El 2020 será recordado por todos como el año más particular de las últimas décadas. La pandemia demostró lo impiadoso que puede llegar a ser un virus y obligó a los gobiernos de todo el mundo a reorientar sus políticas de estado, principalmente implementando aislamientos a gran escala en las principales ciudades.

Probablemente este haya sido el año más difícil de gestionar en Argentina, al menos desde la crisis de 2001. Al cumplirse un año del gobierno de Alberto Fernández, los resultados no son los que los funcionarios ni la sociedad esperaban el 10 de diciembre de 2019, donde la Plaza de Mayo se colmaba de euforia y esperanza frente al cambio rotundo en las políticas que se proponían.

En ese momento, Macri no solo entregó el bastón presidencial sino que, además, dejó una Argentina con indicadores sociales y económicos en estado crítico: menor producto, destrucción de la industria, la inflación más alta desde 1991, índices de pobreza en torno del 40% y una deuda insostenible. En síntesis, una sociedad más pobre, desigual y endeudada que la que existía antes de llegar al gobierno. Con este contexto, había que atacar todos los frentes a la vez y aunque el sistema sanitario ya era mencionado como uno de los ejes prioritarios, no estaba entre las principales urgencias.

Los primeros 100 días

Durante los primeros 100 días de gestión, el foco estuvo puesto en dos ejes principales: recuperar la economía y resolver el problema de insostenibilidad de la deuda.

El plan de recuperación económica estaba basado en reactivar la producción y el empleo. Para ello, la lógica que reinaba consistía en mejorar el poder adquisitivo de los ciudadanos para incentivar al consumo. Una de las primeras medidas tomadas fue el lanzamiento del Plan Argentina contra el Hambre, con el objetivo de "garantizar la seguridad y soberanía alimentaria en los sectores de mayor vulnerabilidad económica y social" a través de la entrega de 1.200.000 tarjetas alimentarias.

El congelamiento de las tarifas de los servicios públicos, en principio por 180 días y luego prorrogado hasta fin de año; la reedición del programa Precios Cuidados; el aumento "solidario" a trabajadores y trabajadoras del sector privado, y la retracción del precio de los medicamentos un 8% y su congelamiento hasta fines de enero, fueron entre otras, medidas tendientes a fomentar el consumo para que la rueda económica comience a girar.

Los resultados mostraban lo que parecía ser el inicio de una reactivación. El nivel de actividad económica durante los primeros dos meses del año recortó su caída, la producción industrial mostraba señales de estabilidad, e incluso el consumo empezaba a repuntar.

El segundo eje a resolver fue el problema de la deuda. El nivel de vencimientos era insostenible con una economía en contracción, imposibilitada de generar los recursos necesarios para su repago. Esta situación reducía además las posibilidades de elaborar un nuevo presupuesto que plasmara las prioridades del Gobierno, ya que que sin conocer el acuerdo, no era factible establecer cuál iba a ser la carga de intereses a pagar este año y, por ende, cuánto "resto" quedaba para la implementación de políticas públicas.

La llegada de la pandemia

La expansión del coronavirus alertó a todo el mundo y la llegada del primer caso a Argentina supuso un desafío adicional para el Gobierno, que redireccionó las prioridades y recalculó su estrategia.

En sus inicios, la pandemia generó un sentimiento de unidad que se vislumbró en los principales medios de comunicación que, al unísono, instaban al cuidado propio y del resto, bajo el lema "Quedate en casa", y en la sociedad que en su conjunto acató, aceptó y aplaudió al inicio el aislamiento implementado por el Gobierno. La imagen del presidente se afianzó y alcanzó un 93,8% de aceptación al momento de la implementación del aislamiento social, preventivo y obligatorio.

La instauración del aislamiento, que posteriormente fue considerado por muchos como precoz, no fue casual. El objetivo era ganar tiempo para reforzar el endeble sistema sanitario público y privado en todo el país y, en el mejor de los casos, esperar la llegada de la vacuna que despejara el panorama de incertidumbre.

Sin embargo, el esfuerzo del Gobierno y de la sociedad se vieron empañados por las sucesivas extensiones del aislamiento y el progresivo incremento de los contagios. En el momento en el que la sociedad comenzaba a agotarse del confinamiento, el deterioro de la actividad económica, los ingresos y el nivel de vida de gran parte de la población, llevaron a un descreimiento de su efectividad.

Durante este período (segundo y tercer trimestre al año) se lograron aciertos en materia económica y se enfrentaron desafíos mayores. En primer lugar, el Gobierno consiguió acordar una reestructuración de la deuda externa con acreedores privados con un nivel de aceptación del 99,5%, hecho inédito que permitirá al país reducir su perfil de vencimientos y lograr una estructura de deuda sostenible. Asimismo, implementó programas de asistencia a trabajadores formales e informales, desempleados y empresas para poder afrontar los efectos de la pandemia.

Sin embargo, la economía argentina no soportó la presión que provocó la pandemia y colapsó. La actividad económica cayó 19,1% durante el segundo trimestre, y de acuerdo con las estimaciones oficiales se espera que la economía concluya el año con una caída de 12,1%. Por el lado de la inflación, si bien continúa siendo alta, se espera que, como consecuencia de la contracción económica, termine el año rondando el 32%, unos 20 puntos porcentuales menos de lo que se registraban a fines de 2019.

Lo que queda por delante

Siendo apenas el primero, el Gobierno está cerrando probablemente el año más desafiante de su mandato. El 2021 será un año electoral en el que buscará afianzar su poder y, para ello, será necesario que la economía comience a repuntar. La disminución de la curva de contagios y la llegada de la vacuna son el puntapié inicial y un requisito para comenzar a vislumbrar un horizonte algo más despejado.

El Gobierno ya busca focalizarse en la post pandemia, poniendo en agenda temas relegados este año, pero impostergables por tratarse de una deuda con parte de la sociedad. La nueva discusión en el Congreso del proyecto de ley sobre interrupción voluntaria del embarazo y los incrementos de la movilidad jubilatoria son algunos ejemplos del intento de cambiar el eje y avanzar hacia una nueva agenda de temas. Asimismo, se están llevando a cabo las negociaciones con el FMI y una agenda de reactivación que, si bien llevará tempo, deberá estar centrada en reducir los desequilibrios y fomentar un crecimiento y un desarrollo sostenibles.

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