Will Smith es de los más populares de Hollywood. Simpático y con percha, heredó los laureles del mejor Eddie Murphy. Pero esto no va de cine. El episodio que reescribió la historia de los Oscar empieza 25 años antes de la piña del domingo, cuando Jada dejo de ser Pinkett para convertirse en la señora de Smith. Si no lo viste, te contamos (el periodismo es servicio). Chris Rock, presentador, juega una broma sobre la alopecia de Jada. Will reacciona rápido y a lo bestia. Se monta sobre el escenario y ejecuta con estilo (digamos todo) un cachetazo técnico y sonoro. Cuando los asistentes descubren que no están actuando, las risas mutan a estupor.

Hasta ahí les parecía natural: que A, delante de B, hable de C y B, defendiendo los derechos de C, se enfrente con A sin que C intervenga, opine o entre en plano. Esa forma de lavar una afrenta, popular hasta finales del siglo XIX, quedó en desuso. Con lógica, el juicio arrojó un rápido veredicto de dos culpables. Todos felices: Rock con su rating, Smith con su Oscar y los analistas porque pudieron ubicar los comportamientos en conductas tóxicas atribuibles al patriarcado. La única incomoda sigue siendo, fuera de foco, Jada y su circunstancia.

Ayudame con la imaginación. Juguemos a que ni Rock ni Smith pertenecen a una minoría étnica. Hegemónicos. Chris elogia al novio de Will y pondera la hermosa pareja que hacen. Conmovido, el actor se levanta y abraza al presentador. Hashtags celebrando ese amor libre y la espontaneidad del gesto. No pasó así. Si hubiera sucedido, dejame decirte que la situación era igual de traumática. La perspectiva de género destaca la inconveniencia de la referencia al aspecto físico ajeno y lo redflaguente de que un hombre te defienda sin que lo hayas pedido. Por suerte, esta conclusión se tornó obvia. En segundo plano, si prestamos atención, aparece la invisibilización provocada en la referencia a un tercero que, estando presente, no participa de la conversación pública.

No lo dice la gente, lo decís vos

Jada Pinkett Smith no enuncia. Insulto y piña o elogio y abrazo son matices del suceso. La violencia es la neutralización que te provoca que otros hablen por vos y en tu nombre. Poner el affaire Smith-Rock en perspectiva comunicacional es pensar en roles activos y pasivos. En las atribuciones si te pensás protagonista y en imposibilidades si te hacen sentir espectador. El optimismo tecnocéntrico habla de prosumidores para recortar la distancia entre emisión y recepción. Si todos tenemos los mismos medios, compartimos también posibilidades.

Pero el recurso no es el celular que te permite postear: es el rol social que se te asigna. Puestos ante la magia 2.0 de que cualquiera puede decir, la realidad es que muchos nos amontonamos a testimoniar lo mismo y que los condenados al silencio siguen con el celular en el bolsillo. La condición tecnológica vale menos si no está acompañada de una reconfiguración social. Lo que te hace visible y protagonista es tu rol, no tu dispositivo. La distorsión política de la multiplicación de voces, la potestad mediática de la opinión pública y la censura social de lo políticamente correcto son agua suficiente para apagar el fuego hipotético de las multitudes hiperconectadas.

En la disputa de sentido entre sistemas políticos y mediáticos, el pony de batalla de los dirigentes es la necesidad de multiplicar las voces. El mantra se reduce a generar un nuevo ecosistema periodístico que contrarreste los efectos negativos con los que algunos grupos de medios erosionan las prácticas de los gobiernos democráticos. Los fines lo justifican. Desmontar operaciones de prensa, revelar los verdaderos intereses en juego y reorganizar la información para facilitar la argumentación de los convencidos. Un modelo que, en lo ideológico, antagoniza con el que se pretende combatir, pero que en lo metodológico comparte el procedimiento. El público siempre es público, lo que necesita es informarse mejor. Te pongo otra opción en el control remoto, mientras seguís en tu silla de espectador. Como Jada, viendo a Will y a Chris referirse a ella.

Los medios resisten en nombre de la opinión pública. No, no es la opinión de los públicos. ¿Será la mayoritaria convertida en la de todos? Tampoco. Es la opinión de los medios amparada en la redención de "lo que la gente piensa", "lo que la calle dice", "lo que al pueblo le gustaría saber". Así, la bajada de línea se justifica en que no son las razones de quien está en pantalla sino las ideas de quienes no pueden acceder a ella (Doña Rosa vibes). La coartada puede construirse con encuestas. "¿Pensás que este gobierno es el peor de la historia o solo pésimo?" o consignas inducidas como "ahora que Cardona se volvió a lesionar, ¿creés que los futbolistas colombianos fracasan porque físicamente son frágiles o porque se van de joda?". Atrás viene el editorial: "la gente piensa que este gobierno es muy malo", "la calle dice que los futbolistas colombianos son todos fracasados". No, no lo dice la gente. Lo decís vos, acá no está la gente (Verón dixit, andá a buscar la pelea con Feinmann a YouTube). Eso que llamamos "opinión pública" es, en la práctica, un mecanismo de presión y de negociación con el que los medios diseñan su vínculo con la política. Y se construye con la gente afuera.

No hablen más por ella

Si pudiste escapar de que te defiende mientras no te pares de la silla; si pudiste desencorsetarte de formar parte de "la gente", disfrazado de estadística; si todo eso, un montón, pudiste, te queda el último enemigo: el politicamentecorrectoplaining. Tanto en las historias de Instagram como en Twitter y en chats se alzó una voz única: Rock y Smith son hijos sanos de una sociedad machista, ratificando la toxicidad del patriarcado. Claro, es así. Que se pueda decir es importante, que sea el primer análisis que surja es todavía mejor. Que se convierta en la interpretación hegemónica del suceso es un problema. Genera, en nombre de lo defendible, una censura de sentido sobre quien lo vio de otra manera. Produce el efecto que viene a combatir. ¿Y si alguien sintió que le gustaría que su pareja responda así? ¿Y si otro supuso que no está mal que un bocón descubra sus límites? Estas reacciones surgieron y existen porque también son parte de la sociedad. Podés cancelar y destacar el condicionamiento histórico que habita esas ideas, pero lo que no vas a poder es revertir el sentido de una opinión, hegemonizando la interpretación. Bah, podés, pero Jada va a seguir callada, escuchando como hablás por ella.

"No me hablen más por él, que yo lo cruzo en cada esquina y lo escucho en el café", advierte Jaime Ross en El hombre de la calle. Hablar en nombre de un tercero, sobre lo que desea, necesita o padece, naturaliza la más tóxica de las violencias expresivas. Invalidar la narración en primera persona si no estás habilitado como protagonista. Está claro que un ataque público a lo que sos tiene peores consecuencias que una defensa en tu nombre. Tan evidente como que la masiva interpretación de que Smith y Rock eran culpables es una conquista que ha llevado años de militancia y de deconstrucción. El problema no son los términos de ese defensa y de ese ataque, es cómo Jada asiste a una representación tercerizada de quienes se atribuyen saber lo que siente. La ratificación de quien es protagonista y espectador y la infantilización de una sociedad reducida al rol de público. Construir la comunicación como conversación pública no es hipotetizar sobre los alcances del uso de las tecnologías, sino defender el derecho a actuar en tu nombre. Para decir o para callar, para hacer lo que quieras, y que nadie haga, por vos o con vos, lo que no consentiste, ni en lo personal ni en lo político. Para que Jada sea Pinkett y no la esposa de Will Smith.

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