“El poder tiende a corromper, el poder absoluto corrompe absolutamente.”
Lord Acton

 

La presencia de personalidades dominantes se asocia generalmente con el desarrollo del poder. Así, en la manada de chimpancés el mono macho dominante no deja que nadie más mande. Aunque se encuentra permanentemente expuesto a que un mono más joven le saque su lugar, lo expulse y lo exilie del grupo. Determinando así su vejez; paso previo a su fin: cualquier parecido a la realidad del homo sapiens “no es pura coincidencia”.

En cuestiones de poder, existen actualmente muchos estudios e investigaciones. Una de las premisas claves es que el poder modifica la conducta de las personas. Son muchos los casos en los que se observan modificaciones en las permisividades, que se generan en los poderosos. Por ejemplo: el desafecto sobre el sentimiento o el destino de los otros y el aumento de la sobrevaloración de sí mismo.

Es importante remarcar que este cambio de conducta se aplica mucho más en el contexto del poder prolongado, sin evaluaciones. Es decir en el caso de un gobierno sin exámenes democráticos. En este contexto, el peor caso sería una dictadura; pero cualquier instancia que afecte los procesos de control, libera los procesos de toma de decisiones. Pues la consideración consciente e inconsciente que en los poderosos produce la existencia de controles  y criticas externas; disminuye los riesgos de un cambio conductual producido por el empoderamiento excesivo. Asimismo las posibilidades de límites en el tiempo de una gestión puede también debilitar la sobrevaloración del poder y contener sus consecuencias. 

Existen varios estudios que muestran que el poder produce más liberación y capacidad de tomar decisiones activas y también cómo incrementa la capacidad de abstracción. Esto genera mayor acción, pero también mayor riesgo de equivocación y menor consideración de los otros.

Estos estudios concluyen también, que hay una predisposición de personalidades narcisistas y maquiavélicas o psicopáticas en las personas que acceden al poder. No solo en la política; sino en otros ámbitos como las empresas, o en situaciones académicas.

Un  estudioso del tema, Dacher Keltne de la Universidad de California plantea que las personas con y sin poder viven en mundos distintos. El no poderoso actúa más sensible al castigo, pensando en las necesidades de los demás, siendo más cohibido. 

El poderoso por el contrario tiene mayor propensión a la acción intuitiva e infringir las instancias sociales. Parecería, que el poder genera mayor tranquilidad sobre los posibles castigos que se podrían sufrir,  ante el quiebre de las normas establecidas socialmente.

Refrenda esta posición otro estudio de la Universidad de Louisana, que plantea  que cuando más influencia tiene la persona menos éticas son sus decisiones. En una investigación en la que se usó un juego llamado “el juego del dictador”, se evaluó la toma de decisiones en diferentes situaciones de control sobre los demás. Así, en situaciones de poder se arriesga más ante la duda y se abusa de terceros; pues se detenta más sensación de asertividad y menor necesidad de escrúpulos.

Es decir, cuando nos sentimos poderosos arriesgamos más. Muchos son los trabajos que observan que ante el estímulo de poder  los sujetos se tornan más motivados, quiebran las normas, se arriesgan más y se interesan menos por el otro.

Se plantea así: “Haz lo que yo digo pero no lo que yo hago” (utilizando  una doble vara), que se torna agravada con la prolongación del poder no controlado.

Se ha observado mayor prevalencia de poder abusivo en el género masculino, situación que muchos investigadores relacionan con el incremento de la hormona masculina testosterona, que también ha sido asociada  con un incremento de la impulsividad.

Estos cambios hormonales influyen en mucho en estas conductas sociales. Estas sustancias pueden modificar las conductas gregarias, por ejemplo en las manadas de chimpancés incrementan la sociabilidad. Pero también aumentan la agresión a externos del grupo, haciendo a la comunidad más cerrada. El incremento de la hormona oxitocina  induce la adhesión grupal en estos animales; incrementando la defensa externa. Esto puede llegar  hasta el asesinato y el canibalismo de extraños al grupo, en situaciones no tan extremas.

En la comunidad de primates (también en humanos)  se establecen roles jerárquicos y cohesión; se replica hábitos de mando (alpha),  de segundos puestos (beta),  de integrantes de grupo y de agentes externos. Esto se replica en situaciones sociales, como las estructuras de gobierno o asociaciones más primitivas por ejemplo: grupos de simpatizantes fervorosos de un club de fútbol. 

La psicología del poder estudia estos sistemas, tan palpables y parangonables con muchos procesos políticos y sociales.  Pareciera que estas estructuras grupales tuvieran autogeneración. Instalándose un dominante poderoso más activo, menos autocrítico y más predispuesto a infringir las viejas reglas establecidas socialmente.