Tres años se cumplen desde mi primera columna y en honor al espacio que siempre BAE Negocios me brinda, pretendo cerrar 2019 como lo hice en los dos diciembres previos: haciendo un balance de las estructuras laborales argentinas.

Allá por 2017 mencionaba que los costos laborales argentinos y su relación con la baja competitividad nacional eran alarmantes. También señalaba el inicio de la sustitución de mano de obra humana a manos de nuevas tecnologías y la progresiva erosión de la calidad laboral. En 2018, nada mejoró: la incidencia de los costos laborales aumentó en los estados de resultados, la precarización laboral tomó parte y las nuevas tecnologías aplicadas quedaron en agendas académicas, congresos de especialización y empresas que no forman parte del 98% de las pymes que componen el universo empresario local.

Recuerdo la columna de fines de 2018 tenía un sesgo netamente pesimista. Y ahora desde diciembre 2019, puedo confirmar que lo vivido este año fue muy malo en términos laborales. Nada mejoró, de hecho todo está peor. Indicadores laborales hablan de un aumento del desempleo al mismo tiempo que consultoras de recursos humanos reconocen no tener un caudal de búsquedas atractivo. Mucha gente egresa de las estructuras laborales, poca gente ingresa por primera vez y menos gentedesvinculada previamente reingresa. Si a esto le sumamos el exorbitante aumento de la pobreza, resulta imposible ser optimista.

Va aquí entonces una primera reflexión a modo de balance 2019: nuestras estructuras laborales continúan denigrándose ya por tercer año consecutivo (si tomamos estas columnas como un indicador). No hay buenas noticias para compartir, tan solo diagnósticos preocupantes e incertidumbres a futuro de todo tipo. Las promesas de reformas laborales han sido moneda corriente en estos tres años y seguramente lo sean en años venideros; más los resultados han sido un fracaso. Siempre se asocia la reforma a los ajustes y la pérdida de empleo, siendo recurrente la negativa de los actores involucrados a sumarse a los cambios. El resultado: ajustes inconducentes, aumento del desempleo y el problema de los costos laborales sin resolver.

Continuando el hilo histórico, compartía en 2018 que dejando de lado las apreciaciones cualitativas hay un aspecto cuantitativo que resume todo lo que pretendo señalar. La relación porcentual entre trabajadores registrados, personas con problemas de empleo, desempleados, pobres y trabajadores estatales llevaba las estructuras al borde del colapso financiero. Pocos mantienen a muchos y dentro de esos pocos, no todos son lo suficientemente productivos como para minimizar el impacto de la incidencia sobre los ingresos y ganar competitividad.

Cerrando 2019, lamentablemente las estructuras laborales no hacen otra cosa que empeorar. Tanto en aspectos cualitativos como la calidad y la adaptación a las nuevas tecnologías, como en aspectos cuantitativos como el costo laboral y la organización general de la población económicamente activa. Se fue un gobierno que cuatro años antes auguraba nuevos vientos en el mundo del trabajo, prometiendo reformas y consideraciones para posicionar a Argentina dentro de las nuevas formas del trabajo a nivel mundial. Ninguna promesa tuvo lugar, de hecho el costo laboral aumentó y al mismo tiempo el poder adquisitivo de los trabajadores disminuyó. No logramos ser más competitivos ni nuestros trabajadores más ricos.

Un nuevo ciclo político renueva la esperanza, esa virtud que termina siendo la última que se pierde. A pesar del pesimismo de los últimos años, queda una cuota de esperanza para que ese ciclo negativo (que abarca mucho más de tres años) termine y aquellos que activamente trabajan puedan hacerlo en mejores condiciones y con mayores compensaciones. Brindando soluciones para empresas, trabajadores, sindicatos y establecimientos educativos.

La primera medida resulta polémica: la doble indemnización resulta atractiva para trabajadores aunque negativa para empleadores. Los primeros se tranquilizan por una estabilidad temporal, los segundos reniegan de un nuevo costo laboral y desestiman sumar gente a sus nóminas expectantes por conocer nuevas medidas del gobierno entrante.

La herencia, ya que tanto se utilizó ese término en estos años, es pesada cuando de estructuras laborales se trata. Donde se analice o debata algún aspecto del trabajo argentino, hay un espacio para espantarse y pensar mejoras. Al final del día y como siempre insisto, el trabajo es el principal estructurador social y debe convertirse en el principal tema de agenda del nuevo gobierno. Si así lo hiciera, 2020 será el año de la disrupción para las estructuras laborales argentinas.

*Profesional del Área de Recursos Humanos