Entre un presente caótico y un futuro colmado de incertidumbre, se yergue la necesidad de diseñar un destino posible para nuestra Patria.

Al compás del desarrollo de la pandemia de Covid-19, y de las crisis colaterales que se han desatado a su paso, la reflexión en el terreno de la economía política discurre, paradojalmente, entre el inmediatismo de los conteos de víctimas y las hipotéticas transformaciones radicales que a nivel global emergerían a posteriori de la peste.

Mientras tanto, se hace notoria la dificultad de equilibrar las tensiones entre los cuidados de la salud y la de los agentes económicos y, hacia el futuro próximo, la ausencia de una perspectiva de resolución de la Supercrisis (1) prexistente, a la que se suman los daños provocados por la parálisis inducida en la actividad y las alteraciones que persistirán mientras la prevención de contagios exija distanciamiento social.

De calibrar adecuadamente las oportunidades y acechanzas del contexto, depende gran parte de los éxitos o fracasos del porvenir.

Un mundo no tan distinto

Cierto es que asistimos a eventos tan inesperados como inéditos. También lo es que, más tarde o más temprano, por vías naturales y/o farmacológicas, las condiciones de inmunidad de las poblaciones permitirán dejar atrás las cuarentenas y las fuerzas productivas buscarán recobrar los vigores previos.

Y, aunque es previsible que las enseñanzas adquiridas a la fuerza por causa de la pandemia, en cada país y a escala global, modifiquen ciertos aspectos de la organización social (los sistemas de salud, la incidencia del trabajo remoto, por ej.), no se advierten indicios de una modificación sustantiva ni en términos de los (des) equilibrios de poder entre las potencias económicas y/o militares ni, mucho menos, en los de un cambio del "modo de producción".

Es que resulta ciertamente difícil esperar variaciones en las preponderancias en el orden global cuando no han mediado impactos diferenciales desproporcionados (como los que ocurren en situaciones de guerra) entre los diferentes aparatos productivos. 

Mucho más ilusoria se revela la tesis del reemplazo del capitalismo por un sucedáneo, en vista de que no ha emergido un determinante que motorice y dé sustento a tal transformación.

Así como la crisis sanitaria, y a posteriori económica, desnudaron significativas debilidades de los países en muchos órdenes, que incluso dificultaron la protección y la asistencia a sus propias poblaciones, las decisiones tomadas en la emergencia por los estados develan los senderos posibles del devenir entre las naciones.

Y, en ese sentido, esta crisis no habrá hecho más que catalizar los rasgos dominantes del Nuevo Orden Internacional (NOI) que desde esta columna venimos describiendo, y exacerbar la "III Guerra Mundial en cuotas"(2) por los puestos de trabajo.

Tal como se manifestó a lo largo de la crisis, que incluyó episodios de rapiña de material sanitario entre países, resulta esperable la vigorización de los entramados productivos nacionales, a partir de la puesta en valor de sus propios vectores de desarrollo.

De allí se derivan como prioridades, la necesidad de cada sociedad de garantizar por sí misma, en la medida que razonablemente le sea posible, el abasto de sus bienes y servicios esenciales, anticipando una mayor incidencia de las medidas de Administración del Comercio Exterior (ACE), lo que a la vez abonará a la reparación de los ingentes daños sufridos por los mercados laborales.

Y, por los mismos motivos, se acelera la "oxidación" de los organismos multilaterales que regularon el apogeo de la globalización, así como el retroceso de las áreas de libre comercio, consagrando a las negociaciones bilaterales entre los estados como el modo dominante de relacionamiento.

Restituida cierta normalidad en la actividad económica del planeta, veremos que no se han producido alteraciones en "el mapa de ganadores y perdedores" del NOI, toda vez que la disponibilidad y el acceso al insumo energético (3), seguirá siendo el determinante de la competitividad de los entramados productivos.

El mundo de este "mientras tanto", no es muy diferente al del porvenir, pero la Argentina sí debería serlo.

Una única estrategia

El modo en que la economía nacional enfrente la más que delicada administración de las consecuencias de la pandemia y las severas secuelas que dejará sobre el entramado productivo, debería encontrar idéntico norte que el requerido para resolver los restantes y poderosos desafíos simultáneos previos, como la necesidad de restituir los equilibrios macroeconómicos básicos, la renegociación de la deuda soberana, el combate al desempleo y a la pobreza.

Y ese no puede ser otro que la vigencia de un Modelo de Desarrollo Económico Permanente y Sustentable (MoDEPyS) orientado a la producción que, como hemos insistido, sólo puede erigirse si se ponen en valor los vectores de competitividad de la economía nacional: la energía y algunas de las producciones alimentarias.

En el mundo actual y en el que viene, es imperativo que las empresas argentinas incrementen la rentabilidad por unidad vendida, garantizando su hegemonía en el mercado doméstico y facilitando su adecuada inserción en los flujos internacionales de comercio.

Poco antes del arribo del Covid-19 decíamos:  "si la Pampa Húmeda aportara la redundancia de su renta (alrededor del 50% del margen bruto) por un período de tiempo, más la contribución de otros sectores que con suficiencia pueden hacerlo (como ganadería, minería, pesca y otras exportaciones agroindustriales, por ej.), resultaría posible resolver la problemática del endeudamiento sin afectar al conjunto del entramado productivo.

Luego, el crecimiento de la economía y el desarrollo de la competitividad de otros complejos económicos, disminuirán el peso relativo de los compromisos, facilitando, a su vez, otro tipo de distribución de la carga de la deuda.

Cualquier otro esquema de pago, no hará más que profundizar la asfixia que hoy sufren las empresas y las penurias que soporta una inmensa mayoría de la población."

Sin duda, la vigencia de esta propuesta continúa siendo plena.

La economía y la política

En tal contexto mundial, en el que los nacionalismos tienden a ser regla, vale recuperar una reflexión que hacíamos tiempo atrás sobre la relación entre las representaciones políticas y los órdenes económico y social: "los enfoques que hoy parecen erigirse como caminos de superación de los antiguos idearios representan, esencialmente, la posibilidad de la restitución de las esperanzas del bienestar para los contingentes castigados en el pasado reciente. Pero, en no pocas oportunidades, esta aspiración a la ampliación de la prosperidad demarca también una nueva línea imaginaria que, establecida desde determinadas visiones ideológicas, define a priori a los actores que serán excluidos de la distribución de los beneficios".

Tal rasgo de la actualidad, seguramente se verá ratificado luego de la multimillonaria pérdida de puestos de trabajo que las economías de todo el mundo han experimentado.

También advertíamos en aquella ocasión, que nuestra Patria no queda exenta de los peligros de los modelos basados en el "descarte" de segmentos poblacionales, ya que así lo demostraba la recuperación electoral que consiguió la alianza Juntos por el Cambio luego de su estrepitosa derrota en las elecciones PASO: "este fenómeno tuvo, entre otros factores determinantes, un decisivo aporte del endurecimiento de un discurso 'supremacista y agresivo' hacia los actores que no acompañan a su alianza, ratificando la posibilidad, en términos políticos, de emergencia de mayorías circunstanciales capaces de imponer proyectos de exclusión".

Las dificultades económicas derivadas de la actual cuarentena, superpuestas a las pésimas condiciones iniciales, podrían convertirse en un propicio caldo de cultivo para este tipo de propuestas socialmente selectivas, profundamente injustas y moralmente inaceptables.

No habrá mejor modo de cerrarles paso, también en este plano, que el de la vigencia de un Modelo de Desarrollo Económico Permanente y Sustentable (MoDEPyS) orientado a la producción, capaz de objetivar un nacionalismo de integración e inclusión.

(1) Definimos como Supercrisis a la situación generada por el anterior gobierno a partir de la convergencia de los desequilibrios macroeconómicos que, en términos fiscales provocaron el colapso del gobierno de Alfonsín, y en el sector externo, el de De la Rúa.

(2) Denominación utilizada por el papa Francisco para el contexto confrontativo que caracteriza la era.

(3) Entendemos que la drástica baja de los precios internacionales de hidrocarburos es transitoria y tenderá a normalizarse en un rango de 38 a 45 dólares, atento a la capacidad política de EE. UU. y Rusia de alinear ese mercado en sintonía con sus propias necesidades e intereses.

* MM y Asociados