La caña de bambú

La impaciencia termina siendo autodestructiva

Tenemos la mala costumbre de querer casi todo al instante

La impaciencia es un sentimiento inútil. Nos desgasta, nos hace daño y, con frecuencia, nos lleva a cometer errores. Es un estado que bordea de forma peligrosa el estado de ansiedad. Que nos hemos vuelto más impacientes no es un secreto para nadie. La velocidad de la vida moderna nos ha acostumbrado a que todo ocurra más rápido, volviéndonos más intolerantes frente a los tiempos de espera.

Esto es realmente lamentable. Casi todo lo que tiene verdadero valor y sentido se construye con el paso del tiempo. Por norma, los resultados rápidos también son más efímeros y tampoco se puede adelantar el reloj frente a realidades que exigen su propio proceso. En esas condiciones, la impaciencia termina siendo autodestructiva.

La impaciencia es una falta de sincronización emocional con el ritmo de la realidad. Si esta no va a la velocidad que lo deseamos, no es problema de la realidad, sino consecuencia de nuestra falta de adaptación. "La misma esperanza deja de ser felicidad cuando va acompañada de la impaciencia" decía John Ruskin.

Rara vez nos detenemos a analizar qué es lo que realmente hay detrás de la impaciencia. En principio, puede ser que simplemente la realidad vaya a una velocidad distinta a la que estamos acostumbrados. En otras ocasiones, hay algo más. Si necesitamos tan intensamente que algo ocurra o no ocurra, quizás sea porque no hemos logrado lidiar con el presente; con lo que falta o con lo que sobra. Por eso queremos escapar y la impaciencia es la expresión de no poder hacerlo. En esos casos, el problema no está en aquello que no termina de llegar o de irse, sino en la dificultad para adaptarnos a un presente que quizás no es el más agradable.

Cuando alcanzamos un estado de mayor calma también es más fácil escuchar lo que sucede dentro de nosotros y comprenderlo mejor. Nos resulta más fácil saber, por ejemplo, si lo que queremos es que suceda o deje de suceder algo o más bien escapar de esa parte de nosotros que no ha encontrado la forma de afrontarlo.

A veces, la acción no es la mejor opción, sobre todo, si nace fruto de un impulso. Porque saber esperar y tener paciencia también tienen sus frutos. Tenemos la mala costumbre de querer casi todo al instante, de hacer las cosas inmediatamente. Preferimos cambiar de opción, antes que tener paciencia. Somos más de rendirnos que de esforzarnos, sobre todo, si los frutos necesitan su tiempo para madurar.

Posponer la satisfacción de nuestros deseos, tener que esperar... De hecho, cuando creemos hacerlo, nuestra mente comienza a bombardearnos a través de preocupaciones y expectativas, para acelerar el ritmo de los acontecimientos. Vivimos de prisa y con mucho ruido, tanto interno como externo. Deambulando de un lado para otro, sin más rumbo que aquel que nos marca nuestra necesidad de satisfacción inmediata.

La paciencia es el arte de saber esperar, de respetar tiempos y hacer una pausa cuando la ocasión lo merece -o necesita-, sobre todo, con nuestros pensamientos. De hecho, cuanto más abrumados nos encontremos y las telarañas formadas por nuestras creencias se hagan más y más grandes, es cuando más necesitamos parar.

Porque si nos dejamos llevar por la impaciencia, la ira, el estrés o la frustración, además de sentirnos mal, seguramente, acabaremos por tomar decisiones precipitadas, fruto de nuestros impulsos. Cuánto mejor es tomarse unos minutos para respirar, tomar distancia emocional de aquello que ha sucedido y entrar en contacto con uno mismo.

"Se trata simplemente de sentarse silenciosamente, observando los pensamientos pasando a través de ti. Simplemente observando, no interfiriendo, no juzgando, porque el momento en que juzgas, has perdido la pura observación" afirmó Osho.

De algún modo, nos hemos convertido en esas personas que se suben por las paredes cuando Internet tarda en conectarse en nuestros dispositivos, cuando alguien no responde al segundo a nuestros mensajes, cuando el semáforo tarda demasiado en ponerse en rojo...

"No hay que ser agricultor para saber que una buena cosecha requiere de buena semilla, buen abono y riego constante. También es obvio que quien cultiva la tierra no se detiene impaciente frente a la semilla sembrada y grita con todas sus fuerzas: "¡Crece, maldita seas!".

Hay algo muy curioso que sucede con el bambú japonés y que lo transforma en no apto para impacientes. Siembras la semilla, la abonas y te ocupas de regarla constantemente. Durante los primeros meses no sucede nada apreciable. En realidad, no pasa nada con la semilla durante los primeros siete años, a tal punto que un cultivador inexperto estaría convencido de haber comprado semillas estériles.

Sin embargo, durante el séptimo año, en un periodo de solo seis semanas, la planta de bambú crece... ¡más de 30 metros!

¿Tarda sólo seis semanas en crecer? ¡No! La verdad es que se toma siete años para crecer y seis semanas para desarrollarse. Durante los primeros siete años de aparente inactividad, este bambú genera un complejo sistema de raíces que le permiten sostener el crecimiento que vendrá después".

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