El populismo es generoso. Abriga en su seno a quienes lo confunden con demagogia. A los progresistas, que lo ven en cualquier outsider que le ladre al sistema. A los conservadores urbanos, que advierten caudillos por todas partes. A los politólogos "instituciocentristas" (sí, no existe, por eso las comillas), que sospechan de la realidad si es más ancha que el libro. A los influencers, bellos jóvenes viejos con CBC incompleto, que pagan giras para standapear sobre los demonios que les habitan la cabeza.

El populismo tiene problemas de salud y es contagioso. Arrastra con él a cualquier modelo con ambición de redistribución. Es la herramienta para estigmatizar dirigentes y electorados, que se salen del cauce racional. Su carga negativa justifica, a ojos de los acusadores, todo procedimiento que se use para detenerlo: censura en lo institucional, asfixia en lo económico o represión en lo social.

El populismo es un yuyo. Así de autóctono, de imparable y de resistido. Una representación que defiende la dimensión emocional en la participación pública. Si las teorías reconocen filiación, fue Laclau quien logró sistematizar este dispositivo yendo del objeto a su análisis y sin prejuicios. Un recurso para comprender que algunas sociedades priorizan identidades y lealtades, para expresar un comportamiento político, en sustitución de la autoridad racional legal, carente de territorio y simbología.

El populismo enfrenta en Argentina su batalla final. La oposición se ha propuesto exterminarlo. Halcones que ubican en el peronismo el origen de todos los males. Palomas que reclaman previsibilidad, como sinónimo de cuidados paliativos. La disputa puede ser exitosa si se recogen las lecciones de la victoria del 2019, cuando en nombre de una identidad común y con el objetivo de detener la "usurpación macrista", la conducción de Boca Juniors era recuperada por Juan Román Riquelme, el último populista.

Gestionar el sentimiento

El populismo, como la filosofía, se define en cuatro elementos. La idea de patria y, en espejo, la de pueblo; la identidad de un nosotros en oposición a un ellos, que pueden convertirse en amigos/enemigos; la capacidad para establecer un denominador común entre demandas diferentes, y la gestualidad como unidad estética.

Esta suspensión voluntaria de la racionalidad se sostiene sobre el giro afectivo. El sentimiento como modo de acercamiento a la vida pública. Cómo gestionar, en política, las emociones es el desafío para todos los movimientos que basan sus estrategias en la construcción de una identidad compartida y el orgullo por la cultura del territorio.

Llamado a gestionar uno de los dos sentimientos más importantes de Argentina, Juan Román Riquelme define su patria chica, reivindica una identidad, traza la línea del nosotros/ellos y es dueño de una retórica que permite adivinarlo, antes aún que sus palabras. El más político de todos los argentinos que jamás ocuparon un cargo público es el talismán con el que el populismo puede testimoniar su vigencia y reverdecer sus chances.

La autoestima es un bien que, emocionalmente, puede determinar el éxito o el fracaso. El primer desafío político de la gestión Riquelme consistió en recuperarla, apelando a la memoria histórica. Este ejercicio de identidad fue el recurso afectivo para salir del duelo de una derrota que se pareció a la muerte. Para explicar su modelo de conducción empleó un silogismo de mano dura: a) nada es más importante que Boca, b) nadie es más Boca que yo, c) nadie es más importante que yo.

Desde aquel Topo Gigio hasta este revolver la bombilla, actualización doctrinaria de "ponerla debajo de la suela", Riquelme juega a los gestos. Para expresar desacuerdos y alianzas, disconformidad o satisfacción. Su austeridad expresiva es un mapa de acciones. Ni de más ni de menos. La señal exacta para interpretar el rumbo. Impiadoso con el enemigo, devoto de los propios, en cada saludo que niega y cada foto a la que accede, Román avisa que al amigo todo y al enemigo ni justicia.

Sus "soy bostero y voy a morir bostero" y "cuando me pongo la camiseta de Boca me pongo mi camiseta" invitan a pensar que el nosotros de Riquelme es, en "su patria", el pueblo bostero. Sin embargo, su legitimidad excede los límites de Brandsen 805. Su valoración de lo que significa el hincha, de lo que son los jugadores, de lo que disfruta de ver un partido, ubica en su nosotros a todos los que piensan que el fútbol es un juego. Los que no rebuscan lo esencial. Los elegidos por el Diez para encarnar al "ellos" son quienes mercantilizan o desconocen el sentimiento, empresarios, periodistas o jugadores que olvidan que lo son. Riquelme elige el conflicto, cada vez que ve que su patria, su identidad, está en riesgo. El mejor Román es el hábil declarante que, recostado sobre su "soy esto", antagoniza de espaldas y cubriendo la pelota. Si no la tenés, no jugás.

Su cadena equivalencial puede resumirse en una idea: simpleza como bien supremo. Ser lo que sos, sin renegar de tu origen. Club, barrio, familia, amigos, asado o amor por ella (a la que además besa, en público, para redimirla de los que la maltratan) se transforman en un solo significante. En su discurso hasta el Consejo de Fútbol juega un rol. Cuestionado por los meritócratas que objetan la capacitación de sus miembros, representa, en sus próceres, el puente generacional entre el pasado y el futuro. En este juego que se basa en "confiar en el compañero", quien no olvida de dónde viene nunca camina solo. Populista de catálogo completo, Román es, para el 2023, el candidato que mejor mide.

Ser menos malo que los demás

El 2019 fue el año de dos alianzas victoriosas. Populismos que construyeron su identidad contra un enemigo común. La calle decía que la derrota en Boca era, para el ex presidente, la que de verdad le dolía. De los dos modelos para derrotar al macrismo, solo la receta de Juan Román Riquelme sobrevivió. Un enemigo definido te sirve para ganar, pero sin un "nosotros" no gobernás. La identidad es el lugar para volver cuando estás desorientado. Cómo advertía Scalabrini, el espíritu de la tierra es imposible de definir, pero te das cuenta que existe cuando lo abandonás, lo impedís o lo traicionás. El próximo año, la historia nos va a regalar una curiosidad: repetir (¿como comedia?) el escenario de dos alianzas con base popular dando sus peleas contra un macrismo que intentará reconquistar sus reductos. Ensayar analogías con la influencia que Boca y sus dirigentes han tenido en la política argentina nunca es sobreanalizar. Las batallas del 2023 van a confrontar sentimientos, imposible disputarlas si no sabés cuáles representás. Sin legitimidad de origen no hay identidad y sin ella no hay populismo posible

Hoy, el giro afectivo, está más presente en la oposición que en el oficialismo. Escondido detrás de la racionalidad, aparece un discurso que explota y unifica, desde la exacerbación, el odio como alternativa de resistencia a esta gestión de gobierno. Para tener chances ante esta expresión de emoción violenta, el Frente de Todos está obligado a repreguntarse "¿de dónde venimos?" para definir su "¿quiénes somos?". La nostalgia arrecia y, con ella, esos momentos abundantes en los que el problema del kirchnerismo era cómo dejar de hablarle a los convencidos. Esta crisis de identidad lo pone en un lugar peor: no tenerlos. A veces no alcanza con tener claro lo que tenés enfrente; para ganar, la pelota tiene que empezar a entrar. Cuando se impone la desorientación de cuál es el amigo, quién el enemigo y qué sentimientos representamos conviene volver al 2019 y escuchar las lecciones de comunicación de Román, el último populista. Recordar que en el fútbol, como en la política, hay que "saber elegir bien" y empezar a dársela a los que tienen la camiseta del mismo color. Es un buen comienzo para volver a ser "menos malos que los demás".

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Santiago Aragon

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