Las mentiras pueden ser utilizadas como un instinto primitivo de supervivencia, pero también para ganar elecciones. Como en pocos momentos, en las campañas electorales se genera una epidemia de mentiras y posverdades que no resisten lógica ni archivos.

Podría decirse que la posverdad es la mentira repetitiva, que trata de convencer de algo que es irreal a sabiendas de ello. Es una práctica muy utilizada en la actualidad, pero no tan novedosa.

Estas "verdades" fueron francamente influyentes en muchas de las actuales elecciones presidenciales. Estos manejos cobran mayor intensidad con el incremento de las redes sociales, estructuras con poco chequeo que pueden "informar" cualquier falacia sin ser controladas, con una amplificación inconmensurable y muy rápida.

Probablemente la mentira nace en un instituto evolutivo atávico que obliga a ocultar la comida o a engañar a congéneres en pos de la supervivencia. Por ejemplo, un tipo de pájaro llamado córvido engaña a otras aves de la misma especie, pero de otro nido, haciéndoles creer que esconde un gusano (alimento futuro) en un sitio, pero luego vuelve para cambiarlo. Se suma a esto el imparable aumento de la población: durante cientos de años se incrementó lentamente, pero en la actualidad se multiplica sistemáticamente, siendo hoy casi 8.000 millones personas las que habitan el mundo y que pueden amplificar intensamente cualquier repercusión informativa.

El término posverdad adquirió protagonismo a partir de un discurso dado por Angela Merkel en 2016 en donde planteó: "Últimamente vivimos en tiempos posfactuales". En el mismo año, el diccionario de Oxford consideró al término posverdad (post truth) como el neologismo del año, considerado como una "verdad negociable": en realidad, una mentira, o mentira a medias, utilizada fundamentalmente en la agenda política.

A partir de ese momento se instaló con mucha energía el término, con la contribución de las diferentes redes sociales. Existe una base de medios instalada a través de los canales de comunicación clásicos, como diarios, televisión e incluso las web, que pueden ser chequeados con mayor factibilidad.

Los partidos políticos y los medios con características corporativas tienen en claro cómo explorar a través de las redes sociales los fenómenos de la posverdad, conociendo de antemano el impacto que tendrán sobre la opinión de las personas desprevenidas.

Posverdad y dispersión cognitiva

Existe abundante y heterogénea información específica con gran dispersión de temas que se ofrecen en muy poca unidad de tiempo a nuestro cerebro. Esta "dispersión cognitiva" dificulta la toma de una posición específica ante las contradicciones, especialmente aquellas que coincidan con el pensamiento de los individuos que las reciben, ya que serán menos críticos. Muy frecuentemente, su cognición tratará amablemente la noticia más por la familiaridad emocional que por la razón. Queda así mucha población desprotegida.

Se plantea que la posverdad intervenga en el "razonamiento motivado", que podría asemejarse al funcionamiento de los sistemas de creencias. Es decir, ideas que tienen algo de razón pero que contienen componentes emocionales como la identificación partidaria, religiosa, o de otro tipo, como la política, el deporte y la ecología.

Los sistemas de creencias producen la expectativa de confianza, impactando sobre la función emocional, racional y corporal de las personas. Se generan sobre alguna idea; es decir, creer en algo o en lo contrario, la idea negativa.

Cuesta mucho más identificar una contradicción generada por una idea con contexto emocional similar al nuestro que lo que genera el candidato del partido contrario con de una ideología diferente.

Aparece entonces un "sesgo partidista", que sería como una desviación cognitiva hacia el grupo con el que identifica la persona. En consecuencia, existe lo que los estudiosos del tema llaman un "sesgo de confirmación", que marca una tendencia a interpretar las propias expectativas y que refiere a la propia ideología

Las personas quedan expuestas a la posverdad ante situaciones que parecen coincidir mucho con su propio parecer. Las premisas pueden estar cargadas de postulados falsos y, sin embargo, quedar enmascaradas en el contexto emocional de esos sujetos o grupos.

Para la mentira se necesitan dos

La mentira requiere de una función intersubjetiva, pues necesita de dos personas: quien miente y el interlocutor engañado que debe creer o, en su defecto, descubrir que le mentían. En este descubrimiento de la mentira funcionan procesos inconscientes. En un estudio realizado por Ten Brinke y su grupo de la Universidad de Berkeley se describió que las personas descubren menos las mentiras si saben que se enfrentan a una prueba para detectar a una persona mentirosa que si están en conocimiento de ello. Así, los sujetos que no sabían que debían descubrir mentiras tuvieron mejor performance.

Quienes miente, en un principio, activan sectores corticales prefrontales atencionales. Algunos neurobiólogos plantean que las personas que mienten presentan menos sustancia gris prefrontal, pero más conexiones de la sustancia blanca de este lóbulo. Esto último mejoraría la capacidad asociativa y la flexibilidad de planes, pero con menor capacidad de culpa.

La reiteración de las mentiras desensibiliza a largo plazo al insincero, adaptándose a engañar. En un trabajo realizado por Neil Garret y su grupo del Colegio Universitario de Londres se detectó que, en una resonancia magnética funcional de cerebro, la amígdala cerebral se dispara ante la emoción culposa, disminuye su activación ante la reiteración de las mentiras; es decir, el mentiroso siente cada vez menos displacer si no dice la verdad.

Muchas veces, cuando más se trata de convencer en forma imperativa a las personas, más se puede generar un fenómeno paradojal o de rebote sobre la idea a convencer, provocando gran resistencia a los cambios. Aplicaría aquí el consejo de "cuanto más, menos". Con campañas imperativas, que tratan de generar cambios de posición, muchas veces se producen situaciones de resistencia.

Las campañas electorales son eventos masivos que permiten informaciones irreales, repeticiones y utilización de redes y/o medios que influyen en millones de personas. El aumento de variables de impacto cognitivo hace que cada campaña comunicacional sea un nuevo experimento, con consecuencias muchas veces impredecibles.

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Ignacio Brusco

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