Sin dudas la pandemia tuvo un impacto importante en nuestras vidas. En muchos casos amplió las brechas ya existentes pero en otros nos permitió encontrar soluciones inesperadas a viejos problemas.

Un corolario de esto fue la irrupción del teletrabajo. Esta modalidad de empleo deslocalizada fue recurrentemente conceptuada como un "beneficio" otorgado por algunas empresas multinacionales a algunos de sus trabajadores, en aquella era que parece tan lejana, solo un puñado de meses atrás, antes de convivir con el Covid.

Sin embargo, con la llegada de las fuertes restricciones que acompañaron la crisis sanitaria, forzosamente debió ser adoptado por una parte considerable de los establecimientos para poder continuar con sus funciones en la etapa de cuarentena.

Con el correr de los meses de aislamiento, algunos trabajadores se preguntaron si, de continuar con esta modalidad de empleo, tenía sentido vivir en la ciudad en donde actualmente residían. Sobre este fenómeno se basa el informe "Descentralización y teletrabajo" elaborado por el Centro de Estudios Económicos y Sociales Scalabrini Ortiz (CESO), en donde se propone al teletrabajo como una herramienta de descentralización del Área Metropolitana de Buenos Aires ( AMBA).

Migración

Los números son contundentes: durante la pandemia teletrabajaron alrededor de 700.000 personas en CABA y Gran Buenos Aires. De mantenerse la forma de labor remota, algunos de estos trabajadores que quizás tuvieron que migrar para conseguir empleo desde otro punto del país podrían volver a sus lugares de origen porque podrían desempeñarse desde allí para el mismo establecimiento.

En nuestro país, durante muchos años, la búsqueda de mejores oportunidades laborales ha sido uno de los principales motores de las migraciones de trabajadores de las distintas provincias hacia el AMBA.

Pero algunos otros trabajadores quizás fantaseen con la idea de vivir más alejados de las grandes urbes.

Si el teletrabajo se pacta como modalidad definitiva de relación de trabajo, ¿cuál sería la diferencia de encontrarse a 10, 500 o 1.000 kilómetros del establecimiento laboral?

Como consecuencia, Argentina podría soñar con una distribución menos dispar de la fuerza laboral en pocos kilómetros de nuestro vasto territorio. Recordemos que la concentración de cerca del 35% de la población total del país se encuentra apiñado en el AMBA.

El impacto sería, así, beneficioso para el trabajador, para el empleador y para las regiones receptoras. El efecto positivo no se agotaría solamente en la relocalización de la masa salarial que pasa a ser percibida en otras jurisdicciones sino que esos gastos generarían a su vez nuevos ingresos. Si se descentralizase un 5% de esos puestos teletrabajables, representaría una gran inyección de dinero para las comunidades receptoras, lo que se traduce también en una forma de redistribución de capitales concentrados.

Beneficios para los trabajadores y para las empresas

Además de esto, no podemos obviar los beneficios que propone el teletrabajo tanto para los empleados como para las empresas.

Para los trabajadores, la relocalización tendría como contrapartida menores costos en el alquiler de viviendas, menor tiempo perdido en traslados, que a veces tienden al infinito con los atascos de tránsito característicos de las grandes urbes, y una menor exposición a la contaminación ambiental, así como también una consecuente mayor cantidad de tiempo para el esparcimiento y el ocio, entre otros beneficios.

Desde el lado de las empresas, muchos estudios concluyen que el teletrabajo aumenta la productividad del personal y se reduce la tasa de ausentismo. Por otra parte, los empleadores pueden ahorrarse mucho dinero al no resultar necesario el alquiler de grandes establecimientos, y el mantenimiento que ello conlleva, lo que permitiría asimismo aumentar la inversión productiva.

Si se descentralizan 700.000 puestos de trabajo con una masa salarial de $628.000 millones, se generarían lo que llamamos "efecto de segunda rueda", beneficiando las economías regionales y los presupuestos de esas provincias.

Como contracara para los trabajadores, es necesario que se respete el derecho a la desconexión, contar con la infraestructura adecuada y poder separar la vida profesional de la personal.

Por el lado de las empresas, deben adaptar su gestión y coordinación a la nueva modalidad a distancia.

La concentración de la población en las cercanías del Puerto de Buenos Aires ha sido la norma desde la fundación de nuestro país. Los modelos productivos que se desarrollaron hasta hoy no han hecho más que alimentar la concentración. Quizás la respuesta a nuestro problema venga de la mano de un cambio tecnológico que permita un desarrollo más equitativo, que trace puentes de los confines a las capitales y teja redes interregionales para un país más integrado, productivamente más eficiente y sustentable en el tiempo.

El Estado tiene la facultad de ser el primero en mover las fichas, al poseer gran cantidad de empleados en el AMBA. A su vez, se pueden impulsar las contrataciones por teletrabajo bajo su órbita para los empleos que puedan llevarse a cabo en esa modalidad, así como también fomentos para que las empresas del AMBA contraten trabajadores en localidades más lejanas.

Si se considera la Encuesta Permanente de Hogares, se desprende que 700.000 puestos de trabajo podrían descentralizarse fuera del AMBA. Esto representa una masa salarial de $628.000 millones, que en caso de relocalizarse en otras provincias generarían lo que llamamos "efecto de segunda rueda", beneficiando las economías regionales y los presupuestos de esas provincias.

En ese sentido, se propone incorporar regímenes de promoción de empleo, como el del norte grande, la posibilidad de que el contratante esté en el AMBA, por ejemplo, y el contratado pueda estar teletrabajando en cualquier lugar del país, siendo esto alentado mediante rebajas en los aportes y en las contribuciones. Así, la empresa pueden mantener su base en Buenos Aires y poseer incentivos para la contratación de empleados en, por ejemplo, el NEA.

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Antonella Gervagi

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