La madurez se gana en la batalla de todos los días
Quien es auténtico sabe a qué atenerse y los demás lo conocen
Vivimos momentos históricos repletos de confusión e incertidumbre, aquí y en muchos lugares del mundo. El desencanto recorre los caminos de la historia. Y la gran proeza será no entregarse al mejor postor. No existe sólo una crisis de la política, o de las instituciones, sino de la persona misma. En la sociedad actual hemos ido "produciendo" seres humanos cada vez más endebles, frágiles, inestables, resbaladizos, sin criterios sólidos.
Dice un texto clásico: "La corrupción de lo mejor es lo peor". Por eso nos urge, desde lo profundo, la reconstrucción de un hombre en pie, un hombre equilibrado donde se conjugue la actividad intensa con la paz interior. Un orden, una coherencia, una madurez que vamos ganando en la batalla de todos los días y que nos permitirá vivir la autenticidad.
Ser auténtico y ser coherente se reclaman mutuamente. Es la exquisita armonía entre lo que uno piensa, siente y hace. La persona auténtica vive de acuerdo con lo que lleva adentro para no terminar indigestado con lo que le llega desde el afuera. Es rectitud, vivir con responsabilidad, ser capaz de ir contracorriente cuando el entorno social proclama el "haz lo que quieras".
La persona auténtica y coherente está revestida de autoridad. Lo que dice, lo que hace, tiene un valor enorme, porque detrás hay una solidez que respalda. Tiene una vida equilibrada y armónica. Más que un maestro que enseña, es un testigo que "muestra". Su comportamiento es claro y nítido. Ama la verdad por encima de todo: la verdad de sí mismo, la verdad del otro y la del mundo. El demagogo, dice lo que la gente quiere oír y oculta la realidad de lo que está pasando. El que es auténtico llama a las cosas por su nombre, evita la mentira y el querer quedar bien.
Quien es auténtico sabe a qué atenerse y los demás también lo conocen. Tiene un estilo propio en cada circunstancia, para vivir desde sí mismo; depende más de sus propios criterios que de los de afuera. La presión externa le influye poco y nunca dirá que algo es verdad porque sea el resultado de la mayoría o las estadísticas. Sabe decir que sí o que no, cuando corresponde. Huye de la pura apariencia.
Auténtica es una persona íntegra, de una pieza, con una conducta estable, que dice lo que piensa sin ofender y que ama la rectitud sin rigidez. No busca el aplauso de los demás porque entiende que vivir es un proceso permanente que lo lleva a ser uno mismo. Es la ingeniería del ser buscando aspiraciones elevadas y plenas por encima del simple "parecer".
San Agustín, ya anciano, escribía «la paz es la tranquilidad en el orden» y lo hacía desde la experiencia de una época convulsa, de cambios sociales y culturales. Es la armonía que surge cuando cada cosa, persona o deseo ocupa su lugar justo y correcto. El orden nace en cada uno y no es nada más que la unidad armoniosa entre la inteligencia, los sentimientos y la praxis. Una integralidad engendrada desde el latido interior. Porque la coherencia no es sólo gestión del tiempo, "optimización de procesos", eficacia empresarial. Se edifica en un flujo constante, de adentro hacia afuera y de afuera hacia adentro.
Es verdad, hay crisis y hay obstáculos: sentimos una cosa y queremos otra; estamos divididos entre lo que nos apetece y lo que debemos hacer. Muchos terminan calificándonos de "exagerados". Aparecen compensaciones y se enturbia la claridad de nuestro ser. Tendemos a justificar nuestro obrar. Por eso Pascal decía: "Si no actúas como piensas, vas a terminar pensando como actúas". Si nuestra vida contradice lo interior, nuestro ideal terminará claudicando y se pondrá de parte de una actitud incorrecta, justificándola. La búsqueda de coherencia y autenticidad seguirá siendo una de las grandes tareas humanas. La madurez de una persona pasa necesariamente por este proceso. También la nuestra.
"Un abuelo y su nieto emprendieron un viaje y se hicieron acompañar por un asno que les hiciera más liviano el recorrido. Decidió el abuelo que el niño fuera montado en el burro para que no se cansara. Cuando pasaron por el primer pueblo, los lugareños empezaron a exclamar: -¡Qué vergüenza! El pobre anciano debe ir a pie, mientras el niño lo hace sobre el burro.
Ante tales comentarios decidieron que el abuelo fuera sobre el burro y el niño a pie. Pasaron por otro pueblo y los habitantes del mismo, al verlos pasar, dijeron: -¡Qué falta de caridad! El hombre cómodamente viajando sobre el burro y el niño a pie.
El abuelo y el niño optaron entonces por subirse los dos al burro y al pasar por una aldea, los aldeanos empezaron a increparles: -¡Malas personas! ¡Qué crueldad! ¡Los dos subidos sobre el burro!
Entonces el abuelo y el nieto decidieron caminar junto al animal, sin montarlo. Al pasar por otro pueblo, la gente se burló de ellos: -¡Qué par de tontos!¡Tienen un burro y ninguno de los dos se sube a él!
Mientras seguían impasibles su camino, el anciano le dijo al muchacho: -Querido nieto: ya te has dado cuenta que hagamos lo que hagamos siempre habrá gente que nos criticará; nunca dejes de ser auténticamente tú mismo."

