Envidia, revancha y ego: tres emociones arcaicas que modelan el cerebro social
La neurociencia explica cómo la envidia, la venganza y la autoestima influyen en el liderazgo, la competencia y los vínculos
"El silencio del envidioso está lleno de ruidos". La frase atribuida a poeta Khalil Gibran sintetiza emociones que solemos minimizar. El sentimiento de envidia pareciera más relacionado con melodramas o problemáticas banales.
Sin embargo, puede enmarcarse dentro del tipo de instintos que han logrado diferenciar al ser humano y que permiten tomar decisiones.
La envidia como motor competitivo
La envidia es un proceso que involucra al otro, pero también implica la necesidad de autoexigencia para alcanzar lo envidiado o incluso superarlo. Constituye una emoción natural: nos avisa cuando estamos en desventaja.
Existe una envidia sana, sin desearle mal al envidiado, que aumenta la competitividad y genera mayor esfuerzo, incrementando muchas veces el rendimiento. Pero también hay una envidia agresiva, donde los sentimientos negativos superan la posibilidad de lucha competitiva.
Allí se produce una situación de odio y estrés que puede cronificarse y desalentar la voluntad de acción. Se observa en personas con mayor primitivismo mental, en adicciones y en el agotamiento mental.
La envidia está mucho más presente de lo que se concientiza. Muchas veces no se la reconoce como tal. La sensación de deseo de alcanzar un objetivo similar al de otra persona, o superarlo; aunque sea una emoción sana, es considerada por la neurociencia como un tipo de envidia.
Cuando un vecino compra un auto nuevo, un compañero obtiene mejor nota o un amigo anuncia un viaje, se disparan mecanismos de deseo donde subyace la envidia competitiva. Sana y productiva, siempre que su intensidad sea moderada.
Qué ocurre en el cerebro cuando sentimos envidia
Desde el punto de vista cerebral, interviene la corteza prefrontal dorsolateral, que permite conocer la información y controlar lo deseado; el complejo amigdalino, relacionado con la memoria emotiva; y el núcleo accumbens, que genera placer pero también necesidad ante una recompensa insatisfecha, algo parecido a una abstinencia conductual de lo ajeno. Incluso en animales se observan modelos de envidia: el chimpancé que rechaza la uva cuando otro recibe bombones evidencia una comparación que altera la conducta. Sobre estos mecanismos se apoyan también las estrategias de consumo: el deseo de lo del otro es una emoción arcaica ligada a la supervivencia.
La revancha como mecanismo de defensa social
Si la envidia es el detector de la inferioridad, la revancha pareciera ser uno de los mecanismos instintivos de defensa del cerebro. La revancha podría haber permitido sobrevivir a nuestra especie organizando los grupos gregarios.
Se engraman tres categorías: solidarios, justicieros y aprovechadores. Este equilibrio mantendría la funcionalidad y la sobrevida del grupo.
La venganza no es solo un sentir; puede llevar a la acción. Es un subtipo de agresión. Para que se produzca como proceso conductual debe existir cierta recompensa instintiva que mejore la angustia reactiva ante una injusticia padecida. La recompensa es combustible de la revancha.
Cuando el castigo es percibido como justo, se encienden estructuras cerebrales de recompensa como el núcleo accumbens y zonas orbitales del lóbulo prefrontal, generando una compensación emocional. Cuando el castigo es injusto, se activan la ínsula y la circunvolución cingulada anterior, áreas relacionadas con el dolor y la angustia empática.
Cuanto mayor es la venganza considerada merecida, mayor es la activación del núcleo caudado y de las zonas prefrontales operativas de toma de decisión. Existe una relación directa entre intensidad de la revancha y activación cerebral. En tiempos de cazadores recolectores, antes de reglas legales establecidas, la revancha cumplía un rol regulatorio: el temor social generaba respeto preventivo. Pero este mecanismo requiere un justo medio: un exceso extinguiría al grupo y su ausencia también lo pondría en peligro.
Varios estudios muestran que el castigo del culpable o el reconocimiento de culpa mejora la emoción negativa de las víctimas. Por el contrario, la prolongación del sentimiento negativo y la necesidad de justicia por mano propia aumentan los síntomas de estrés postraumático.
La justicia moderna puede pensarse como sublimación de la revancha. Sin regulación, este instinto puede desviarse hacia revanchas desmedidas o hacia la ausencia total de reacción, ambas con serias consecuencias sociales.
Dice el investigador David Chester de Virginia Commonwealth University que la venganza es en cierto modo un subtipo de agresión, por lo tanto no es solo un sentir, como parecería, sino que puede llevar a la acción. Animales que no cazan su presa o no se defienden pueden generar la sensación de debilidad hacia terceros. Deben aparentar defensa pues la capacidad de contraatacar puede utilizarse muchas veces como un hecho diferido, que en los casos más graves pueden ser directos y contundentes.
El ego y su transformación en autoestima
En este entramado aparece el ego. Este instinto podría existir como función también en animales superiores. Mantenerse altruista como animal alfa, no tolerar lo injusto o decidir cuándo dejarse copiar son conductas que revelan un equilibrio entre autoestima y supervivencia.
Los monos capuchinos que arrojan el pepino cuando otro recibe una uva muestran una defensa del ego ante la injusticia. Los córvidos que cambian de escondite cuando son observados evidencian la tensión entre altruismo y autoprotección.
En el humano, el ego se complejiza y se convierte en autoestima. Es necesaria para triunfar en la vida, confluir en un trabajo exitoso, sostener una familia estable y cumplir un rol activo en la sociedad. Una baja autoconsideración dificultará exponerse, competir y confiar. La autoestima es relativamente estable, aunque disminuye en la adolescencia y en la vejez, momentos de mayor vulnerabilidad.
Pero cuando la autoestima está potenciada en exceso se transforma en trastorno de la personalidad narcisista. El narcisismo sería una autoestima de alta intensidad que impacta en las relaciones sociales y laborales. En estas personas solo se activan áreas emocionales cuando existe perjuicio propio y no cuando son agredidos los otros. Son autosobrevalorados, con alta autoestima pero frágil: sufren ante la crítica y reaccionan con angustia. Pretenden ser el centro de atención, sobrevaloran lo propio y menosprecian lo ajeno. Ese no importarle el otro construye relaciones frágiles y superfluas.
Emociones arcaicas que moldean la vida social
Puede pensarse entonces a la envidia, la revancha y el ego como institutos básicos que se encuentran incluso en animales y que en el humano adquieren complejidad. Son emociones arcaicas que modelan decisiones, vínculos y estructuras sociales.
En su justa medida favorecen la supervivencia, la organización grupal y el desarrollo individual. Desreguladas, se convierten en odio, violencia o narcisismo patológico. El cerebro social humano está atravesado por estos mecanismos. El desafío no es negarlas, sino comprenderlas y controlarlas.

