La solución a la desigualdad de género no puede limitarse a que las mujeres escalen posiciones en un sistema que sigue excluyendo a gran parte de la población. Para ejemplificarlo de modo grotesco, de nada serviría esa lucha si solamente se lograra que haya más multimillonarias en el listado de la revista Forbes. Eso sería, por cierto, un resultado magro en términos de igualdad social.

Nuestra sociedad está atravesada por desigualdades que bloquean el desarrollo sostenible y, sin resolver ese problema de fondo, será difícil lograr una verdadera paridad entre ambos sexos.

La igualdad de género será posible como resultado de la organización para disputar los distintos espacios. Así lo han demostrado, como tantos otros ejemplos históricos, las integrantes del movimiento #NiUnaMenos en la Argentina. A partir de la movilización y la militancia en la defensa de casos emblemáticos, han logrado poner en la agenda pública la violencia machista, que lastima en los hogares, en las calles, pero también en muchos ámbitos institucionales como el Poder Judicial o las fuerzas de seguridad. También en las organizaciones de la sociedad civil, en las empresas, en los sindicatos, en las universidades. En todos estos lugares hay prácticas machistas que debemos revertir.

Cooperativismo para la inserción en el mercado laboral

Más allá de los avances que esa movilización consiguió hasta el momento, la incorporación masiva de la mujer en el mercado de trabajo es un fenómeno relativamente reciente que no se ha visto acompañado por una adecuación de igual magnitud en las tareas que hacen a la vida cotidiana.

El cooperativismo tiene un papel fundamental para acelerar el tránsito por este camino. Porque para cambiar la economía, y ayudar a que se garanticen los derechos de las mujeres e identidades femeninas, se requiere de mucha organización y cooperación.

El empleo doméstico y de cuidado no remunerado alcanza casi el 16% del PBI nacional, por lo que significa la actividad más importante de Argentina

El cuidado de los niños, de los ancianos y de todos aquellos con limitaciones en su autonomía, sumado a los temas de limpieza y alimentación, siguen estando fundamentalmente en manos de las mujeres. Esto limita severamente sus posibilidades de capacitación y dedicación al empleo remunerado, o a cualquier otra actividad política, social o cultural que permita su desarrollo personal.

Un estudio del 2020 señala que en la Argentina las mujeres abarcan el 75 % de estas ocupaciones, y los hombres apenas el 25 %.

Empleo doméstico y tareas de cuidado

Ese informe, publicado por el Ministerio de Economía de la Nación, también revela que las mujeres que trabajan jornadas completas, de manera remunerada y fuera de sus casas les dedican más horas a estas actividades -casi 6 en promedio- que un hombre que se encuentra desempleado, que les destina solamente 3 por día.

El relevamiento mostró que el empleo doméstico y de cuidado no remunerado alcanza casi el 16% del PBI nacional, por lo que significa la actividad más importante de Argentina, por encima de la industria y del comercio. Durante la pandemia, esta tendencia se acentuó y alcanzó un 21,8%. En otros lugares de Latinoamérica, los guarismos son parecidos respecto al PBI, ya que se encuentran entre un 15% y 24%.

En este escenario, una de las contribuciones centrales que puede y debe hacer el cooperativismo es aportar soluciones innovadoras que posibiliten una redistribución de estas tareas de cuidado, que hoy son no remuneradas y representan dos tercios del trabajo femenino. Y hacerlo desde la eficiencia, la participación y la solidaridad.

En la Argentina, algunas cooperativas de servicios públicos, que asocian a la mayor parte de la comunidad de las pequeñas localidades, están comenzando a tomar este concepto.

Integrantes de la Federación de Cooperativas de Trabajo de la República Argentina (Fecootra), de la Federación Argentina de Entidades Solidarias de Salud (Faess) y de la Federación de Cooperativas de Electricidad y Servicios Públicos de la Provincia de Buenos Aires (Fedecoba) están trabajando en forma colaborativa, con el asesoramiento de universidades nacionales, en el diseño de servicios de cuidados cooperativos, donde los usuarios y la comunidad son los verdaderos y únicos protagonistas.

Existen múltiples iniciativas que tienen orientaciones similares en todo el mundo, pero que todavía resultan marginales en términos del conjunto de la sociedad. Por eso, se requiere una importante reflexión y debate sobre los caminos más aconsejables en este cruce entre la economía doméstica y la solidaria; o entre las reivindicaciones de los derechos de la mujer y la búsqueda de la democracia económica.

Las cooperativas están en condiciones de agregar una nueva dimensión a este debate. No solamente se trata de promover relaciones laborales en condiciones de equidad. Esos vínculos también pueden impulsarse a partir del control directo de las mujeres sobre las condiciones laborales.

Así, son los asociados y las asociadas quienes diagraman el ámbito de sus empleos. Incluso, los sistemas de remuneración, licencias, horarios y seguridad, entre otras. La mujer que quiera ampliar sus derechos, puede hacerlo construyendo colectivamente y democráticamente una empresa que se adapte a sus necesidades y las reconozca.

* Presidente de la Alianza Cooperativa Internacional (ACI) y de la Confederación Cooperativa de la República Argentina (COOPERAR).