La foto en blanco y negro de un niño con una camiseta de fútbol, campera hecha un bollo en una mano y un gorro con visera en la otra. La mirada pícara. El fondo de esa vida, Villa Fiorito, en Lomas de Zamora, o cualquier barrio humilde de la Argentina. Para muchos, una bandera que resume las ilusiones que nacen en las barriadas populares y que buscan llegar a una realidad de telenovela. La vida de Diego Armando Maradona fue simple y compleja a la vez, un subibaja intenso que lo llevó de la pobreza a la fortuna, de los elogios a las críticas.

Diego logró mucho más que gambetear a la pobreza, ganar un mundial y ajusticiar en la cancha a los ingleses. Fue superior a sus posiciones ideológicas, que generaron la adoración de algunos oficialistas de turno, y el enojo de otros erigidos en jueces del bienestar de la corrección política. Nadie en la vida del país unificó tanto al pueblo como lo logró con su fútbol. Pero especialmente logró que la Argentina creyera en algo más que en el día a día.

Los villeros, tanto pibes futbolistas como familiares, espectadores y vecinos, vieron nacer todos los días a un Diego que les permitía soñar con romper las barreras que impone el dinero. Puso al ascenso social al alcance de una pelota y dejó en la cancha a todos en igualdad de condiciones.

La clase media argentina también vio en el héroe del fútbol un camino a seguir en su ideal de ascenso. Incluso Nápoli, ese club chico de barrio italiano, pudo vivir a lo grande y plantarse ante la Italia rica. Y ese mundo que se rindió a sus pies, logró que todos los viajeros del país, sin importar que sean de Primera o Turista, lo citaran cuando había una conversación que iniciar.

Recorrió por distintos despachos oficiales, y las fotos que se sacó con variados funcionarios sólo demostraron los aciertos y los errores de un argentino más, al que se le reprochó por las equivocaciones de la historia del país. Hace casi dos décadas, sin embargo, se quedó siempre del mismo lado de la vida ideológica, lo que le valió sumarse a la grieta fogoneada por los medios de comunicación.

Maradona, un dios terrenal que se equivocó en temas cotidianos -como todos los argentinos-, y que acertó en el fútbol -como nadie en el mundo-, es hijo de esas barriadas que lo elevan en banderas de millonarias ilusiones. Siempre del lado del pueblo, con más barro que oro, y con todos los sueños volando hacia un cielo iluminado de lágrimas, Diego seguirá cosechando ilusiones para salir de pobre. Con vaivenes económicos tan similares, en definitiva, como es el mismo sueño de la Argentina.

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Ariel Maciel

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