Lo que suceda con nuestra mente depende de información ambiental que impacta en la expresión de nuestro cerebro y cuerpo. Así los efectos culturales en concomitancia con la expresión epigenética modifican nuestra expresión estructural y funcional; corporal y cerebral. Conformarán así el cambio subjetivo y social transmisible entre generaciones.

El afamado psicólogo experimental de Harvard Steven Pinker plantea que “La cultura descansa en una circuitería neuronal que realiza la proeza que llamamos aprender.” En su libro “El mundo de las palabras” postula que, a diferencia de la animal, más controlada por la biología, la conducta humana viene determinada por las distintas culturas, sistemas de símbolos y valores que varían entre sí arbitrariamente y que se adquieren a través de modelos de comportamiento. Según Pinker, los niños vienen al mundo cual tabla rasa. Como pensara el filósofo inglés Locke, el cerebro podría ser hoy considerado entonces como una tabla rasa a la que se le incorpora información.

Dos parámetros son pasibles de relacionar a esta ideas: el primero, relacionarlo con una computadora en la cual la memoria se torna esencial a la hora de valorarla; cuanto mayor memoria, más compleja y costosa será. A esa memoria se le incluirían diferentes programas (softs) que constituirán por ejemplo, las funciones cognitivas como el lenguaje, las prácticas motoras aprendidas (praxias) o el reconocimiento de los sentidos (gnosias), donde también se graban fenómenos emocionales que van a modificar la funcionalidad del intelecto (memoria emocional).

La otra comparación con el desarrollo del cerebro humano es volver a la idea de la tabla rasa Aristotélica. Aunque quizá quien haya tenido más razón es Immanuel Kant. Este filósofo alemán planteaba que el ser humano nace con un cerebro básico, pero con cierta funcionalidad, al que se le incorpora las funciones que se aprenden con el tiempo.

Esto es bastante parecido a lo planteado en primer término. Pero sin embargo debe considerarse que tanto este filósofo, como para la neurociencia actual; aceptan que además nacemos con instintos primitivos. Estas premisas innatas serian pulsiones presentes tanto en animales superiores como en el humano para la supervivencia del más apto.

Así, funciones instintivas como el miedo, la agresión, la sexualidad, la alimentación y el control de la temperatura (como toma de decisión: por ejemplo ponerse al sol o migrar) son funciones que han hecho preservar a las especies sobrevivientes.

Neuronas y nacimiento

Cuando nace el humano, tiene un cerebro lleno de neuronas pero muy inmaduras y poco conectadas. Pero en los primeros seis meses de edad pasa de aproximadamente 6000 conexiones a 18.000 por neurona. Alcanzando tempranamente (a los dos años de edad) el 70 por ciento del peso del cerebro adulto.

Algunos neurólogos cognitivos piensan que las funciones más básicas con las que venimos al mundo son las antípodas: lindo/feo y bueno/malo; que con el tiempo se transformarían en lo ético y lo estético. Entonces, para un bebé una cara fea merece algo malo que es el llanto y por lo contrario la linda cara de mama merece una sonrisa. Se ha confirmado neurológicamente el grado de importancia que tiene la niñez temprana para el desarrollo del psiquismo humano.

Confirmando la posición Freudiana de lo importante de este momento vital. Se plantea la explosión estructural y funcional que presenta el cerebro en ese mínimo momento de la existencia.

Se suma a lo anterior la importancia del segundo semestre de vida para la adquisición de los fonemas del lenguaje o el desarrollo en la infancia temprana de sentidos claves del humano como la visión; colocándonos como seres macro-ópticos.

También la construcción de ideas semánticas explota a los 25 meses de edad, dándole sustento ideico al lenguaje gramatical-fonético aprendido. Sin embargo existe un proceso infantil que se torna extraño hasta aproximadamente los tres años: que es la memoria consciente. Por algún motivo funcional no aparece hasta esa edad. Pues descriptivamente los primeros recuerdos se producen a alrededor de ese momento.

Estudios hechos con ratones a los que se incrementa artificialmente la reproducción neuronal en el sector de ingreso de la memoria (hipocampo) han producido que los animales no aprendan. Entonces cuando se le genera al animal un aprendizaje de laberintos que recuerdan en condiciones normales; cuando sus células se reproducen rápidamente en el hipocampo, dejan de hacerlo (es decir que no grabarían la información al renovarse).

Se piensa que en los primeros años de vida probablemente sucede una reproducción neuronal que impida que se incorporen los recuerdos. Posiblemente esto sea necesario por la necesidad de contar de otro tipo de aprendizajes inconscientes, como las primeras emociones, los actos motores y el lenguaje; entre otros.

Probablemente la acumulación cultural que produzca esta pandemia generará cambios en la tabla rasa de nuestro cerebro, especialmente en los niños, pues presentan mayor plasticidad y también por menor exposición temporal con menos información acumulada.

*Neurólogo. Doctor en Medicina y doctor en Filosofía. Investigador del Conicet

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Ignacio Brusco

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