¿Cómo llegamos a diciembre?

La macro se ordena, la economía real espera

Con la inflación estable y calma cambiaria, el empleo y la competitividad muestran señales de deterioro.

Por María Pía Nicocia 

Los primeros siete meses del año estuvieron marcados por una relativa estabilidad cambiaria y por una desaceleración de la inflación. Luego del pico registrado en marzo, cuando el IPC alcanzó el 3,4%, el Gobierno logró encauzar el proceso desinflacionario. 

Sin embargo, esa estabilidad comenzó a mostrar sus límites. Mientras el frente nominal exhibe señales de orden, la apreciación del tipo de cambio, el agotamiento de los incentivos financieros y una actividad económica cada vez más heterogénea exponen tensiones crecientes.

 En este contexto, y con un año electoral en el horizonte, resulta pertinente preguntarse: ¿cómo llega la economía argentina a diciembre?

El frente externo sostiene la calma cambiaria

Por lo pronto, el frente externo no muestra señales inmediatas de alarma. En lo que va del año, el Banco Central acumuló compras por más de USD 11.000 millones, lo que permitió sostener un escenario de relativa calma cambiaria.

 Sin embargo, esa estabilidad convive con una economía que crece de manera desequilibrada. El consumo privado, que en promedio representó el 56% de la demanda agregada durante las últimas dos décadas, hoy explica cerca del 60%, mientras que la inversión cayó del 15% al 13%. En otras palabras, el crecimiento se apoya cada vez más en el consumo y menos en la ampliación de la capacidad productiva. 

Es, en definitiva, la lógica que impone un tipo de cambio apreciado: consumir resulta relativamente más atractivo que producir e invertir. Con un tipo de cambio apreciado, los bienes importados se abaratan relativamente y el consumo gana dinamismo, mientras que producir para competir con importaciones o exportar resulta cada vez menos rentable.

El reverso de esa estabilidad cambiaria es la apreciación del tipo de cambio real. Tras las devaluaciones del año pasado, el peso volvió a apreciarse y, solo en los primeros cuatro meses de 2026, el tipo de cambio real acumuló una apreciación del 13,6%, ubicándose apenas un 6% por encima del nivel previo al salvataje del FMI y al cambio de gobierno del 10 de diciembre de 2023. Si bien este proceso contribuyó a moderar la inflación y a sostener el poder de compra en el corto plazo, también deterioró la competitividad de los sectores transables. Como consecuencia, la cuenta corriente del balance cambiario del Banco Central registró un déficit de USD 1.122 millones durante el primer trimestre de 2026.

La industria pierde competitividad y empleo

La industria es, quizás, el ejemplo más claro de esa pérdida de competitividad. Desde septiembre de 2023 perdió cerca de 81.000 puestos de trabajo, de los cuales 48.000 se destruyeron en el último año, concentrando casi la mitad de toda la caída interanual del empleo privado registrado. Al mismo tiempo, la actividad manufacturera registró variaciones interanuales negativas en 29 de los últimos 31 meses. Lejos de tratarse de un fenómeno aislado, este desempeño es consistente con un esquema de apreciación cambiaria que abarata las importaciones y erosiona la competitividad de los sectores productores de bienes transables, dificultando tanto la sustitución de importaciones como el crecimiento de las exportaciones industriales.

El deterioro del mercado laboral ya no se refleja únicamente en la cantidad de empleo, sino también en su calidad y en su capacidad para garantizar ingresos suficientes. El salario mínimo, vital y móvil acumula una caída real del 39,7% desde noviembre de 2023 y hoy se ubica, en términos constantes, por debajo del nivel que tenía en 2001, antes del colapso de la convertibilidad. Al mismo tiempo, para una parte creciente de quienes no logran acceder a un empleo registrado, la alternativa no es el desempleo abierto, sino la inserción en la economía informal. En el primer trimestre de 2026, el 44,2% de los ocupados trabajaba en condiciones de informalidad. Entre los asalariados, esa proporción alcanzó el 37,9%, el nivel más elevado desde 2007. Estos indicadores muestran que la recuperación de algunos agregados macroeconómicos todavía no se traduce en una mejora sostenida de las condiciones de vida ni del mercado de trabajo.

La informalidad profundiza la brecha de ingresos

La expansión de la informalidad también tiene consecuencias directas sobre los ingresos y la pobreza. Hacia fines de 2025, un trabajador informal percibía, en promedio, un salario 33% inferior al de un trabajador formal con las mismas características, incluso controlando por edad, sexo, rama de actividad y tamaño de la empresa. 

Esa brecha salarial se refleja en las condiciones de vida: el 34% de los trabajadores informales vivía en hogares pobres, frente al 10% de los trabajadores formales. En este contexto, el acceso al empleo dejó de ser una condición suficiente para garantizar un nivel de vida por encima de la línea de pobreza.

El esquema cambiario que sostiene la calma de estos meses y el deterioro del mercado laboral no son dos historias paralelas: son la misma historia contada desde ángulos distintos. 

La economía puede llegar a diciembre con una inflación más baja y un dólar relativamente estable. La verdadera incógnita es cuánto de esa estabilidad podrá sostenerse si continúa apoyándose sobre una pérdida persistente de competitividad, una inversión que no despega y un mercado laboral cada vez más frágil. Porque la estabilidad macroeconómica puede sostenerse en el corto plazo, pero cuando comienza a deteriorar los fundamentos productivos que la hacen posible, la pregunta deja de ser cuánto dura y pasa a ser qué costo tiene sostenerla.

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