Disonancia cognitiva, cultura política y religión
La sociedad ha llegado a un estadio en el que no relaciona la figura de sus gobernantes con su situación personal. La política es cuestión de fe.
Cierra una fábrica y pierden su empleo 150 trabajadores. El empresario ha descubierto que le resulta más rentable importar la mercadería que producirla aquí y, al fin y al cabo, una empresa esta concebida para ser rentable. Los trabajadores, en su mayoría poco calificados y con mínima expectativa de reinsertarse en un mercado cada vez más tecnologizado y global, saben que la van a tener muy difícil.
Llegan las cámaras de televisión, muestran su fastidio y tristeza pero cuando son consultados sobre a quién votaron en la última elección y a quien votarían hoy, muchos de ellos respaldan al oficialismo y lo seguirán haciendo. Esta escena se repite en muchos lugares del mundo, no solo en nuestro país.
Las personas han llegado a un punto en que no vinculan su estado personal financiero y laboral con el gobierno de turno. Si la apertura de importaciones sin una adecuada reforma sistémica que facilite las reinserciones necesarias, genera la pérdida laboral descripta en los párrafos anteriores, una cosa no se relaciona con la otra en sus conciencias. Existe una disonancia cognitiva.
Hasta hace un tiempo atrás, una situación económica endeble conducía a perder una elección, pero hoy tenemos que decir que esto no es necesariamente así. Los gobiernos llegan y permanecen porque despiertan en los electores ciertas emociones, al margen de sus resultados inmediatos de gestión. Y esos resultados no inciden, al menos en lo inmediato, en las conductas electorales.
Cuando el actual presidente Javier Milei estaba en campaña, postulaba la dolarización de la economía y el cierre del Banco Central, de la mano de uno de sus mayores asesores económicos, Emilio Ocampo. Luego de la elección general dio un giro. Anunció que su ministro de Economía no sería Ocampo sino Luis Caputo y que presidiría el Banco Central Santiago Bausili. El mensaje era evidente: si dos personas íntimamente relacionadas como Caputo y Bausili, iban a manejar las dos patas principales de la economía, el Banco Central no iba a cerrarse. De hecho, el propio presidente entonces candidato, consultado en esa etapa por la famosa dolarización, la planteaba como algo a muy largo plazo, incluso en otro eventual mandato.
Sin embargo, el día que Milei se impuso en la segunda vuelta electoral, un grupo de personas, a modo de festejo, fue con velas al edificio del Banco Central, para “velarlo”. Lo dieron por muerto. Quizás hoy crean que ya no existe. Pero está ahí, poderoso, vivito y coleando. Disonancia cognitiva. Fe.
La característica psicológica que se señala, esta desprovista de carácter valorativo, no se juzga como buena o como mala, simplemente se analiza, se valora, se observa, se describe.
Parece ser que la política entre políticos es hoy una versión anticuada de la misma, mientras que la política en relación a la sociedad ha tomado un cariz absolutamente simbólico, en el que los votantes creen o no en tal o cual dirigente, valoran sus dichos y los disocian de los hechos.
El propio kirchnerismo había obtenido ya un tiempo atrás, pionero, algunos logros al respecto. Se manejaba, en su vínculo con los suyos, como si fuese oposición siendo oficialismo durante más de una década. Luchaba contra el status quo, cuando habiendo detentado el poder todo ese tiempo, era la mayor expresión del status quo. Pero había sectores de la militancia que absorbían y creían en ese mensaje. Creencia, fe.
La política ha tomado entonces carices religiosos. El debate argumentativo profundo ha desaparecido. En el discurso de cierre de campaña de Raúl Alfonsín en el Obelisco en 1983, el luego presidente describió con precisión, políticas que llevaría adelante en su gestión de gobierno si fuera votado. La patria potestad compartida, la ley de divorcio vincular, el enjuiciamiento de las juntas militares. Hoy, semejante descripción de un programa de gobierno sería impensable, no habría audiencia dispuesta a escucharlo.
Ha reemplazado al debate argumentativo, la proclama, la feroz oposición a alguien o algo, el mensaje simple y breve, la declamación de principios resumidos a un título, sin profundizar. Y el elector cree en ellos o no cree. En muchos casos no depende de los principios sino de cómo se expresen. Son mandamientos. Y cuando alguien cree, lo hace pese a todo. Incluso si regida por esos mandamientos su vida no funciona.
Disonancia cognitiva es un término que puso en vigencia el psicólogo social León Festinger. A principios de la década de 1950, tomo cuerpo en los Estados Unidos una secta que pretendía tener contactos con extraterrestres y que en base a la información dada por tales vínculos, postulaba que el mundo estallaría en lo inmediato, con fecha establecida: el 21 de diciembre de 1954.
Hay que decir que suele no ser conveniente, cuando uno presagia hechos apocalípticos, ponerle fecha en el corto plazo, porque la desmentida del postulado queda a la vuelta de la esquina. Pero en este caso el error se resolvió con sencillez.
Por cierto, llegó la fecha y el evento cataclísmico no ocurrió, y luego de algunos minutos de estupor, los líderes comunicaron a sus seguidores que los extraterrestres les hicieron saber que, en base a la fe y los rezos de la feligresía unida, habían podido salvar al mundo, lo cual por cierto reforzó la certidumbre en la exactitud de los profetizado y los resultados benéficos de tales creencias.
Festinger publicó un libro en 1956 llamado “Cuando falla la profecía” y un año después, en 1957, editó una segunda obra: “La Teoría de la Disonancia Cognitiva”.
¿Cómo llegamos a que todo esto se aplicable a la política? Abrazarnos a un único motivo sería simplista. Uno podría atribuirlo en países como el nuestro a “década de frustraciones” generadas por la “política argumentativa”. Pero el fenómeno se desplaza casi a la misma velocidad por países que han tenido mejores gobiernos. Parece más bien algo relacionado al espíritu de los tiempos, aquello que los filósofos alemanes llamaban el zeitgeist.
Nadie permanece en un posteo de redes más de 15 segundos, nadie lee un artículo como este, el éxito de X radica en la brevedad del mensaje, tik tok muestra videos de muy poca duración y cuando resultan un poco más largos, el receptor los abandona por la mitad. No hay tiempo. Y si lo hay, la ansiedad conduce a pasar rápidamente a otro posteo. En ese marco, la argumentación aburre.
De tal modo, los políticos que saben leer ese zeitgeist han comprendido que la tropa de seguidores se construye con fe, y la fe a su vez, con mensajes breves, poco explicados pero con un énfasis religioso, místico, y que esto, encierra una ventaja adicional: la disonancia cognitiva ayuda a que las personas no relacionen su realidad, con los sacerdotes de esa fe. Mucho menos con sus dioses.
Si observamos la sucesión de nombres en los que se referenciaron las juventudes oficialistas, desde el retorno democrático hasta hoy, observamos el fenómeno con claridad. “La Coordinadora”, “La Renovación Peronista”, “El Grupo Sushi”, “La Cámpora”, y hoy, “Las Fuerzas del Cielo”. Amén.
* Director de Relaciones Institucionales de Grupo Crónica

