Del total de nuestra deuda externa de US$ 270.000 millones tan solo cerca de  US$60.000 millones corresponden a organismos multilaterales de crédito y US$45.000 millones al FMI. Esa deuda con el Fondo Monetario no solo fue mal contraída por ser innecesaria sino por la forma de devolución en plazos. Por ello, sería la única deuda que debe reprogramarse –perdón, ahora le dicen reperfilar- porque su efecto nos deja en una situación financiera de iliquidez por no poder cubrir los US$60.000 millones del primer vencimiento más los bonistas privados, que tan solo son US$25.000 millones .

Reprogramar los pagos correspondientes al FMI no afecta la integralidad del país en el exterior ni se sufren efectos colaterales internos como podrían ser mayor nivel de recesión por no poder pagar los insumos del exterior para la producción local.

El Fondo remitió a Argentina cerca del 50% de sus montos prestables cuando, por la carta orgánica de ese organismo multilateral de crédito, solo podía prestar hasta US$10.000 millones. Lo sextuplicó como consecuencia de una orden política del Presidente de EE.UU. en su carácter de uno de sus socios mayoritarios, por lo cual la Junta Directiva (Board) deberá justificar si, al no poder pagarle, lo colocáramos en situación de quiebra.

En caso de ir con vehemencia a renegociar la totalidad de la deuda, incluyendo en primera medida a los bonistas privados, puesto que con el producto de la recaudación normal y habitual de nuestro país, es pagadero sin sobresaltos en tiempo y forma. Si se pusiera como condiciones de pago una quita de intereses y de capital a los bonos, se vería  como una declaración real de “cesación de pagos” colocándonos en el décimo default de la historia de nuestro país sin ser necesario. 

Recordemos que el resultado de la declaración de default total y soberano nos reubicaría en la misma situación financiera que tuvimos entre los años 2002 y 2005, lo cual es solo traducible con la frase “vivir con lo nuestro” porque quedaríamos aislados nuevamente del mundo sin posibilidad de crédito internacional voluntario.

En ese caso, los valores de los bonos caerían de tal forma que volverían a ser un preciado botín de guerra de los fondos internacionales conocidos como “buitres”  y  el valor de las empresas argentinas también caerían. El resultado  sería la compra de empresas por parte de otras de países con monedas más fuertes de una economía más saneada que hoy, incluso, podrían ser empresas de Bolivia, Chile o Brasil. 

La consecuente transnacionalización de nuestras empresas brinda caída de divisas por la remisión de las ganancias a los países que las compren y caída aún más de los salarios con niveles de pobreza que hasta podrían empeorar los actuales.

 

* Economista