“El silencio del envidioso está lleno de ruidos.”
Khalil Gibran

La envidia es un proceso que involucra al otro, pero que también implica la necesidad de autoexigencia de la persona con el fin de alcanzar lo envidiado, o incluso superarlo. La envidia constituye una emoción natural; nos avisa cuándo estamos en desventaja con respecto a los demás.

Existe un proceso de envidia sana, es decir, sin desearle mal al envidiado, aumentando la competitividad. Esto genera mayor esfuerzo, pudiendo muchas veces incrementar el rendimiento en diversas áreas. Por otro lado, existe una envidia agresiva en la que los sentimientos negativos superan la posibilidad de lucha competitiva. Se produce entonces una situación de odio y estrés que se puede cronificar, desalentando en general la voluntad de acción. Esto se observa en personas con mayor primitivismo mental, en las adicciones y también en el agotamiento mental.


Podría pensarse a la envidia como un instinto primitivo o una emoción que pareciera más relacionada con melodramas o problemáticas banales. Sin embargo, esta función puede ser enmarcada en el tipo de afectos que han logrado diferenciar al ser humano y que permiten tomar decisiones. Esta suerte de detector de la propia inferioridad fue usado para luchar y sobrevivir por sobre las otras especies.


Se sabe que el sentimiento de envidia está mucho más presente y difundido en el humano de lo que se concientiza. Muchas veces, aunque se la percibe no se la reconoce como tal o se la niega. Así, la sensación de deseo de alcanzar un objetivo similar a la de otra persona (o aún superarla), aunque sea una emoción sana, es considerada por la neurociencia como un tipo de envidia.

Es así que cuando un vecino compra un auto nuevo, un compañero saca una mejor nota o un amigo comunica un viaje de placer, se disparan mecanismos de deseo donde subyace la envidia competitiva. Pero sana y productiva, siempre y cuando su intensidad sea moderada. Aumentará entonces el esfuerzo competitivo y se estará más cerca de los logros deseados.

Muchas veces así se crea la necesidad, a partir de la estimulación perceptiva y la llegada a la conciencia de la información de inferioridad o de la falta de algo, existiendo entonces una nueva necesidad que no habíamos detectado previamente. Para poder emocionar la envidia el hombre utiliza la corteza prefrontal (dorsolateral) que permite conocer la información y posteriormente controlar lo deseado.

Intervienen además el complejo amigdalino subcortical (memoria emotiva) que nos permite emocionar algo como no conocido o peligroso y el núcleo accumbens que nos genera el placer, pero también la necesidad ante una recompensa insatisfecha como una especie de necesidad de algo nuevo que el otro tiene (algo parecido a una abstinencia conductual de lo ajeno).

Se conoce que también existe envidia en los animales. Así, al chimpancé se le puede enseñar a realizar una actividad  recompensándolo con una uva. Pero si éste observa a otro primate al que por una actividad similar se lo premia con bombones (mucho más apetitoso) deja de realizar la actividad, pues pide una mayor recompensa para volver a hacerla.

Se considera a esta negativa como a un modelo de envidia animal. En esto se basan los mecanismos de influencia de toma de decisión en el consumo, que las compañías de marketing, las de comunicación y las agencias de medios utilizan. Se valen así de una emoción arcaica, del deseo de lo del otro, que probablemente fue un proceso relacionado con la supervivencia del humano por sobre otras especies.

 * Doctor en medicina y doctor en Filosofía. Investigador del Conicet.
 

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