De la Reserva Federal a la city: el traslado de la tasa global a la economía doméstica
Con el mercado atento al dólar y a las elecciones, el frente externo suma una nueva fuente de tensión para la economía
La macroeconomía argentina vuelve a quedar expuesta a variables sobre las que no posee control: la evolución de las tasas de interés internacionales y la dinámica financiera global.
Mientras el esquema de bandas cambiarias busca afianzarse y el Banco Central logra sumar jornadas de acumulación de divisas, el frente externo suma una complicación adicional que comienza a condicionar el costo del crédito y la estabilidad de los activos locales.
Tensión financiera
El comportamiento de la deuda soberana en dólares refleja la mayor cautela de los inversores. Durante las últimas semanas de agosto, el riesgo país registró una marcada volatilidad, ubicándose por encima de la zona de los 500 puntos básicos, tras haber tocado picos de 535 unidades. Ahora bien, este deterioro no es un fenómeno exclusivamente local.
El bono del Tesoro a diez años, referencia global para el costo del financiamiento en dólares, subió recientemente hasta mantenerse en torno al 4,69% anual. Lo llamativo es que la suba de tasas no proviene de un escenario de fortaleza de la economía norteamericana, sino de una combinación menos cómoda: un mercado laboral que muestra señales de deterioro, con Estados Unidos perdiendo 23.000 empleos en julio, que convive con presiones inflacionarias derivadas de la escalada del petróleo por el conflicto en Medio Oriente.
Luego, ciertos análisis denotan que los futuros sobre la tasa de fondos federales llegaron a asignar una probabilidad superior al 80% a una suba de un cuarto de punto en la reunión de septiembre, un salto respecto del escenario de estabilidad que manejaba el mercado apenas un mes atrás. La Reserva Federal, ya bajo la conducción de Kevin Warsh, mantuvo la tasa de referencia en el rango de 3,50%-3,75% en su última reunión, aunque con ciertas disidencias a favor de un ajuste inmediato, lo cual evidencia un nivel de fractura interna inusual en el comité.
Para una economía emergente como la argentina, este no es un dato de color. Por el contrario, el rendimiento de los activos considerados libres de riesgo oficia de piso del costo de financiamiento externo. Cuando ese piso sube, el spread que exige el mercado para tomar deuda argentina, es decir, el propio riesgo país, encarece el crédito en dólares independientemente de lo que ocurra puertas adentro. Esta fue la lectura que predominó esta semana al advertir que la tensión electoral doméstica ahora se combina con un frente externo que ya no acompaña.
El contrapunto local
En el plano interno, la inflación se ubica en torno al 2%, con salarios que no logran empardar la suba de precios. El Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) de junio mostró un incremento del 0,8% mensual y del 2,7% interanual, un ritmo que busca sostener la narrativa oficial de estabilización, aunque con menor margen que a comienzos de año. El Banco Central, por su parte, aceleró sus compras en el mercado de cambios.
El consenso de mercado, sin embargo, ya empezó a incorporar el nuevo escenario internacional en sus estimaciones. Existe una reducción de las proyecciones de crecimiento para la Argentina, mientras el mercado sigue de cerca la evolución del frente cambiario y el cada vez más próximo escenario electoral. La expectativa de un dólar cercano a los $1.650 hacia fin de año, según el promedio de esas proyecciones, sintetiza un equilibrio cada vez más condicionado por variables que exceden la política económica local.
En definitiva, la economía argentina afronta el tramo final del año encorsetada por un doble frente: la necesidad doméstica de afianzar la estabilización cambiaria en clave electoral y un contexto internacional que encarece el crédito, transformando al viento externo en un factor de presión directo sobre las cuentas nacionales.


