Varios médicos de las Salas COVID-19 describen que las familias de estos pacientes tienen una conducta más resignada y  adaptativa que lo normal, una respuesta pasiva que mezcla resignación por la pandemia, el respeto a la actividad de los profesionales y el estrés crónico, sumado al peligro de contagio ante un familiar que padece esta patología.

Por el contrario, médicos de otros servicios que cumplen actividades esenciales en salas de patologías complejas No COVID describen una respuesta más agresiva de lo esperado en pacientes y familia, como si  todo el estrés poblacional estuviera desplazado hacia otras patologías.

Serían dos tipos antagónicos de respuestas: pasivas en el primer caso, agresivas en el segundo. Podría pensarse respuestas antagónicas de conducta, altruista de la mayor  parte de la sociedad, con personas esenciales predispuestas sobre manera para trabajar en la sociedad y muchas veces poner en riesgo su vida. Por ejemplo,  personal  sanitario, educativo, de comunicación entre otros, que se pusieron al hombro la pandemia.

Por otro lado, los menos, donde del situación autoprotectiva lleva a priorizar el egoísmo y la necesidad de autropreservación. Priorizando las propias necesidades de supervivencia por sobre la de otros.  Incluso en el ámbito del sistema sanitario estas diferentes actitudes pueden ser observadas y generan conflictos intra-institucionales. 

El sentimiento de altruismo, es la motivación para ayudar a los demás. Aún a costa de la pérdida de cuestiones propias o de riesgo de vida; es una función que sirvió y sirve para la cohesión social, siendo probablemente un instinto básico que es el de asociarse con otros, base de lo gregario.

Los grupos de animales, como las bandadas de aves o manadas de chimpancés lo utilizan y resulta clave para la supervivencia. Nunca hubieran sobrevivido ni dejado descendencia si no hubiera existido ese magnetismo entre miembros de la misma especie, que genera una conducta comunitaria y cooperativa, la que ha servido para defenderse, conseguir alimento o migrar, entre otras cuestiones.

Pandemia e instintos básicos


La pandemia es un claro momento de necesidad de estos instintos básicos, de protección de lo grupal y sentimiento tribales de defensa.Es necesario, poseer empatía entre congéneres, es decir, una comunicación especial que lleve a relacionarse con otros para que se aplique el altruismo. Pero que también genera beneficios al altruista; como el reconocimiento del mismo.

Los miembros del grupo localizan al bondadoso en una situación de superioridad y competencia de liderazgo, además de alimentar su ego. Por cierto, existen procesos en los que la ausencia de solidaridad provoca en la manada un reclamo posterior al desatento.
En el egoísmo existe un menosprecio por el sentir de los otros, situación similar a lo que ocurre en ciertos trastornos oscuros de la personalidad, especialmente la personalidad “narcisista”. Esta conducta en varios trabajos de investigación se ha descripto asociada a una disminución de la funcionalidad de las áreas neuroanatómicas de la empatía, especialmente en el lóbulo Prefrontal Ventromedial del cerebro.

El egoísta tendría un narcisismo con una autoestima de alta intensidad, que va a impactar en las relaciones sociales y laborales de la persona. En el registro cerebral de neuroimágenes de estas personas, sólo se activan áreas emocionales cuando  se les ocasiona un perjuicio  a ellos y no cuando son agredidos los otros.  

Muchas veces la conducta narcisista se expresa en agresividad, como respuesta  adaptativa. El proceso de inhibición de la agresividad podría condicionarse a partir del aprendizaje, generando alguna esperanza social. Existe una delgada línea de equilibrio entre la conducta violenta y la pacífica en el ser humano. Aunque parezca increíble seríamos menos violentos en la actualidad, según diferentes estadísticas poblacionales. 

La consecuencia más común del aumento de violencia es la impulsividad eventual. En ella se concentra aproximadamente el sesenta por ciento de los episodios violentos. Es una respuesta reactiva a circunstancias ambientales, como por ejemplo una reacción violenta y desmedida, ante una situación de estrés imprevisto.

Qué pasa en el cerebro

En estos casos, los impulsos emocionales implican hiperactividad de estructuras cerebrales límbicas (nucleo amígdalino y núcleo accumbens), que regulan la función emocional. Es decir que los sujetos son desbordados emocionalmente.
Un experimento muy sugestivo realizado por Tania Singer del Instituto Max Planck de Neurociencia Cognitiva de Leipzig mostro como las personas que se muestran como agresivas generaron respuestas neurológicas de menor empatía.


La empatía es una función que permite explicar diferentes instancias de las relaciones subjetivas. Podría parangonarse parcialmente con el altruismo o la benevolencia sobre el otro, sin embargo la empatía implica procesos muchos más complejos. Fundamentalmente conlleva actividades desagregadas, primero la “empatía cognitiva”, base del conocimiento racional del otro. Por otro lado se describe la “empatía emocional” relacionada con la sensibilidad emotiva, primeramente inconsciente para luego hacerse consciente.

La empatía es un proceso modificable a partir de diferentes influencias externas, pues los grupos pueden emocionar por diferentes circunstancias e influencias. Ser empático puede entonces generar un sentimiento positivo, sin embargo ese afecto puede implicar conflictos internos.

Los procesos grupales se inclinan a la emoción hacia estructuras que estén unidas a nuestra identidad. El altruismo y el egoísmo serían dos conductas antagónicas más simples como parte de la conducta de una sociedad.

El ser humano presenta un campo de lucha permanentemente entre el altruismo y su instinto violento. Depende de quien gane, se priorizará la cohesión con un grupo o la agresión hacia los otros. Ambas parten de consignas evolutivas darwinianas a las que se le agregan las características cognitivas diferenciales del homo sapiens y sus características gregarias. Una de ellas es la antípoda violencia - altruismo.

Es probable que esta dualidad sea parte de una misma funcionalidad. Siendo instintos complementarios de regulación de la agresividad. Entonces, sentimientos altruistas, grupales, tribales, patrióticos, defenderían una misma estirpe, reforzando las características de violencia y defensa.

Posturas altruistas-egoistas, son respuestas naturales del estrés crónico, pero antagónicas. Diferentes posibilidades de cambios adaptativos individuales que luego impactan en lo social. Existen posturas psicosociales divergentes que dificultan los diagnósticos, que muchas veces pueden confundir y complicar las tomas de decisiones, especialmente en circunstancias complejas.

*Neurólogo cognitivo y doctor en Filosofía. Prof. titular UBA. Conicet

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