Imaginate que construís política y la comunicás para ampliar voluntades. Elegís escuchar poco y hablar mucho. Imaginate que, cuando recibís información, la ubicás en categorías que te quedan más cómodas a vos que al que te la brinda. Además, generás contenido y vas al predictivo de "estoy en una", "del lado tal de la vida" o "imposible amarlos más" para contar qué te pasa con lo que ves. Imaginate que a ese animal feroz que es el lenguaje solo lo alimentás con frases hechas. Esas que pronuncia el de acá, el de más allá y ese otro de la esquina también. Imaginate que toda tu acción política se reduce a recordar efemérides y cumpleaños. Imaginate todo eso. ¿Viste? Sos John Lennon, pero al revés.

Como lo decís, lo estás pensando. Eso sí es una remera que diga. El framing explica lo que representás en un puñado de palabras. Las que quieras, pero tuyas. Elegí bien: el lenguaje es amplio. "Padre de la democracia", "Primer trabajador", "¿Estás nervioso?" funcionan siempre. Repetilas tres veces en voz alta y vas a ver que alguien se aparece en tu cabeza. Si lo que sos no puede ser representado en una frase perdés la oportunidad. La hipocognición es esa incapacidad de contar con una idea que te defina. Sucede si lo que decís de vos no representa nada, porque lo repite el de acá y el de más allá. ¿Y el de la esquina? El de la esquina también.

Narrar a partir de significantes vacíos inhabilita la escucha, quitándole sentido al significado. Funciona como los filtros predeterminados que te cuentan qué prócer, qué personaje de Los Simpsons, qué tipo de postre o qué animal sos: no importa el otro sino la categoría en la que lo ubicás de acuerdo con un juego de equivalencias ficticio. Moe Szyslack o Belgrano, flan o nutria, el filtro domestica la expresión. Un universo de treinta imágenes y frases prêt-à-porter que le ponen el límite a lo que pensás, decís y hacés. Eso sí es que te domen. Y no va a faltar quien, si le gusta esta columna, me aconsejerá que me vista, que no puedo escribir desnudo sobre comunicación política. Ese quizás no recuerde que cuando te dicen "vestite" o te estaban revisando o te están echando.

Todo lo que está bien

Un signo representa y contiene más de lo que nombra. Es, al mismo tiempo, infinito y preciso. Inagotable. Reducir la realidad a un "todo lo que está bien" o una personalidad al "mejor de todos nosotros" obedece a una constante: la autopercebida superioridad moral, intelectual o estética y la celebración endogámica que deriva de una idea de "somos mejores". Un destino manifiesto sin más justificación que lo que expresa. Una trampa que te invita a creer que el que no piensa igual es menos que vos, que te hace olvidar de cómo se convence. Si hay una sola versión de los hechos, no tiene sentido construirla: o se descubre o aún no se ha hecho. Ahí muere la comunicación. Cuando te la creés, empezás a desenamorar en cada verbo.

La maldición de los lugares comunes se extiende hasta lo procedimental. Desde el "es por ahí", que tanto habilita a hablar de otro como de uno mismo, en un tono de "morite de amor, cagón" (¡¡¡no quiero!!!!) al "no es por ahí", admonitorio y destructivo. El enunciador se transforma en un tribunal superior de lo que el otro cree y hace. Suena a un gran plan para conquistar mayorías, sí, cómo no. De esos que, cuando llega el obvio resultado, te hacen preguntar por dos segundos "¿qué pudo haber fallado?", pero, como no te equivocás nunca, lo reemplazás por el placebo "¿cómo puede ser que me hagan esto a mí?". Al lado de todo esto, el mansplaining involuntario representado por el "salí de ahí" parece un cálido deseo de felices fiestas.

La autopercepción de superioridad moral es antipolítica: expulsa. Solo se dedica a buscar argumentos que la justifiquen. Excluye la capacidad centrífuga que la política tiene, de salir a buscar más allá de su propio centro, reemplazándola por una fuerza centrípeta en donde cada acción se justifica por el hecho de acercarse más al núcleo de lo que somos. El principio de identidad demanda un grado de tribalización en las prácticas y en el discurso que permite referenciar tu quintaesencia. Si se extiende en el tiempo, y te impide salir a buscar expresiones distintas a lo que representás, te condiciona.

Hablamos de seguidores blandos, en referencia a aquellos que, aún en coincidencia, no tienen un grado de involucramiento total con tu proyecto; agrupados con los neutros, justifican tu comunicación de mantenimiento. El opositor blando es el límite inclusivo de la acción política comunicacional: aquel que puede tener una diferencia con lo que representás pero que no es estructural ni de principios. Pensados en conjunto con los del centro generan la comunicación de conquista.

Cuando se comunica para los seguidores duros, se llama endogamia y no es una condición política sino que es una patología. Las conductas de minoría intensa se manifiestan en acciones consecuentes: sobreactuar la pertenencia, premiando las expresiones más radicalizadas, hablar a convencidos, considerando como extraño a todo el que no explicita el ser parte, y asumir el microclima como expresión del contexto para exagerar el optimismo o el pesimismo que vincula los hechos con sus consecuencias.

Selfies en el baño

Mirame. Mucho. Más. Las narrativas de las redes no son extrapolables a la política. Si la historia está armada solo con tus imágenes, eso expresa que el otro no cuenta para vos, en todo el sentido del término. Cuando construís espectadores, no está en vos elegir si sos protagonista o decorado. El público mirá lo que quiere, como en esas selfies de baño en las que te quedás analizando si quien la protagoniza no debería ir cambiando los azulejos.

La metáfora de la red es aún más poderosa que su técnica. Somos nodos y, como tales, valemos por lo que vinculamos y eso determina el camino a recorrer. Saber quiénes son los demás orienta. Permite a dos términos, de distinta naturaleza, fijar un itinerario común que los vincule. La condición digital es comprender que, si entre nodos no hay relación, la red deja de funcionar. Por eso la energía debe estar puesta en el vínculo. Saber lo que el otro es me indica el camino para llegar a él.

La expresión social es un muro que se escribe entre todos. Es ocurrente y dramática, grita política o deseos. Te avisa lo que le molesta, declara amores, canta lealtades, promueve clubes y se burla. Expresa la insolencia que habita el común. No se puede contener en un filtro, en un TikTok o en un hashtag. Es irreductible y rige la acción política. El problema no es que lo que pensás pueda caber en una remera. Eso es framing. El problema es que las remeras se fabrican en serie. ¿Te preguntás seguido por el lado de la mecha? Entonces acordate que, si no fuiste el que escribió la pared, es que ya sos un ladrillo más en ella.