Desafíos de la peripandemia: un nuevo contexto para la profesión
Uno de los legados más valiosos es el aprendizaje conjunto entre generaciones. En el hospital universitario, donde se forman generaciones de profesionales, la medicina se vive como una combinación irreductible de ciencia, vocación y responsabilidad social.
Este mes se celebra el Día del Médico. Pensar ese día (3 de diciembre) implica detenernos a meditar qué significa actualmente ser profesional de la salud en un mundo atravesado por profundas transformaciones. La peripandemia, ese largo período que rodea, precede y continúa más allá de un evento pandémico, dejó huellas que todavía moldean nuestras prácticas cotidianas. No hablamos ya de la emergencia sanitaria estricta sino de sus efectos culturales, profesionales y humanos: cambios en las formas de trabajar, en la relación entre médico y paciente, en las instituciones, en la percepción del riesgo y en las expectativas sociales sobre nuestra labor.
En el hospital universitario, donde se forman generaciones de profesionales, la medicina se vive como una combinación irreductible de ciencia, vocación y responsabilidad social. Es un oficio que no se reduce a aplicar protocolos sino que implica ejercer un juicio ético y humano en cada decisión. Como planteó André Maurois, la cultura es lo que queda cuando hemos olvidado lo que aprendimos. Y lo que queda en esta peripandemia es la actitud, la templanza, la creatividad y la tarea colectiva que permitió sostener el sistema de salud en condiciones inciertas.
La peripandemia modificó la medicina, pero no desde la excepcionalidad del desastre sino desde la transformación sostenida. Cambió la organización del trabajo, los hábitos clínicos, los vínculos dentro de los equipos y la manera en que los pacientes se relacionan con los sistemas de atención.
También cambió la salud mental de los profesionales, pero no como consecuencia de un único evento crítico sino por una exposición prolongada a exigencias extraordinarias, a la incertidumbre diagnóstica y a una sobrecarga tanto emocional como administrativa sin precedentes.
Este escenario nos obligó a revisar prioridades, modos de enseñanza, dinámicas hospitalarias y modelos de acompañamiento. La peripandemia hizo visibles tensiones estructurales del sistema: la insuficiencia de recursos, la burocratización creciente, la presión judicial sobre el acto médico y la necesidad urgente de contar con condiciones laborales dignas. Pero también mostró la capacidad de adaptación, la creatividad y la entrega de los profesionales de la salud.
Más allá de este contexto cambiante, la identidad del médico se sostiene en tres pilares clásicos que se vuelven aún más relevantes en la peripandemia:
1. Formación continuaEl conocimiento médico ya no crece linealmente: estalla, se multiplica, se entrelaza con otras disciplinas. La educación continua es una ética profesional. El médico debe actualizarse, pero también tiene que aprender a seleccionar información confiable, integrar saberes y sostener un pensamiento crítico.
2. Escuchar y dialogarLa técnica cura, pero la relación humana acompaña. La escucha activa se tornó un recurso indispensable, especialmente en un contexto en el cual la incertidumbre se hizo parte del paisaje clínico. Las personas no solo consultan por síntomas sino también por dudas, miedos, cambios en su vida cotidiana o decisiones difíciles.
3. Pasarla bien y ser buena personaParece obvio, pero no lo es: trabajar en salud exige hábitos saludables, vínculos sólidos y espacios de bienestar. Una profesión tan demandante solo puede sostenerse desde el equilibrio emocional, la camaradería y cierta capacidad de disfrutar el camino.
Estos pilares no son accesorios: constituyen el núcleo desde el cual la medicina recupera su sentido cultural y ético.
La peripandemia puso en primer plano un hecho que la neurociencia contemporánea viene destacando: la práctica clínica es, esencialmente, una actividad predictiva. El médico interpreta signos, contrasta hipótesis, infiere posibilidades y toma decisiones bajo condiciones de incertidumbre. Esto coincide con la llamada neurociencia predictiva, que sostiene que el cerebro funciona como un sistema estadístico que compara la información que recibe con sus expectativas, buscando minimizar el error.
Cada diagnóstico, cada decisión terapéutica, cada conversación con un paciente implica este proceso: una integración sofisticada de datos sensoriales, experiencia previa, razonamiento probabilístico y sensibilidad interpersonal. La medicina es una forma de lectura del mundo.
La mente utiliza, como señalan los modelos bayesianos, un mecanismo que le asigna mayor peso a las variables más certeras. El médico, en su práctica, realiza esa operación permanentemente: evalúa antecedentes, explora, sopesa riesgos, integra información contextual y decide. No decide de manera aislada: lo hace en un entramado institucional, social y humano que también influye en su percepción.
La irrupción de la IAEn este período poscrítico, la inteligencia artificial irrumpió con fuerza tanto en el diagnóstico como en la gestión sanitaria. La inteligencia artificial amplía capacidades y ofrece nuevas herramientas, pero su valor depende del criterio contextual del profesional que la utiliza. Puede procesar patrones pero no puede comprender el sufrimiento humano, puede sugerir probabilidades, pero no puede asumir la responsabilidad ética del acto clínico.
La inteligencia artificial no reemplaza la presencia, la empatía ni la comprensión narrativa de la historia del paciente. Ningún algoritmo puede hacer lo que hace un médico cuando mira a los ojos, escucha una duda o sostiene una decisión que cambia una vida.
A esto se suma la creciente judicialización del acto médico, que muchas veces desconoce la incertidumbre inherente a la ciencia y a la práctica clínica. La medicina no opera con verdades absolutas sino con probabilidades. Cada decisión implica riesgo, contexto y responsabilidad compartida.
Por eso es indispensable reclamar honorarios dignos, condiciones laborales adecuadas y reconocimiento institucional acorde con el rol social del médico. Un sistema de salud sólido no puede sostenerse sobre profesionales exhaustos o precarizados.
Uno de los legados más valiosos de la peripandemia es el aprendizaje conjunto entre generaciones: los médicos mayores aportaron su templanza y experiencia; los jóvenes, su flexibilidad, su energía y su mirada interdisciplinaria. Los estudiantes se formaron observando estas dinámicas y aprendieron de la medicina real: aquella que se ejerce en la incertidumbre, en equipo y con responsabilidad social. Ese aprendizaje quedará como un sedimento cultural para el futuro de la profesión.

