Más allá de la infodemia y de las redes sociales que generalmente son individuales o directamente anónimas, cobran hoy mucha importancia los medios convencionales, dada  la necesidad inmediata de informar a la población y los repentinos cambios ensayo-error  que genera un germen nuevo y tan  contagioso. Como consecuencia del confinamiento, las horas promedios de exposición a los medios han aumentado fuertemente,  lo que  hace más expuestas y dependientes a las personas.

Nos encontraremos así más sensibles a la sobreinformación, con más tiempo de observación de noticias, así como con mayor atención, consecuencia de la gran respuesta ansiosa que genera el temor. El miedo es entonces un gran caldo de cultivo para la aparición de personajes omnipotentes o también para malintencionados.

Los medios tradicionales tienen responsables; directores, periodistas formados y comunicadores.  Existe una base  instalada a través de estructuras clásicas, como diarios, televisión, radio e incluso las páginas web, que pueden ser chequeadas con mayor factibilidad. De ahí, la proliferación mundial de las empresas de chequeado que intenta neutralizar las contradicciones comunicacionales, aunque tampoco exentas de influencias pragmáticas.

Los medios tienen en claro cómo explorar a través de la Big Data los fenómenos de la posverdad, conociendo de antemano el impacto que tendrá sobre la opinión de las personas. Pero serán localizables y contrastables, a diferencia de las redes sociales anónimas o individuales,algunas veces útiles y muchas veces son creadoras de infodemia.

Trolls y redes sociales

Potencias mediáticas que replican las verdades y utilizan los trolls en Twitter y Facebook con el fin de generar el impacto subsecuente, pueden difundir datos inexactos que generen efecto en forma inmediata, pero muy difíciles de constatar, apelando a la cada vez más ansiosa comunidad de redes

Existe abundante y heterogénea información específica con gran dispersión de temas que se ofrecen en muy poca unidad de tiempo a nuestro cerebro. Esta "dispersión cognitiva" dificulta la toma de posición específica sobre contradicciones, especialmente aquellas que coincidan con el pensamiento de la persona que la recibe, pues serán menos críticos.

Su cognición muy frecuentemente tratará amablemente a la noticia, más por la familiaridad emocional que por la razón. Se plantea que la posverdad intervenga en el "razonamiento motivado", que podría asemejarse al funcionamiento de los sistemas de creencias.. Queda así mucha población desprotegida ante la pandemia.

Los sistemas de creencias que producen la expectativa de confianza impactan sobre la función emocional, racional y corporal de las personas. Se generan sobre alguna idea, es decir, creer en algo o por lo contrario, la idea negativa. Por ejemplo, no creer en que una medida sanitaria será efectiva. Este sistema puede generarse sobre algo visible o también sobre cuestiones no observables como los virus. Funciona especialmente a través del núcleo cerebral de la amígdala, que abre la emoción inconsciente y del lóbulo prefrontal, que permite concientizar las creencias.

Es importante en estos momentos de crisis sanitaria nutrirse de información seria y sustentar  objetividad informativa en todos los medios. Puede sino aparecer un   "sesgo partidista", que sería como una desviación cognitiva hacia el grupo con el que se identifica la persona. Los investigadores del tema lo llaman un "sesgo de confirmación", con una tendencia a interpretar las propias expectativas y que refiere a la propia ideología, como plantea la investigadora de redes sociales Michela Del Vicario.

En un trabajo muy conocido, su grupo describe que ante una mentira, esta se puede propagar rápidamente en pocas horas, pero con una característica: los que la propagan son grupos con similitudes ideológicas o de referencia grupales. En este caso boicotear medidas trascendentales de las cuales depende la vida de las personas en forma aguda y masiva.

Barbijo e información

Otro concepto clave es que la punitividad de una medida socio-sanitaria puede ser contraproducente. El uso del barbijo no ha sido especialmente compulsivo y sin embargo no existe prácticamente resistencia. La población argentina ha sido en general un ejemplo de la utilización de la misma, en forma generalizada y sin resistencias, excepto excepciones alocadas. Todo, a pesar de los mensajes confusos de la OMS en el comienzo de la pandemia, que  generaron interrogantes sobre el beneficio de los mismos; dudando sobre la su utilidad en personas asintomáticas y de la capacidad de las personas para utilizarlos correctamente. Hoy la población demostró que puede usarlos y sabe cuál y cómo hacerlo.

Por ello, el rol de los medios públicos y privados es central a la hora de orientar el conocimiento y la toma de decisiones poblacionales a corto,  mediano y largo plazo en el contexto de una pandemia. En este caso  de una enfermedad infecciosa y aguda (existen las crónicas y no infecciosas), que requiere de la concepción de la temporalidad como premisa central, tanto en el diagnóstico y tratamiento, como en las premisas comunicacionales.

El rol de los medios es entonces central. Se requiere de gran profesionalismo al proveer la información, dado que un error puede impactar en la salud y la vida de las personas. Cuando a un profesional de la salud  opina en los medios, se le solicita su matrícula profesional, considerándolo responsable de sus comentarios como especialista.

Debe pensarse que la opinión en un medio, especialmente cuando se trata de temas de salud y especialmente en pandemia,  requiere de una gran responsabilidad profesional.

Existieron correctas comunicaciones que fueron efectivas, por ejemplo concientizar lavarse las manos, usar barbijo, mantener el distanciamiento físico, conocer los síntomas del Covid-19 o el conocimiento del riesgo  aumentado en  los adultos mayores.

El rol de los medios ha quedado demostrado como central en una pandemia de estas características. Esto aumenta aún más la responsabilidad de los mismos.

* Doctor en Medicina y doctor en Filosofía. Prof. Titular  UBA . CONICET

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Ignacio Brusco

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