Hay una tendencia obsesiva a opinar
Los "ultracrepidianos" toman posición acerca de todo sin conocimiento de nada
Hay momentos en que nos duele vivir en un lugar donde los intereses personales, los beneficios económicos, la maldad y el egoísmo parecen ganar siempre la batalla. La decepción y el desconsuelo generados nos hacen creer que las buenas personas escasean. Aunque seamos capaces de cerrar los ojos, el dolor ajeno y la injusticia siempre nos atormentarán. Pero desgraciadamente, muchas cosas que hoy nos duelen, mañana se nos olvidarán. Cuando algo nos toca y nos llega, todos opinamos; sin embargo luego, si ponemos en la balanza nuestras acciones y nuestras intenciones, las últimas salen ganando. Hay más opiniones que hechos.
Dependemos mucho de nuestra pertenencia social. Por eso, expresar las opiniones a veces tensiona o asusta. No queremos ser rechazados y tampoco ofender a los demás o propiciar inestabilidad en nuestro entorno. Sin embargo, si nos abstenemos de expresar las opiniones personales, estaremos anulándonos a nosotros mismos. Se requiere de coraje para expresar las opiniones, para decir en voz alta lo que pensamos, para ser leales a nosotros mismos.
De todos modos hay personas que opinan de todo sin tener conocimiento de nada. "Sobre las cosas que no se conocen siempre se tiene mejor opinión", decía Gottfried Wilhelm Leibniz. Son los que nunca se callan, los que nos corrigen, los que tienen sugerencias para casi cualquier tema, los que quieren arreglar el mundo cada día. Es un perfil con una tendencia casi obsesiva a opinar y dar consejos en áreas de las que, generalmente, no siempre conocen ni controlan. Se los llama "ultracrepidianos". Tienen respuestas para todo. No se callan. No son conscientes de sus limitaciones y lo que es peor, no respetan a los demás, descalificando a todos.
Es bastante común que algunas personas con menos competencias cognitivas e intelectuales tiendan a sobreestimar sus propias capacidades e incluso a postularse para puestos de poder. Darán su opinión sobre las imágenes de la cara oculta de la Luna, subirán a su atril para opinar de política, y aspirarán siempre a demostrar cuánto saben de fútbol, economía o medio ambiente. Regalan sus indiscutibles opiniones sin que se las pidan y las venden como si fueran verdades absolutas. Sin embargo, es necesario saber que son meras expresiones personales, simples reflejos del mundo emocional y cognitivo de las personas que las emiten. No hay peor ignorancia que la de quien llega a pensar que sus valoraciones particulares son verdades universales.
Por otro lado, quien suele hacer uso de estas opiniones tan determinantes y dañinas, suele reaccionar de forma muy negativa cuando otros intentan rebatir sus argumentos aportando principios lógicos y razonables. No las aceptarán ni las escucharán, porque han dado forma a un pensamiento muy rígido.
"Elígeme o el mundo será un caos", "compra este producto y serás feliz" o "adelgaza, vístete así, haz esto y tendrás éxito social", frases que traducen la abundancia de opiniones fuertes, pero débilmente sostenidas. Las personas "sabelotodo" suelen dar lugar a problemas en las relaciones personales o profesionales. Su forma de actuar irrita; quizás tengan más conocimientos y experiencias que otros, pero esto no les da derecho a ir por el mundo como si lo conocieran todo, como si siempre les asistiera la razón.
Ante todo esto, no habrá nada más reconfortante que llegar a la cama con el corazón tranquilo y la conciencia serena, sin importarnos lo que piense el mundo. "Si dices lo que piensas, haces lo que te dicta tu corazón y tienes la conciencia en paz, seguramente has hecho lo que debías". Hay que sintonizar con ese refugio tranquilo de la vida interior, hay que saber propiciar ese despertar íntimo. Carl Gustav Jung solía decirnos aquello de que "para despertar hay que mirar hacia dentro".
Desarrollar adecuadas estrategias para crear una conciencia del corazón, una voz tranquila, afectuosa y coherente donde exista el respeto mutuo, a la vez que el auto-respeto. No basta con saber qué está bien y qué está mal, "debemos sentirlo" y evitar que nuestra opinión se transforme en un juicio. Para conocer el mundo de otra persona y descubrir aquello que se encuentra bajo las apariencias, es importante no juzgar. Sin embargo, la mayoría de las veces asumimos cosas que, en realidad, no conocemos y emitimos juicios rápidos disfrazados de opinión.
"Un padre y su hijo de veinticuatro años iban en el tren. El joven miraba por la ventana y gritó con alegría: -¡Papá, mira, parece que los árboles pasan volando! El padre sonrió dulcemente y asintió con la cabeza.
Frente a ellos, una pareja intercambió miradas expresando compasión por la conducta tan infantil del joven. Éste gritó de nuevo, riendo emocionado: -¡Papá, mira, las nubes nos persiguen! El padre le volvió a sonreír.
El hombre no pudo resistirse y le dijo al padre: -Disculpe mi opinión, pero tal vez debería llevar a su hijo a un buen médico.
El padre, afablemente, le contestó: -Gracias por su opinión. Ya lo hice. Acabamos de salir del hospital. Mi hijo era ciego de nacimiento y acaba de recuperar la vista".

