Tragedias ha vivido la humanidad desde que la Historia tiene registro.

Desde las 10 plagas de Egipto registradas en el Éxodo hasta los holocaustos, hambrunas y guerras del siglo XX, son 35 siglos de devastaciones producidas mayoritariamente por el hombre.

Pese a ellas el mundo siguió girando, la humanidad creciendo y aquellos horrores fueron abono de nuevas generaciones.

La globalización y el increíble desarrollo tecnológico hicieron creer que podríamos dominar la naturaleza y ser indemnes a las infecciones. Una relativa calma bélica en los países centrales y cierta paridad nuclear nos daba la sensación de paz.

Así las cosas, todo quedaba librado a la “productividad económica” para disputar hegemonías y delinear, de modo cada vez más desigual, el perfil de las sociedades.

La pandemia de SARS-CoV-2 apareció entonces como un cisne negro.

Sin información y sobre todo sin liderazgos morales en un mundo que ya toleraba en silencio el descarte de millones de vidas, el reflejo de huida se impuso: ¡a las casas hasta que pase!

El aislamiento fue una de las primeras medidas aplicadas en un contexto de incertidumbre

El terror dominó a la sociedad, alimentado por los medios de comunicación y los gobiernos asustados. Nadie se detuvo a pensar las consecuencias que traería esa estrategia, o si sería efectiva. Menos aún si podría sostenerse y, ni remotamente, cómo descargaría sobre otros las consecuencias de la crisis.

La pandemia causó en 2020 cerca de 1.800.000 muertes, lo que implica alrededor de 1.400.000 familias trágicamente impactadas. Eso es el 3% de las muertes que anualmente registra el mundo. Y es mucho. Pero no es todo.

Las medidas para combatirla ocasionaron una devastación que se traducirá inexorablemente en más muertes y más desigualdad.

Los efectos de la pandemia del coronavirus

En mayo del año pasado, UNICEF advirtió que a fines de 2020 unos 750 mil niños más caerían en la pobreza en Argentina en relación al ya alarmante nivel de 52,3% registrado en 2019. INDEC confirmó ayer que fueron 615.000 los nuevos niños pobres llegando al 57,7%.

En agosto 2020, la CEPAL había estimado que la pobreza aumentaría en América Latina un 22%, impactando sobre todo a las mujeres, que totalizarían entonces 118 millones en esa condición. Según INDEC, además de las niñas ya mencionadas, otras 1.300.000 mujeres cayeron en la pobreza. Ellas sufren más la carga doméstica, incrementada por los cierres de escuelas, perdiendo trabajos informales que les permitían generar ingresos.

Calculan que unos 750 mil niños argentinos cayeron en la pobreza en 2020

Más recientemente, en enero de 2021, el Banco Mundial calculó entre 119 y 124 millones los nuevos pobres que provocó la pandemia en 2020. El aumento estimado de la pobreza mundial no tiene precedentes en un siglo. Y lejos de preverse una reducción, el pronóstico es que aumente en 2021.

¿Qué clase de solución es la que han implementado los líderes mundiales si las muertes que ocasionarán entre los niños y las mujeres serán mayores que las provocadas por el coronavirus entre los ancianos?

Nunca se vio tan claro que fue peor el remedio que la enfermedad.

Pero además, ¿sobre qué oscuro mundo impactó esta pandemia? Un mundo con una tremenda desigualdad, con el 10% más rico acumulando el 88% de la riqueza.

Con diferencias de 60 veces en la mortalidad infantil, 10 años en la duración de la escolaridad promedio, 60% en la expectativa de vida y 172 veces en el ingreso promedio entre los países más pobres y los más ricos, según información de Our World in Data.

Cifras escalofriantes, que nadie podría tolerar y sin embargo suceden.

La desigualdad podría expresarse así: el 1% más rico posee más del doble de riqueza que otros 6.900 millones de personas, reflejó Oxfam

Desigualdades marcadas y el aumento de la pobreza

El sistema tributario resguarda esa concentración con impuestos regresivos que facilitan la elusión y la economía en negro: sólo 4 centavos de cada dólar se recaudan en función de la riqueza.

Ese fue el telón oscuro que no dejó ver al cisne negro.

La desigualdad se perpetúa porque 1 de cada 5 chicos están sin escolarizar, la mayoría niñas. El cierre de escuelas provocó que perdieran el 40% de sus comidas en 2020.

Y ahora, cuando las vacunas aparecen como la posibilidad de dominar la pandemia, unos pocos países ricos acapararon el 75% de las dosis.

Además de ser una calamidad ética y un derroche de 9.200 millones de dólares, la distribución desigual de las vacunas hará que el virus siga circulando, mutando y perpetuándose.

Mientras la OECD se alarma por su creciente desigualdad con una diferencia de ingresos de 10 veces entre los más y menos privilegiados y un Gini global de 0,32, INDEC informó que la brecha entre el ingreso total del decil más alto y el más bajo era de 20 veces y que el Coeficiente de Gini un escandaloso y sostenido 0,44.

Muchos hogares del Conurbano vieron sus ingresos reducidos

Tengamos en cuenta que un aumento de dos centésimas del coeficiente de Gini equivale a una transferencia de un 7% del sector más pobre de la población al más rico. Para octubre 2020 casi 50% de hogares del Conurbano había tenido una disminución de sus ingresos, siendo el doble en aquellos con secundario incompleto respecto de los de terciaria o superior. El nivel de educación es un indicador de la condición socio económica.

A su vez, el 60% de los niveles educativos terciario o superior pudieron trabajar desde su vivienda mientras que sólo el 10% de los de secundaria incompleta tuvo esa chance.

El 34% debieron reducir al menos 1 alimento por penuria económica, pero ese promedio esconde otra vez la desigualdad: el porcentaje fue 45% cuando el nivel educativo no completaba la secundaria.

Los más pobres lo sufrieron más y debieron dejar la carne, las verduras o la leche.

Las parálisis económica mundial provocada por el terror y la cuarentena, transfirió a la niñez las consecuencias de la pandemia.

La Directora Ejecutiva de UNICEF, Henrietta Fore, ha resaltado que “las señales de que los niños sufrirán las peores consecuencias de la pandemia durante años son inconfundibles”.  Según datos de esa organización, para noviembre 2020 entre 6 y 7 millones de niños presentaban desnutrición aguda, lo que podría traducirse en 10.000 muertes infantiles más por mes.

Las consecuencias del aislamiento

Pero no es sólo hambre. En los 12 meses pasados se registró un aumento de los niños en aislamiento o víctimas de abusos. Las escuelas para 168 millones de alumnos de todo el mundo llevan casi un año cerradas y 2/3 están en América Latina, donde 1 de cada 3 niños no pudo acceder a la educación a distancia. También la vacunación regular se vio gravemente restringida.

En la otra punta, los adultos mayores, a quienes se pretendió cuidar.

Los hemos aislado, provocándoles soledad, abandono, desesperación y miedo. Muchos no pudieron recibir visitas de familiares y amigos, cuyo apoyo emocional y físico necesitan siempre. A veces el aislamiento los enfrentó a la amenaza de abuso o negligencia.

Muchos ancianos sufrieron soledad, abandono, desesperación y miedo

Los aterramos contándoles una y otra vez que el 80% de los muertos fueron ancianos. Pero nunca les dijimos que aún en esa condición, la abrumadora mayoría de ellos iba a superar al virus, sobreviviendo el más del 70%. Fue bien claro a qué apuntó el mensaje.

Nada de esto vieron los líderes mundiales en su medieval estrategia, que cambió testeos masivos, detección y aislamiento de contactos por cuarentenas masivas, terror y pobreza.

Ahora que es inexorable una segunda ola más severa, las propuestas deberían ser más científicas y menos nocivas, impidiendo acentuar el colapso provocado.

  1. Educar acerca de las medidas preventivas. Cada minuto, cada emisor, debe recordar cómo y por qué usar barbijos, distancia y lavado de manos… Cada minuto. En cada puesto.
  2. Testear, testear y testear. Triplicar la cantidad de testeos
  3. Aislar a los positivos y sus contactos, no a toda la sociedad.
  4. Empoderar a los trabajadores de salud y los acompañantes y cuidadores de ancianos.
  5. Vacunar, vacunar y vacunar.
  6. Secuenciar el ingreso a los trabajos, evitando aglomeraciones de “cuello de botella”
  7. Permitir extender, no acortar, el horario de los comercios.
  8. Protocolizar y hacer cumplir los protocolos.

Está claro hacia dónde nos llevará la estampida. Aun así, debemos intentarlo diferente.

*Médico. Profesor Universitario y Especialista en Salud Pública