" (Stiglitz), predominante desde principios de los ochenta del siglo pasado, cuya tendencia a la desregulación y a los excesos del mercado ha sido considerado muy mayoritariamente como la principal razón de la crisis económica.

Incluso si este pacto para un New Deal global existiera y tuviera éxito, no sería suficiente para hacer frente a los problemas específicos que arrastra cada economía por el coronavirus. Se trata de una condición necesaria, pero no suficiente. La crisis ha parecido homogeneizar los problemas, pero cada economía presenta unas características particulares que serán determinantes a la hora de definir su futuro una vez superada la fase álgida de la pandemia.