Las políticas económicas de emergencia para paliar la Coronacrisis provocaron una fuerte advertencia en medios de comunicación y redes sociales sobre el supuesto peligro de un nuevo proceso de hiperinflación en Argentina. Esa visión es liderada por economistas liberales, en su gran mayoría, entre los que se destacan Domingo Cavallo, Roberto Cachanosky, Miguel Boggiano, Javier Milei y Diego Giacomini.  

El padre de la estatización de la deuda privada del fin de la última dictadura militar y del brutal endeudamiento público en la Convertibilidad, en su blog, publicó: "Si predominan las tendencias estatistas, intervencionistas y aislacionistas que aún con el tono moderado que caracteriza al discurso del presidente, asoman frecuentemente en el mensaje oficial y si en la búsqueda de chivos expiatorios los dirigentes políticos más influyentes eligen al empresariado, el final de esta crisis puede ser la hiperinflación, como predicen Diego Giacomini y Javier Milei". 

Milei, en una reciente entrevista a Infobae, fue el más enfático con un ejemplo extremo. "¡Si la producción es cero y yo te doy papelitos para sostener el consumo qué vas a poder comprar! Nada porque no hay bienes. Que el poder adquisitivo del dinero sea cero significa que el nivel de precios es infinito. Por lo tanto, dado el nivel de precios de hoy, tenés una hiperinflación".

En rigor, la fundamentación teórica que brindan se resumen en que aumenta la emisión monetaria en un contexto de caída de la demanda de dinero y de importante destrucción de capacidades productivas.

La inflación, sin dudas, es un grave problema y hace ya una década que es alta en la Argentina. Pero no están dadas las condiciones para que se produzca una hiperinflación. 

La base estructural más relevante para recaer en una dinámica de esas características es carecer de un flujo de ingreso de divisas que produzca un alto déficit de cuenta corriente, que no pueda ser financiado por ingresos de capitales externos. Esa situación ocurría a fines de los años ochenta y principios de los años noventa cuando el rojo de la cuenta corriente no podía financiarse con un ingreso de capitales externos y el nivel de reservas era excesivamente bajo. En un escenario así, existe una presión de demanda de dólares en el mercado cambiario que termina provocando una devaluación de la moneda local con el consiguiente impacto inflacionario.

En la situación actual, la cuenta corriente del balance de pagos es superavitaria. En el último trimestre contabilizado (cuarto de 2019), según los registros del INDEC, el saldo fue de 3.462 millones de dólares y, en los primeros dos meses de 2020, la balanza comercial (incluye solo el intercambio de bienes) registró un superávit de 2.151 millones de dólares. En tanto, el nivel de reservas, a lo largo de la nueva administración, se ha estabilizado rondando entre los 43.000 y 45.000 millones de dólares con un tenue crecimiento en las últimas tres semanas de la cuarentena (se sumaron 226 millones de dólares). El gobierno nacional, por otra parte, tomó la precaución, en el contexto de renegociación del pago de la deuda pública, de suspender pagos de intereses en moneda extranjera. Y, además, en el marco de la gran recesión que estamos padeciendo y de la pandemia, una de las cuentas más deficitarias, la de viajes y servicios contratados en el exterior, se ha paralizado. Con un consumo deprimido, las importaciones caen aun más aceleradamente (los gastos básicos tienen un componente generado localmente muy superior al importado) y las exportaciones, si bien también tienden a caer, lo hacen mucho menos aceleradamente por tratarse, en buena medida, de alimentos de primera necesidad.

Desde ya, hay operaciones de compra de divisas por atesoramiento, cobertura y especulación, remisión de utilidades al exterior y algunos pagos de bienes y servicios que, por dificultades específicas, no pueden ser canalizadas a través del mercado oficial que, con oferentes reacios a deshacerse de sus dólares, provocan un alza significativa de las cotizaciones paralelas del dólar. Pero el grueso de las operaciones cambiarias que determina la formación de precios en las distintas cadenas de valor se realiza con la referencia de la cotización oficial del dólar. Es un mercado plenamente regulado con exceso de oferta por el resultado superavitario de la cuenta corriente. El gobierno, para evitar que ese precio quede atrasado en relación al resto de los precios de la economía y para fortalecer su posición de reservas, absorbe el excedente de divisas en el mercado oficial a través de las compras del Banco Central. En meses en los cuales comienza la liquidación de la cosecha gruesa, el país podrá seguir acumulando reservas.

Esto no significa que el problema inflacionario se haya controlado. Sigue latente. Pero no hay riesgo de hiperinflación. Obviamente, si en lugar de financiarse ingresos de subsistencia, se otorgaran subsidios millonarios a cada trabajador la economía sí reventaría de inflación. No es el caso. La inflación actual básicamente es mayormente por inercia. Se trata de reacomodamientos de precios que, por contrato, no habían aumentado y que en la negociación entre proveedores y clientes no solamente se contempla la inflación esperada sino también los registros recientes. También, en el contexto actual de emergencia y de gran demanda de bienes críticos como los insumos médicos y ciertos alimentos se producen abusos comerciales. También la incertidumbre y un pasado poco feliz juegan en contra, por supuesto.  

En relación a esto último, un problema adicional es que las expectativas inciden lógicamente en las decisiones y en la nuestra economía pesan especialmente. Es por eso que los economistas formadores de opinión, con diagnósticos equivocados o de forma malintencionada, pueden agravar la incertidumbre. En esta enorme crisis nacional y mundial complica aun más el trabajo de todos y puede también agrandar los perjuicios. Por eso, es clave trabajar en la formación básica sobre el funcionamiento de los mercados y divulgar con responsabilidad.

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Mariano Kestelboim

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