Nos cuesta arrancar. Nos acostamos cada día con un sinfín de proyectos rondando por nuestra mente. Nuevos hábitos y actividades que nunca hemos realizado, sueños que nos quedan por cumplir. Sin embargo, nuestras buenas intenciones no bastan por sí solas y cada mañana se desvanecen bajo excusas, otras prioridades y la constante creencia de que “no tenemos tiempo”. A veces es simple: no tenemos ganas de esforzarnos en cambiar lo que se ha convertido en rutina. 

Hay que modificar situaciones. No se trata de un proceso sencillo, rápido, ni de evolución lineal. La perseverancia es imprescindible frente a los viejos patrones, preparados para atraparnos de nuevo en cuanto bajemos la guardia. Sin embargo, si nuestro “yo del futuro” pudiera dirigirnos un mensaje sería el siguiente: “no vuelvas a los lugares de los que tanto te costó salir”. Es que, en ocasiones, sentimos la tentación de volver a lugares en los que sufrimos. 

Quedarse en lo de siempre es más cómodo. El cerebro es un órgano que no busca la felicidad sino la supervivencia; por lo mismo, prefiere la rutina, la repetición, lo conocido y lo familiar. Así, para seguir actuando como antes lo hacíamos no tenemos que esforzarnos: ya sabemos cómo se hace y cómo se siente. En cambio, para actuar diferente hemos de vencer la resistencia.

Cadenas mentales

Todos hemos atravesado alguna vivencia que ha resultado dolorosa y que se ha prolongado en el tiempo más de lo deseado. Patrones de pensamiento negativos, relaciones de dependencia emocional, fobias y miedos irracionales. Quizás hubo impotencia y frustración. Cada uno sabe cuál ha sido esa propia cárcel mental. Las cadenas mentales pueden llegar a sentirse tan sólidas y firmes como las físicas.

Y aunque fuéramos conscientes de lo que ocurría, de los cambios que debíamos realizar y las acciones que teníamos que implementar, simplemente no podíamos. A lo mejor nos sentíamos culpables de no poder salir de aquella situación en la que nos encontrábamos. Tal vez nuestro entorno nos acusaba de falta de determinación, nos tachaba de débiles y llegamos a interiorizar esa sensación: incomprensión, aislamiento, juicio externo. 

Por eso, es importante que nos liberemos de culpas y comprendamos que los cambios no suceden de un día para otro. Es normal que en más de una ocasión hayamos sentido la tentación de ceder y tirar la toalla, de regresar al sufrimiento conocido para, por ejemplo, recuperar la sensación de control. No estamos haciendo nada mal, simplemente nos encontramos a mitad del puente que nos conduce a una nueva vida. 

En ocasiones, nos dejamos llevar por nuestras rutinas hasta desdibujarnos en la insatisfacción. Las personas nos negamos muchas veces a ver las cosas tal y como son por diferentes razones: por temor a vernos a nosotros mismos y a descubrirnos, por miedo a tener que afrontar una verdad, por temor a la soledad, a no saber cómo reaccionar. Estas resistencias psicológicas son obstáculos mentales, mecanismos de defensa que alejan la felicidad.

Heridas que abren los ojos

Sin embargo, hay heridas que en lugar de abrirnos la piel nos abren los ojos. Cuando eso ocurre, no cabe otra opción más que tomar los pedazos rotos de nuestra felicidad perdida para recomponer la propia dignidad. Un amor propio necesario para seguir adelante con la cabeza alta y la mirada firme, sin mirar atrás, sin mendigar realidades imposibles. No se nos puede olvidar que la felicidad es, por encima de todo, un acto de responsabilidad. Porque cuando por fin uno lo consigue, ya no hay vuelta atrás: es momento de actuar.

Todos somos falibles, delicadamente imperfectos, pero únicos en nuestra esencia y en nuestras historias personales. Por ello es bueno y necesario tener claro qué cosas no volveríamos a hacer, qué caminos no tomaríamos de nuevo y qué personas dejaríamos en las fronteras de la distancia higiénica. A menudo, sentimos ganas de apretar el socorrido “botón de reinicio” imaginario.

Sin embargo, las personas no somos máquinas, y nuestra grandeza está inscrita en nuestro ADN que nos invita a aprender de los errores cometidos. Al fin y al cabo, vivir es avanzar pero también cambiar y saber asumir cada mala elección o cada mala acción, sin vetarnos a nosotros mismos ese necesitado crecimiento que uno debe asumir a cualquier edad y en cualquier momento. “¡No volver atrás!”

Decía la Madre Teresa de Calcuta: “Siempre ten presente que la piel se arruga, el pelo se vuelve blanco, los días se convierten en años…pero lo importante no cambia.

Tu fuerza y tu convicción, no tienen edad; tu espíritu es el plumero de cualquier tela de araña. Detrás de cada línea de llegada, hay una de partida. Detrás de cada logro, hay otro desafío.

Mientras estés vivo, siéntete vivo. Si extrañas lo que hacías, inventa algo nuevo. No vivas de fotos amarillas …

Sigue, aunque todos esperen que abandones. No dejes que se oxide el hierro que hay en ti. Haz que en vez de lástima, te tengan respeto. Cuando por los años no puedas correr, trota. Cuando no puedas trotar, camina. Cuando no puedas caminar, usa el bastón. ¡Pero nunca te detengas!”.

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Lic. Aldo Godino

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