Mucho se ha comentado en estos días de pandemia sobre las actitudes de la juventud en las cuestiones preventivas. Para adentrarnos en el tema debemos comprender que el homo-sapiens es la única especie que tiene a la adolescencia como ciclo identificable. Y que probablemente esta situación se deba a la lenta maduración que detenta nuestro sistema nervioso para llegar a esa estructura biológica tan compleja, la más compleja hasta ahora conocida, que es el cerebro humano.

Nuestra especie llega al mundo mucho más inmaduro que casi todas las demás (por ejemplo el chimpancé o el perro pueden deambular al nacer), tanto desde el punto de vista corporal como cerebral.

Nacemos requiriendo de mucha más atención y de un tiempo muy largo para terminar de madurar. Ana Mateos Cachorro del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana de Burgos, propone que esta lentitud estaría relacionada con las características de nuestro desarrollo encefálico-intelectual y la sociabilidad.

Sin embargo, ese ser indefenso con el tiempo alcanza la máxima expresión cognitiva a la que ha llegado un ser viviente y se convierte en un ser altamente social, siendo la única especie que ha llegado los cinco continentes, constituyendo grandes espacios urbanos. Dada su gran capacidad migratoria, que incluye grandes posibilidades motoras y corporales. Pero también gran requerimiento gregario, especialmente durante la adolescencia.

Cerebro, emociones y adolescencia

Esta etapa de la vida está poco estudiada desde el punto de vista de la neurociencia, sin embargo, es el momento durante el cual se conforman diversas cuestiones claves de la personalidad de las personas. Por ejemplo, en esta época se definen la mayoría de las patologías psiquiátricas. A los 14 años ya se han manifestado en promedio el 50% de las enfermedades.

Durante la adolescencia continuamos con una gran actividad exploratoria como en la niñez, pero en este caso consiste en la búsqueda de nueva experiencia social; descubriendo además lo que le pasa al otro (cognición social).

Probablemente esta búsqueda haya servido en forma evolutiva para despegarse del resto de la familia y combinar con nuevos genes de otros grupos, agregándose a otros sectores sociales, mezclando su carga genética y así evitar enfermedades endogámicas.

El adolescente desarrolla en ese momento su sistema emocional (sistema límbico) antes que su corteza cerebral. Convirtiéndose en más impulsivo y emocional que el adulto. Generando mayor búsqueda de opciones pero también mayor riesgo de accidentes y enfermedades psíquicas.

En cierto momento de la vida acontece un importante impulso hormonal (coetáneo con la pubertad) ocasionado por las hormonas sexuales, reguladas por el hipotálamo (parte profunda del cerebro que controla, entre otras cosas, la secreción de la mayoría de las hormonas).

Es entonces, en el comienzo de esta segunda etapa de la vida, cuando comienza a generarse un mensaje endocrino, dormido durante la niñez, que genera una gran modificación corporal, especialmente influyente en la conformación sexual, y que aparte produce grandes cambios en el cerebro del ser humano.

Es así que se dispara una gran activación del sistema límbico regulador de las emociones, generando los característicos cambios conductuales del adolescente como búsqueda de nuevas relaciones, abandonando la centralización familiar (esto se considera un posible mecanismo evolutivo para la disminución de la endogamia).

Qué enfermedades aparecen en la adolescencia

También se producen fisiológicamente conductas de nuevas experiencias que son necesarias pero que aumentan la posibilidad de riesgos. Es importante considerar que en este momento de la vida el cuerpo tiene una gran protección ante patologías corporales, con gran cobertura inmune y muy poco riesgo de sufrir la mayoría de las enfermedades; luego frecuentes a lo largo de la vida.

No obstante, pueden surgir situaciones que pongan en riesgo la vida, pues la activación del sistema límbico sin control del lóbulo prefrontal —que todavía no se encuentra inmaduro—genera mayores problemáticas con situaciones sociales y ambientales. Así, la mortalidad en la adolescencia está encabezada por accidentes en vía pública, seguida por suicidios.

Es el período de comienzo de patologías como trastornos de ansiedad, psicosis y adicciones, entre otras patologías de salud mental. En este momento nuestro sector cortical cerebral de control emotivo (corteza prefrontal) está camino a su maduración, lo cual tarda años.

Tampoco estarán desarrolladas las cuestiones sociales ni la planificación a largo plazo, entre otras actividades. No es que la corteza esté enferma, sino que está madurando, y habría un desajuste entre el cerebro primitivo y el abstracto planificador-controlador. El cerebro termina de madurar pasados los treinta años.

Actualmente se considera que la adolescencia se ha prolongado aproximadamente cinco años; dado los roles sociales del adulto, tales como independizarse y tener un hogar, lo cual aumenta el desajuste. Sumado a esto, se considera que la adolescencia hoy comienza más precozmente que antaño.

La falta de maduración de la corteza prefrontal nos encuentra con una ventana de falta de control de los instintos, con mayor riesgo que en la adultez, dado que se autoevalúan diferentes hipótesis de las toma de decisiones, en un ensayo-error que pone más en riesgo la vida, mientras que en la adultez aumenta la planificación a largo plazo a través de una evaluación abstracta prefrontal. El cerebro va realizando este ensayo-error; generando nuevas vías de conexión, mielinización y redes neuronales .Queda ya, entrados los treinta años, un cerebro maduro, en donde se halla un equilibrio relativo entre razón y emoción.

Se requiere durante la adolescencia de otros estímulos de búsqueda sensorial y de aprendizaje acumulativo. Se detenta en esta etapa de la vida mayor actividad emocional y motora. Suspender a largo plazo estas funciones puede redundar en problemas psicólogos y cognitivos de importancia. Generar prohibiciones y temores a los adolescentes puede generar un efecto paradojal, especialmente en un contexto de estrés cronificado e impredecible. El aprendizaje basado en la recompensa será entonces mucho más efectivo que el castigo.

* Psiquiatra y Doctor en Filosofía. Prof. Titular de Psiquiatría y Salud Mental. Fac. de Medicina UBA . CONICET

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