El absurdo encanto de tener razón
Cada cual con sus vicios. Que no somos gente de juzgar y además estamos grandes. Pero hay uno que es más caro que todos, representa un consumo problemático y, al estar socialmente aceptado, la gente tiende a naturalizarlo: el vicio de tener Razón. Si, así, con mayúscula, porque si hay solo una merece nombre propio.
El aislamiento de quien lo padece afecta, además, a los grupos a los que pertenece. En la última semana, las consecuencias políticas de tener razón se han extendido sin distinciones ideológicas ni de nobleza en las intenciones, arrasando desde la voluntad de aprobación del Presupuesto en Argentina hasta las ínfulas del pinochetismo remixado en Chile.
La sobrevaloración de la razón es un artificio de la modernidad que todavía arrastramos en este tiempo incierto. Ese gran relato justificaba todo aquello que pudiese ser argumentado desde lo lógico, con independencia de que representen paradigmas opuestos entre sí. Así, liberalismo y marxismo, psicoanálisis y neopositivismo conviven en la ponderación de lo racional como garantía de verdad.
Máximo Kirchner tenía razón. No le alcanzó; porque a veces, en política, eso no significa nada. No vengo a ofrecer la indignidad analítica de que su argumento disparó el rechazo de un nuevo viejo grupo A al Presupuesto. Esta negativa era injustificada y precedente. Pero la obstinación de reclamar confluencia sobre tu mirada del mundo no amplía voluntades, aunque estés en lo cierto. La razón es un perro que te sigue (si hay que plagiar, que sea a Marechal) y, como tal, no mira cuando cruza la calle.
Actuar en nombre de la razón reclama ser demasiado estricto al procedimiento. Impone estándares absolutos con los que se puede o no acordar pero nunca influir o modificar. Ser razonable es lo contrario a tener razón: es construir sentido con las razones del otro. Cuando tu argumento encorseta tu acción, quizás estás llevando el vicio demasiado lejos y es tiempo de parar. El problema es creer que uno la maneja. Que tratar de tener razón una vez no te va hacer nada, que lo controlás. Concentrarse en decir "lo cierto" te puede exponer a trampas.
Las experimentó Milei en campaña, con el asesoramiento de libertarios que, con el asombro digno de un recién nacido, descubrieron a Schopenhauer. Esa revelación provocó que su líder, con la gracia y la mecanicidad de un muñeco a pila, gritara "falacia" a cualquier argumento que no fuese suyo. Esa falta de flexibilidad discursiva fue interpretada como una limitación por la audiencia, que lo reinterpretó en memes y en hashtags. La razón te termina manejando a vos.
El engagement de las nuevas derechas, y su crecimiento abrupto en el ecosistema político en nuestra región, se puede explicar en gran medida por un argumento construido de razones diversas. La expresión de disconformidad con lo político, amplificada por un sistema mediático dispuesto a visibilizar esas agendas. Inflación, inseguridad, presión impositiva y derecho a atesorar moneda extranjera se unifican en un significante vacío, que enorgullecería y espantaría al buen Laclau.
Cuando, amparada en la ausencia de repreguntas, la derecha pretende tener razón, le pasa Chile, Honduras o Perú. La "venezualización" de América latina alcanza solo a los nombres propios. Y si Argenzuela significa algo, Peruzuela menos y Chilezuela nada. La derrota de Kast expresa, entre otros datos alentadores, la imposibilidad de agitar fantasmas rojos (sí señor Sherman, todo es comunismo) como único argumento para construir mayorías.
Cuando Maquiavelo le comía la cabeza al príncipe, lo vectorizaba sobre un principio que ordenaba al resto: no hay razón más importante que la del Estado. Esto, que motivó tantas confusiones acerca del fin y los medios, sobre el amor y el temor o lo verdadero y lo engañoso, encontraba su punto máximo en la reflexión acerca del sentido moral de los actos políticos. Ser "no bueno" no significa ser malo, solo expresa la irrelevancia del concepto de bondad, a título personal, comparado con los fines del Estado. ¿Es deseable ser "bueno"? ¿Es justo "tener razón"? Sí, siempre y cuando las consecuencias de esas expresiones personales no atenten contra los objetivos del colectivo.
Asumiendo el riesgo de la analogía entre la malograda sesión del Presupuesto argentino y los resultados de la segunda vuelta chilena encontramos, más allá de las diferencias ideológicas, un rasgo común: la razón no representa los motivos. Cuando estos términos se vuelven uno, la radicalización de la expresión condiciona la práctica política. Produce un cuello de botella a la diversidad de argumentos sobre los cuales pueden movilizarse los apoyos y le resta juego a la búsqueda de consensos, bajo una lógica de "es esto o nada". Reemplaza la diversidad aluvional que construya sentido en recorrido ascendente, que muchas veces emparenta el fervor religioso con la práctica política, con un mecanismo de secta, en el que líder determina el propósito que guía las acciones de los demás, incluyendo la mía. Nadie milita con fe los deseos de otro.
Mirar a Zamba, votar a MileiLas dificultades que este vicio le plantea a la narrativa se extienden a una imposibilidad de comprender el escenario técnico y social en el que se inscribe la batalla por el sentido. Para que la razón sea consistente necesita tiempo. Marcar las contradicciones entre lo que aquél dijo hace diez años y lo que sostiene ahora, esclarecer con un puente argumental la relación entre la deuda que ese tomó y que hoy reclama que pague otro o invitar a pensar en la labilidad de quien ocupó dos cargos públicos, en dos gestiones de signo opuesto y con quince años de diferencia, demandan concentración y voluntad. Esas orfebrerías son de nicho. De los que tienen tiempo de ver el video. La información son fotos. No hay contradicción si todo dura un instante. El pibe que hoy vota a Milei, es el que se educó con Zamba.
La idea de la infalibilidad del pueblo y su acción política concede dos tipos de interpretaciones. Dime cuál usas y te diré qué tipo de comunicador eres. Si creés que "el pueblo siempre tiene razón", tenés que parar: sos un adicto. Estás coqueteando con el riesgo de que existe una razón, que seguro vos la descubrís y que, como todo aquel que es iluminado por una verdad, es tu destino que la gente te siga y te apoye. Si sos fiel a la idea de que "el pueblo nunca se equivoca" vas a agudizar la escucha (verdadera condición para volverte digital) y entender que la complejidad de la demanda construye un sentido de tantas cabezas que es invencible, pues no alcanza con cortarle una. Si esa erra, acierta la otra. Tener muchas razones es la mejor forma de que alguna se imponga.

