El arriesgado juego de presiones y operaciones cruzadas con el cual el kirchnerismo convirtió la crisis política desatada por la derrota en las PASO en una peligrosa crisis institucional está lejos de haber terminado. El ultimátum fulminante que le dedicó anoche Cristina a Alberto, incluso, remite al abismo que enfrentó Fernando de la Rúa cuando renunció Chacho Álvarez. Como en las series de Netflix que se pierden en guiones inverosímiles para exprimir hasta la última gota el éxito de su primera temporada, cada episodio supera al anterior. En este caso, también acerca un pasito más al Frente de Todos a la intemperie del poder.

Aunque el domingo votó mayoritariamente por la oposición, el empresariado más lúcido empieza a alarmarse por la gobernabilidad y por el peligro de un desborde callejero. Sabe que el voto bronca contra el oficialismo en las PASO no implica una reconciliación con la coalición que el mismo electorado desalojó en primera vuelta en 2019. Y que un colapso prematuro y desordenado del Gobierno en medio de la peor crisis social en 20 años abriría un escenario político imprevisible.

El problema es que, aunque todos sus adversarios le dieran una tregua, el Frente de Todos nunca va a volver a funcionar igual. Ni siquiera se va a poder restablecer la convivencia incómoda que ahora confiesan haber sostenido muchos en distintas reparticiones donde el loteo del poder reunió a facciones irreconciliables bajo el mismo techo. El albertismo, que su líder siempre abortó y que solo aceptó alumbrar de apuro al calor de la asonada cristinista, entró en escena ataviado con la épica que rodea a toda resistencia. Y anidó justo en la mitad del gabinete menos nostálgica de las epopeyas previas a 2015, el combustible espiritual de la otra mitad.

De Cooke a Moroni

Ya el domingo a la noche se intuyó la ruptura en el discurso del Presidente y el desagrado con que la vice saludó a Victoria Tolosa Paz, la candidata derrotada en Buenos Aires. Mal podía el primer peronismo de coalición de la historia argentina consensuar un paquete de medidas para relanzar su gestión si no había siquiera acuerdo respecto de qué había ocurrido en las urnas. Y no lo había. Ni lo hay aún.

Uno de los comandantes de la resistencia albertista lo analizó el martes por la mañana ante BAE Negocios. “Lo que se nos escapó el domingo fue el plus de votos que había conseguido Alberto en 2019 y eso es lo que hay que ir a buscar. Es una cuestión de políticas pero también de tono. Socialmente la gente se hartó de la pandemia y nos castigó por cómo la gestionamos. Económicamente prometimos poner plata en bolsillo de la gente y no lo hicimos. Y políticamente nos pegó que la gente haya visto mimetizarse a Alberto con Cristina. Por eso para revertir este desastre hay que hacer anuncios que podrían parecer kirchneristas pero sin la retórica del kirchnerismo”, soltó.

Ese diagnóstico, opuesto por el vértice al que desglosó anoche CFK en su carta y que vomitó más crudamente Fernanda Vallejos en el audio donde tacha de “mequetrefe” al jefe de Estado, es compartido por los gobernadores que decidieron respaldar al Presidente y por la CGT, que también lo hizo por escrito. Todos en defensa propia. Los popes sindicales ya entrevén la reforma laboral que exige el Fondo Monetario y que levantan como plataforma Horacio Rodríguez Larreta y Martín Lousteau. Y los caciques provinciales también ponen en juego el 14 de noviembre sus senadores y sus legisladores.

Remember Prat-Gay

El miércoles, inmediatamente después de la presentación de la Ley de Hidrocarburos, donde se dejaron ver los poderosos Marcelo Mindlin (Pampa Energía), Alejandro Bulgheroni (Panamerican Energy) y Carlos Ormachea (Tecpetrol), la resistencia albertista se encerró en el despacho de Santiago Cafiero en la Rosada. Además del anfitrión estaban Martín Guzmán, Matías Kulfas, Claudio Moroni y Cecilia Todesca. Mientras pulían las medidas que pensaban anunciar el jueves (y que ya nadie sabe si se anunciarán) empezaron a llegarles las capturas de pantalla de TV por WhatsApp: había presentado su renuncia Wado de Pedro y sus colegas se enteraban por los medios. Alberto también, pero desde el auto: se había ido a almorzar con Mario Ishii mientras les pedía a otros intendentes que lo respaldaran.

En la Rosada surgió rápido una anécdota de la que justo se cumplen 17 años por estos días. Cuando Alfonso Prat-Gay fue a verlo a Néstor Kirchner, ya enfrentado con Roberto Lavagna, y le pidió que apurara la designación de los directores que le había reclamado en el Banco Central. “Yo le dejo acá mi renuncia, Presidente, para que usted defina”. Kirchner se la aceptó de inmediato. Después contó que Prat-Gay lo estaba convenciendo, pero que cuando se dio cuenta de que también lo estaba condicionando decidió desalojarlo. “Es lo que siempre hicimos con Cristina en el sur cuando alguien amagaba con renunciarnos”, explicó.

Aquella máxima nestorista confirma que la confianza entre el Presidente y su ministro del Interior -más allá de si es reemplazado hoy, la semana próxima o en noviembre- nunca va a restablecerse. Pero después de la carta de anoche ya casi no importa. ¿Tiene retorno acaso la relación entre la inventora del Frente de Todos y la persona que ella misma eligió para que lo condujera? Su misiva parece sugerir que no: “Confío, sinceramente, que con la misma fuerza y convicción que enfrentó la pandemia, el Presidente no solamente va a relanzar su gobierno sino que se va a sentar con su ministro de Economía para mirar los números del presupuesto”. Su ministro. Su gobierno.

Amigos son los amigos

Aquel ejercicio implacable del poder de Néstor Kirchner podía ser acusado de prepotente pero nadie podía negarle lo eficaz. Si el amague coordinado de renuncias buscó emular aquella severidad, falló, porque terminó en esta fractura expuesta. La pregunta que se hace ahora el establishment es si Cristina busca asumir el mando personalmente, si apunta a volver en 2023 libre de lastres o si permanecerá a un costado mientras todo de desangra.

La resistencia barajaba anoche un relanzamiento sin Cristina, con los cambios de nombres y los anuncios que ella pidió pero con reemplazantes que no sean suyos. ¿Un ejemplo? Daniel Scioli o Agustín Rossi a la Jefatura de Gabinete. El nombre de Sergio Massa para ese rol lo echó a rodar La Cámpora, pero el jefe de Diputados no quiere. La fractura le reservó apenas la función de correveidile, aun cuando se haya vendido como réferi gracias a su enorme y lubricado ascendente sobre los grandes medios de comunicación.

¿Y Rodríguez Larreta? Amigo de Massa, ganador en su espacio aunque escorado por el millón de votos para Facundo Manes en la provincia, intuye que todavía no es su turno. Ni siquiera terminó de resolver su interna y la crisis política que se insinúa es severa. Como escribió Mario Santucho en la revista Crisis, el masivo voto bronca del domingo amenaza con convertirse en un rechazo más profundo hacia el sistema político justo a 20 años del estallido de 2001.

¿Quién podrá reconstruir la autoridad presidencial ahora que Cristina decidió demoler el dispositivo de poder que inventó al ungir a Alberto? ¿Cómo puede darse una alternancia ordenada en medio de una polarización tan brutal y sin que haya salido todavía un solo manifestante a las calles? ¿Qué pasa si las organizaciones sociales inician una huelga de brazos caídos en los barrios que ignoró olímpicamente el proyecto de Presupuesto que giró el miércoles a la noche al Congreso Guzmán? ¿Y si Colombia, Chile, Perú, Brasil, Ecuador y Bolivia no quedan tan lejos de la Argentina como parecía hasta hace apenas una semana?

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