"Lo que no se define, no se puede medir. Lo que no se mide, no se puede mejorar. Lo que no se mejora, se degrada siempre” Lord Kelvin, físico (1824-1907)

Para discutir la necesidad de buscar un balance entre la vida laboral y el entretenimiento y de cómo rediseñar el entrelazado urbano tripartita que refiere al salario mínimo vital y móvil, se deberían circunscribir algunos puntos. Aquellos que participamos en ámbitos de negociación, y no me refiero a Argentina sino en general, nos encontramos un particular caso de negociación con información asimétrica: los que pagan el salario mínimo no están en esa mesa de discusión, pero tampoco los que lo reciben.

En efecto, los trabajadores más organizados y con representación institucional notoria, salvo contadas excepciones, tienen convenios colectivos en los que reciben remuneraciones mayores a las del salario mínimo. Los trabajadores que naturalmente requieren la protección que les otorga la intervención de un piso sólido de remuneraciones en general no están agremiados, no tienen representantes formales y, por lo tanto, no son convocados a este foro de diálogo social. De manera equivalente, la representación de empleadores en los consejos nacionales de salario mínimo está integrada por las organizaciones más consolidadas del mundo empresario.

Las pymes tampoco conforman el contingente citado para tan importante reunión. Muchas veces se escucha el comentario, entre resignado y desconcertado, de miembros que confiesan que pagan o reciben sumas que son muy superiores a las que están en discusión en estas reuniones. Esto descontextualiza la discusión y la búsqueda de aquel valor que garantice -y repetimos aquí los objetivos de un buen salario mínimo- la satisfacción de las necesidades materiales de los trabajadores y sus familias, promoviendo la sostenibilidad de las empresas en un contexto de crecimiento económico con los más altos niveles de empleo.

La necesidad de que las remuneraciones que reciben los trabajadores alcancen, al menos, un mínimo socialmente aceptable es central, desde que nadie puede aspirar a que una persona que ejecuta una labor para otro no pueda sobrevivir con ella. No se puede pretender que la gente deba reducir sus consumos de manera tal que pueda poner en peligro la supervivencia de los miembros de la familia, achicar sus expectativas de vida o profundizar la reproducción intertemporal de la pobreza por forzar la deserción escolar de alguno de sus miembros.

Al mismo tiempo, es igualmente riesgoso exigir a las empresas que paguen salarios que pongan en peligro su mera existencia, su capacidad de amortización y de expansión y, por lo tanto, el mantenimiento y la creación de puestos de trabajo. Las articulaciones en las sociedades modernas entre las empresas y la demanda generada por sus trabajadores son las que garantizan la generación de los efectos multiplicadores que constituyen el espiral del crecimiento económico.

Para la economía como un todo, desde la óptica macroeconómica, en esta interacción, muchas veces conflictiva pero virtuosa cuando funciona, la racional determinación del salario mínimo permite un crecimiento en términos de PBI pero también a partir de la creación de puestos de trabajo. Por todo esto es tan importante el proceso tripartito de diálogo social orientado a encontrar el valor mas adecuado del salario mínimo vital y móvil.

Pero en la discusión se involucra una cantidad de variables de diferentes dimensiones dispares, aunque interrelacionadas, en donde la representación estatal debe ser garante de la transparencia. En este punto es donde la frase de Lord Kelvin, por extemporánea que parezca, se vuelve relevante. Es fundamental definir cuáles deben ser las dimensiones y los indicadores pertinentes que coadyuvan a la determinación y ajustes del salario mínimo.

Negociación del salario mínimo

¿Pero cómo resuelven esto los diferentes países? En los extremos hay dos alternativas, con innumerables matices entre ellas. De un lado están los países, como el nuestro, en donde la negociación simple y directa “a cara de perro”, que sería como en el truco, donde se habla, se calla, se muestra una carta, se exagera y se miente hasta que se acercan posiciones, o no, y muchas veces es el actor gubernamental el que termina laudando con un resultado que si a alguien deja satisfecho es porque está lejos del óptimo. Risueñamente, podemos decir que el mejor salario mínimo es el que deja a todos disconformes, pero no tanto que se retiran de la mesa de negociación. En este caso, la recomendación de Lord Kelvin es circunscripta al ámbito de cada sector, pero no para el conjunto.

No existe una conceptualización de lo que se busca de manera holística, solo lo que le importa a cada uno y que no se comparte o transparenta. En el otro extremo están los países que apelan al uso de fórmulas establecidas para el ajuste, que a veces son previamente acordadas por las partes y en otras ocasiones son impuestas desde arriba. Estas son varias y, en general, tienden a definir el indicador que se prioriza en el proceso.

Precios al consumidor

Por ejemplo, el uso de la tasa de variación de los precios al consumidor. O en una canasta ad-hoc previamente definida para los trabajadores asalariados. Otros países van complejizando a partir de incorporar la tasa de crecimiento del PBI, como proxy a la productividad. Esto a veces es utilizado como total y otras en términos de per cápita. Muchas veces estas combinaciones de variables asignan ponderaciones diferentes, acordadas previamente o como resultado de la discusión paritaria. Y están los que emplean para el ajuste del salario mínimo los cambios en las remuneraciones de otros asalariados, pero en general son aquellos en los que la negociación colectiva por industria, sectores o empresas es habitual.

 

En estos se aspira a evitar la polarización de las remuneraciones. Un ejemplo interesante es el de Malasia, que adoptó una fórmula muy bien conceptualizada y que tiene varios componentes que tendrían en cuenta los tres pilares que mencionamos como objetivo de la política de salario mínimo. El nivel del salario mínimo se determina por el promedio entre el costo de la línea de pobreza familiar dividido por el número promedio de receptores de ingresos por hogar, y la mediana (el valor que divide la población asalariada en dos grupos exactamente iguales) de los salarios.

De este modo, según argumentan los miembros del equipo técnico del Consejo Nacional del Salario, se consideran las necesidades elementales de los hogares (el costo por hogar de la línea de la pobreza), la capacidad de los hogares para generar esos ingresos (la cantidad de asalariados por hogar) y la capacidad de los empleadores de pagar esos salarios (la mediana existente de los salarios de la economía). El ajuste de los sueldos se da por aplicar el cambio de los precios al consumidor, el crecimiento del PBI per cápita y una variable que contempla el nivel de empleo de un modo ingenioso.

La tasa “deseada o aspiracional” de desempleo en Malasia es del 4% de la población económicamente activa. Mientras esté por arriba de ese valor, no hay ningún ajuste, pero cuando el desempleo baja del 4%, se reduce el ajuste del salario mínimo en igual proporción.

Esta fórmula se discute cada cinco años, cuando se cuenta con la nueva encuesta de gastos e ingresos de los hogares, en donde se analizan la canasta básica y la cantidad de perceptores de salarios, lo que definiría el nuevo nivel. Este método permite no solo tener indicadores claros sino también el monitoreo con una métrica basada en la evidencia del impacto de la política y así poder mejorarlo, para evitar, como recomendaba Kelvin, que se degrade. Algo que debería ser el objetivo de todos en la construcción de una sociedad más justa y con mayor bienestar para sus miembros.

* Especialista en economía laboral. Ex titular del área de salarios de la OIT para Asia y el Pacifico