Borges y la conciencia: cuando la literatura se adelanta a la neurociencia
En El Aleph, hay una metáfora extrema de una conciencia capaz de integrar una enorme cantidad de información en una experiencia única
Hay un proceso que puede considerarse esencial: la incursión que la literatura realiza en la ciencia. En este caso, el abordaje de la obra de Jorge Luis Borges en los estudios sobre la conciencia resulta especialmente significativo, porque el escritor se adelantó varias décadas a algunos de los planteos que hoy ocupan a la neurociencia y la filosofía, desde la conciencia integrada hasta la conciencia global.
A 40 años de su fallecimiento, Borges aparece como una figura clave no solo de la literatura, sino también del conocimiento y de algunas de las preguntas que actualmente se formulan sobre la experiencia consciente.
En su obra aparecen de manera recurrente cuestiones que hoy son centrales: cómo una experiencia se vuelve consciente, cómo se integra una enorme cantidad de información en una unidad subjetiva, qué papel cumplen la memoria y la identidad y de qué manera una experiencia particular puede adquirir una dimensión global.
Borges y la teoría de la conciencia integrada
En la mayoría de los foros de neurociencia y filosofía, el problema de la conciencia subjetiva ocupa un lugar central. Una de las cuestiones consideradas clave es su integración: cómo se asocian las distintas informaciones específicas que intervienen en la construcción de la experiencia consciente.
Las percepciones y los pensamientos dependen de un sustrato material, pero no son necesariamente reducibles a este, como plantea el neurocientífico Christof Koch.
La conciencia requiere procesos de información que resultan fundamentales para comprenderla. Pero, además, esa información debe estar integrada. Cuanto mayor sea el grado de integración, mayor sería la calidad de la conciencia.
En el ser humano existen miles de posibilidades que son abordadas por la información. Cada sentido posee diferentes submodalidades y cada pensamiento contiene miles de datos. Sin embargo, todas esas funciones deben asociarse.
Algo similar ocurre cuando observamos los fotogramas de una película y los integramos en una única imagen dinámica a través del tiempo. También sucede con los colores de nuestra visión, que no podemos experimentar como elementos completamente separados, o con la imposibilidad de aislar el sonido de un violín del resto de una orquesta cuando escuchamos una pieza musical.
Este concepto es central en la Teoría de la Información Integrada, desarrollada por el neurocientífico Giulio Tononi, de la Universidad de Wisconsin-Madison.
Tononi plantea que la integración de la conciencia no se limita necesariamente al cerebro humano, sino que puede ser considerada en otros animales e incluso en cualquier sistema material capaz de contener información.
Según esta teoría, todo sistema que posea una cantidad no nula de información integrada tendría algún tipo de experiencia. Así como la información computacional se mide en bits, la integración de la conciencia se expresa mediante la magnitud phi ().
Cuando Phi es igual a cero no existiría integración; a medida que aumenta, también lo haría el grado de integración de la conciencia.
Un valor de Phi mayor que cero indica, además, que el sistema posee propiedades que no pueden explicarse simplemente como la suma de sus partes por separado. Esta característica constituye uno de los puntos centrales de la teoría.
La relación con Borges resulta evidente porque gran parte de su obra gira alrededor de la construcción de la experiencia consciente, la memoria, la identidad y la percepción de la realidad.
En El Aleph, Borges imagina un punto desde el cual pueden verse simultáneamente todos los lugares del mundo, "sin superposición y sin transparencia". La imagen funciona como una metáfora extrema de una conciencia capaz de integrar una enorme cantidad de información en una experiencia única.
El Aleph contiene simultáneamente todos los lugares y todas las perspectivas. Puede pensarse, así, como una representación literaria de una conciencia en la que una cantidad extraordinaria de información aparece integrada al mismo tiempo.
Mientras esta idea recuerda a Tononi, el intento del narrador de ordenar, narrar y comunicar esa experiencia puede vincularse con los planteos de Stanislas Dehaene.
El Aleph, Funes y los límites de la conciencia
Entre las teorías contemporáneas más influyentes sobre la conciencia se encuentra la Teoría del Espacio de Trabajo Global, asociada con investigadores como Stanislas Dehaene, Jean-Pierre Changeux y Bernard Baars.
Esta teoría sostiene que la conciencia emerge cuando determinada información se vuelve accesible de manera global en el cerebro. La experiencia consciente sería, en este sentido, el resultado de que ciertos contenidos logran acceder a un espacio compartido que permite utilizarlos para el pensamiento, el lenguaje y la toma de decisiones.
Con Dehaene, Borges puede relacionarse con el hecho de que no toda la información procesada por el cerebro llega a la conciencia. En relatos donde aparecen sueños, percepciones ambiguas, recuerdos o identidades superpuestas, puede pensarse que determinados contenidos permanecen parciales o inconscientes hasta que acceden a ese "espacio global".
En Funes el memorioso, por ejemplo, Funes registra una cantidad prácticamente infinita de detalles, pero tiene dificultades para abstraer y generalizar.
Funes recuerda absolutamente todo, pero justamente por eso tiene problemas para abstraer, generalizar y pensar. Borges anticipa aquí una cuestión fundamental: tener más información no significa necesariamente poseer mayor capacidad cognitiva ni una conciencia superior.
Una mente eficiente necesita olvidar, seleccionar y comprimir información.
Desde la neurociencia actual, la conciencia requiere mecanismos de atención y selección que determinan qué contenidos acceden a los sistemas globales del cerebro. Millones de procesos pueden ocurrir simultáneamente, pero solo una pequeña parte alcanza el espacio global de la experiencia consciente.
Funes puede ser interpretado, desde esta perspectiva, como la representación literaria de una mente con enormes dificultades para filtrar la información.
Otro de los problemas centrales que Borges anticipó es el de la identidad. En uno de sus textos, el escritor divide al sujeto entre el "yo que vive" y el "Borges" público, narrativo y reconocido por los demás.
Esta idea puede relacionarse con las teorías contemporáneas del self-model, según las cuales no necesariamente existe un único "yo" estable y unitario en el cerebro, sino diferentes niveles de representación de uno mismo.
Existe un yo corporal, un yo autobiográfico, un yo social y un yo narrativo.
La frase final, "No sé cuál de los dos escribe esta página", resume de manera extraordinariamente precisa uno de los problemas modernos sobre la identidad del sujeto de la experiencia consciente.
En El jardín de senderos que se bifurcan, Borges plantea múltiples futuros que pueden coexistir y bifurcarse. La idea también puede vincularse con la conciencia porque el cerebro no experimenta simplemente el presente: de manera permanente, genera predicciones sobre futuros posibles.
El neurocientífico Karl Friston, a través de su Teoría del Procesamiento Predictivo, propone que el cerebro funciona como una máquina de predicción que ajusta constantemente sus modelos internos del mundo para minimizar los errores.
Desde esta perspectiva, la conciencia podría emerger como parte de un proceso que permite refinar esas predicciones.
El "jardín" borgiano podría pensarse entonces como el enorme conjunto de modelos posibles que el cerebro produce, mientras que la conciencia termina experimentando una trayectoria particular.
La neurociencia contemporánea sostiene que no percibimos el mundo de manera completamente pasiva. Cuando construimos nuestro criterio de realidad intervienen procesos intrínsecamente subjetivos.
Como planteó Immanue Kant en la Crítica de la razón pura, los objetos no se nos presentan simplemente como datos puros, sino que nuestra experiencia está estructurada por las condiciones de nuestro aparato cognitivo.
Hay, además, una idea transversal profundamente borgiana: la conciencia necesita límites.
Funes muestra que recordar todo puede impedir pensar; el Aleph muestra que percibirlo todo puede resultar insoportable; y los laberintos muestran que un exceso de posibilidades puede dificultar la elección de un camino.
La conciencia humana parece funcionar, precisamente, en sentido contrario a la omnisciencia: selecciona, descarta, simplifica y construye una narración coherente a partir de una realidad infinitamente más compleja.
Borges imaginó literariamente muchos de los problemas que hoy estudia la neurociencia de la conciencia: la integración de la información, la selección atencional, la construcción del yo, la naturaleza subjetiva del tiempo y el carácter predictivo de la percepción.
La conciencia, en definitiva, no consiste en conocerlo todo, sino en seleccionar del infinito aquello que puede convertirse en experiencia.


