La pandemia del coronavirus provocó la mayor crisis económica global desde la Gran Depresión de 1929. Resulta paradójico en el siglo XXI enfrentar una crisis de tal magnitud debido a un virus, un organismo natural que llevó a la población mundial a aislarse y distanciarse para reducir los niveles de contagio. Sin embargo, si bien se trata de una causa biológica, responde en gran medida a la forma en la que los medios de producción y consumo se están llevando a cabo a nivel global. Esta es la primera señal global e irrefutable de que el sistema de producción capitalista está operando de una manera que no resulta sustentable con el medioambiente y genera riesgos para la salud y la vida de las personas.

El impacto de la pandemia en la economía es contundente y global. Las últimas estimaciones del Fondo Monetario Internacional indican que en 2020 la economía mundial caerá 4,4% y que, aunque todavía persisten elevados niveles de incertidumbre, en 2021 la reactivación permitiría recuperar lo perdido este año. Sin embargo, los efectos de esta crisis golpearon de manera distinta a los países y mercados del mundo.

Los países emergentes y en desarrollo de Asia se han visto menos afectados económicamente en comparación con los de América Latina. Algo similar sucederá con las recuperaciones, donde para algunos países, particularmente los de nuestra región, se tardará más en volver a los niveles económicos pre-pandemia.

Dentro de la región, Argentina será uno de los países más afectados. Aunque los primeros signos de recuperación comienzan a registrarse a nivel sectorial, llevará tiempo recuperar lo perdido. En septiembre se evidenció un crecimiento interanual de la actividad industrial (3,4%) que mostró un repunte en casi todas las ramas. Por su parte, el sector de la construcción, uno de los primeros en reaccionar a la reactivación económica, muestra un significativo recorte en la caída interanual respecto a los meses previos.

De esta manera se espera, según el último Relevamiento de Expectativas de Mercado del BCRA, que este año la actividad caiga entorno a 11,6% y que no se logre recuperar el nivel de producción pre-COVID por algunos años. Si lo pronósticos son correctos, podría esperarse que aún en 2022 el PIB real de Argentina sea 6% menor al de 2019 y 9% más bajo al que se registraba a fines de 2015. De hecho, el impacto será tan contundente que para encontrar un nivel de PIB equivalente al que se alcanzará este año, hay que remontarse hasta 2009 (año en que la crisis financiera internacional golpeó en Argentina). Las comparaciones empeoran si el análisis se realiza a nivel de PIB per cápita.

Brecha, cierre de escuela y consumo

Adicionalmente, esta pandemia impactó de forma distinta a los grupos sociales al interior de cada país. Mientras una parte de la población pudo adaptarse a un nuevo mundo digital, donde el salto tecnológico se adelantó varios años, otra parte quedó momentáneamente expulsada y excluida. Respetar el aislamiento y quedarse en casa, implicó para una gran parte de la población no poder generar los ingresos suficientes para cubrir las necesidades básicas. La educación es otro escenario donde se ve reflejado este problema.

El cierre de escuelas implicó un acceso a la educación diferenciado de acuerdo con las posibilidades tecnológicas y de conectividad de los docentes y de cada familia. En este sentido, las brechas tecnológicas y de conectividad ampliaron las diferencias de acceso a la educación entre distintas porciones de la población, ampliando en muchos casos la distancia entre los que acuden a la escuela pública y privada.

Además, la incertidumbre, la reducción de circulación y los menores ingresos, redujeron los niveles de consumo. Ante esta realidad, los gobiernos salieron a dar respuestas, apoyando a las empresas a pagar los salarios de sus trabajadores, reduciendo los costos impositivos y generando transferencias directas para los trabajadores informales o monotributistas. A nivel internacional, los países también se esforzaron en cuidar las finanzas globales, buscando evitar que la crisis golpee aún más al sistema capitalista. Esto dejó en evidencia la importancia primordial que tiene el rol del Estado en contextos de crisis a nivel local y global. Aunque, esta respuesta no siempre fue suficiente.

Lo que queda: pobreza y desigualdad

En este sentido los sectores y trabajadores más afectados han sido aquellos cuyo trabajo involucra un compromiso corporal mayor en el desarrollo habitual del trabajo y que no han podido adaptarse o reinventarse a la nueva normalidad, por ejemplo, haciendo uso del teletrabajo.

Los trabajadores de los sectores de entretenimiento, turismo, cultura y servicios de baja calificación, fueron los más golpeados en términos comparados, no solo debido a la baja posibilidad del trabajo remoto, sino además a las frágiles relaciones contractuales que mantienen (contratos laborales precarios, por tiempo determinado y elevado nivel de informalidad) que además los condicionó a la hora de hacer uso de mecanismos de contención económica para hacer frente a numerosos meses de pérdida de ingresos.

Por lo tanto, una de las peores consecuencias y lo que persistirá luego de un shock tan fuerte a la economía global y local, es un marcado incremento de la pobreza y la desigualdad, particularmente en América Latina, la región más desigual del planeta, donde mujeres y niños son los más afectados. Las brechas sociales se profundizaron y marcaron con mas fuerza las diferencias sociales.

La pandemia ha evidenciado lo débil que puede ser la población y lo necesaria que es la coordinación de políticas en procesos de crisis. El desafío es volver a integrar a una parte de la población que quedó excluida para evitar que las brechas continúen profundizándose. En este contexto, pese a los esfuerzos a nivel global y local que buscaron evitar que esta crisis golpee aún más al sistema capitalista, hay heridas que llevará más tiempo sanar. Sobre estas heridas habrá que trabajar para evitar que se conviertan en cicatrices aún más profundas que sean más difíciles de corregir.

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