¿CORRUPCIÓN? ¿YO? ¡NUNCA!
Juguemos limpio, no hagamos trampas y no transemos.
Todos en algún momento nos hemos sentido víctimas de distintos estilos de corrupción o lo hemos intuido. Todos estamos en contra de ella y deseamos que alguien acabe con tanto corrupto sinvergüenza que se burla de nosotros, sin reflejar el menor remordimiento.
Corrupción -dicen las enciclopedias- es la acción y efecto de corromper, echar a perder, sobornar a alguien, pervertir, dañar. La organización “Transparencia Internacional” define la corrupción como el mal uso del poder encomendado para obtener beneficios privados de forma ilegítima.
Se identifica el concepto de corrupción con situaciones de favoritismo y de abuso; una persona o un funcionario público, obligado moral y legalmente a trabajar por un interés social lo cambia por un interés personal o de ciertos grupos. Y la patología del poder termina destruyendo el bien común. Impide garantizar a la ciudadanía derechos fundamentales como la vida, la libertad, la justicia, la seguridad, la paz y el desarrollo integral.
Así aparece el síndrome de Hubris. Fue descrito como un cuadro derivado del exceso de poder en algunas personas. Hace referencia a aquellos que experimentan un cambio de personalidad cuando se encuentran en posiciones de liderazgo. Puede darse en los negocios, política o cualquier otro campo. Este síndrome describe cómo personas, en el poder, muestran un orgullo extremo, exceso de confianza y un desprecio total por los demás. Estos rasgos de carácter conducen a un comportamiento impulsivo y a menudo destructivo.
El término hubris es un concepto griego que significa ‘desmesura’. Es lo opuesto a la sobriedad, a la moderación. La persona hubrística es aquella con un orgullo desmesurado, que trata a los demás con insolencia y desprecio. El individuo parece obtener placer al usar su poder de esta manera, pero ese comportamiento deshonroso es fuertemente condenado.
Este flagelo representa una grave amenaza para “la estabilidad y seguridad de las sociedades al socavar instituciones y valores de la democracia, la ética y la justicia.” La corrupción reproduce y mantiene la desigualdad social, separando cada vez más a los ricos de los pobres, sin permitir alcanzar un nivel digno de vida; ayuda –desde un discurso mentiroso- a la existencia de redes de complicidad entre grupos minoritarios con poder, que contribuyen incluso a que no se sancione a los que cometen delitos y a mantener la impunidad.
¿Hemos intentado hacer algo para acabar con ella? ¿O nos hemos limitado a condenarla? ¿Exigir, protestar, denunciar, reclamar es la única forma de luchar contra la corrupción? De nada vale protestar con pancartas y micrófonos en la vía pública o con escritos y mensajes en redes sociales, quejándonos de tanta corrupción, si somos de los que pagan coimas a los policías por evitar la multa de una infracción cometida, sobornamos al de la ventanilla para “agilizar trámites”, copiamos en los exámenes aún siendo adultos, compramos o vendemos títulos, no respetamos las reglas de tránsito, a la primera oportunidad nos colamos en cualquier fila, invadimos “por un ratito” el espacio para discapacitados, nos quedamos callados si alguien se equivoca en un vuelto...
“Es un mal necesario”, “compro piratería, pero los políticos roban al pueblo”, “me tomo el día y consigo certificado médico, total todos lo hacen”, “si no lo pago yo viene otro y lo paga”, “robó pero los pobres comíamos sin trabajar”... Es justo exigir derechos, condenar ilegalidades y reclamar honestidad y transparencia, pero también es importante cumplir con las obligaciones, actuar con responsabilidad y sobre todo ser verdaderamente coherente. Es el momento de salirse de la corrupción y combatirla con acciones diarias que inspiren a los demás. Juguemos limpio, no hagamos trampas, no transemos, respetemos las reglas, cumplamos con nuestros deberes y obligaciones, seamos un claro modelo para todos. Corrupcion. ¿Yo? Nunca!
El periódico nos revela nuevos casos día a día y todos presentimos que solo se trata de la punta del iceberg. Más allá de los daños económicos o políticos ocasionados por la corrupción, lo más grave es la forma en la que este fenómeno corroe la cultura. Los lazos sociales se deterioran a raíz de la corrupción. La confianza se rompe, y el sentido de la autoridad comienza a desvanecerse.
Un relato cuenta que “Un santo varón acudió a La Meca vestido de mendigo. Estando allí, vio cómo un barbero afeitaba a un hombre rico. Al pedirle al barbero que le afeitara a él comprobó con alegría que dejaba inmediatamente al hombre rico y se ponía a afeitar al mendigo. Y al terminar no quiso cobrarle. En realidad, lo que hizo fue darle además una limosna.
El mendigo disfrazado quedó tan impresionado que decidió dar al barbero una bolsa de oro. Fue aquella tarde a la barbería y ofreció el oro al barbero.
Pero éste le gritó: – ¿Qué clase de santo eres? – ¿Vienes a peregrinar pero no te da vergüenza pretender pagar un servicio hecho con amor?”
Yo agregaría una pregunta para otros: ¿No te da vergüenza cobrar un servicio que deberías simplemente hacer con amor?

