Neurociencia

La nueva desigualdad: la brecha en el uso de la IA

La inteligencia artificial transforma la cognición y amplía desigualdades sociales y tecnológicas. Los riesgos dependen menos de la herramienta que de su uso.

La inteligencia artificial (IA) no está presente solo en las aplicaciones de diálogo más conocidas. También forma parte de prácticamente todas las tecnologías complejas. Su naturalización en la vida cotidiana despertó entusiasmos y temores.

 Uno de los más frecuentes consiste en creer que la IA "atrofia" o "disminuye" la inteligencia humana. La imagen de un futuro con personas cada vez más pasivas, dependientes de pantallas que piensan por ellas, resulta seductora para algunos, pero representa apenas una parte del debate.

El problema puede no ser la herramienta, sino el uso que hacemos de ella. También influye el modo en que discutimos sus efectos sobre nuestra inteligencia, muchas veces desde el prejuicio o la alarma, sin bases científicas sólidas.

Conviene recordar que la inteligencia no constituye un bloque único, sino un conjunto de funciones cognitivas complejas: memoria, lenguaje, atención, razonamiento abstracto y toma de decisiones. A estas capacidades se suman otras dimensiones ampliamente reconocidas, como la inteligencia emocional, social, musical, visoespacial y procedimental. Por encima de todas ellas sobresale la flexibilidad mental: la capacidad de adaptarnos.

Se plantearon, con razón, algunas preocupaciones. El uso excesivo de herramientas que automatizan funciones cognitivas puede generar, en ciertos casos, una especie de "atrofia por desuso". Ya ocurrió con la memoria de los números telefónicos, que hoy delegamos en el celular, o con la orientación espacial mediante el GPS. Algunos estudios incluso señalan una disminución de la atención sostenida y de la construcción del lenguaje, especialmente entre niños y adolescentes con alta exposición a las pantallas.

Pero esto no equivale a una pérdida irreversible de inteligencia. Significa que ciertas funciones se reorganizan: algunas se externalizan, como la memoria factual, mientras otras se fortalecen, como la capacidad de integrar múltiples estímulos. Lo que cambia es el perfil cognitivo, no necesariamente la capacidad intelectual global, aunque ese proceso no está exento de riesgos.

Pensar con la IA, no delegar el pensamiento

En este punto conviene distinguir entre un uso crítico de la IA, como extensión del pensamiento, y un uso pasivo, como sustituto acrítico. Este último puede generar efectos adversos, como la pérdida del juicio propio o la delegación excesiva de decisiones en algoritmos sin cuestionarlos.

La IA no toma decisiones éticas, no tiene conciencia -al menos por ahora- ni comprende el contexto subjetivo de nuestras elecciones. Puede simular una conversación o predecir comportamientos, pero carece de libre albedrío y sentido de responsabilidad. Esas capacidades siguen siendo exclusivas del ser humano.

Aquí aparece uno de los mayores riesgos: creer que la IA puede "saber por nosotros". Esa ilusión de autoridad algorítmica resulta especialmente peligrosa en ámbitos sensibles como la medicina, el derecho o la educación. Como advertí en una nota reciente, utilizar ChatGPT sin supervisión para decisiones clínicas podría incluso rozar la mala praxis. Del mismo modo, prescindir completamente de estas herramientas en decisiones complejas también podría representar un error.

El verdadero desafío consiste en integrar estas tecnologías de manera crítica, supervisada y ética. Debemos utilizarlas para potenciar, y no para reemplazar, nuestra capacidad de pensar, decidir y crear.

Sin embargo, todos los grupos etarios conservan capacidad para incorporar herramientas tecnológicas básicas. Existe plasticidad neuronal y capacidad de aprendizaje durante toda la vida. Esto también ocurre en los adultos mayores, quienes hoy utilizan teléfonos inteligentes, mensajería instantánea, cámaras digitales, correo electrónico, computadoras, home banking, cajeros automáticos y firmas electrónicas, entre muchas otras herramientas.

Es cierto que, en promedio, un adulto mayor presenta un rendimiento inferior al de un joven en determinados procesos de aprendizaje cognitivo. Sin embargo, esa diferencia no impide incorporar procedimientos complejos, aprender nuevas tecnologías y desarrollar competencias digitales.

Muchas veces es la resistencia al cambio, más que la edad, la que dificulta la adaptación a las nuevas posibilidades tecnológicas. Hoy resulta difícil imaginar una vida sin internet, correo electrónico, plataformas de entretenimiento, mensajería instantánea o firma electrónica.

La IA también puede ampliar la desigualdad

La inteligencia artificial y el ADN representan formas de información estrechamente relacionadas que podrían impulsar una nueva revolución cognitiva. El historiador Yuval Noah Harari plantea la posibilidad de una segunda revolución cognitiva, después de la que protagonizó el Homo sapiens hace aproximadamente 70.000 años con el desarrollo del lenguaje simbólico y otras capacidades que transformaron la comunicación y la cooperación humanas.

Los avances biotecnológicos e informáticos también pueden profundizar las desigualdades. El acceso a medicamentos biológicos, terapias basadas en ADN, robótica, nanomedicina o tecnologías complejas continúa siendo muy limitado para gran parte de la población.

La inequidad también se manifiesta entre generaciones, especialmente entre los adultos mayores, y entre regiones del mundo, donde los países con menos recursos encuentran mayores dificultades para acceder a estas innovaciones. Esa brecha crece a medida que el desarrollo tecnológico avanza de manera exponencial.

Los avances científicos en almacenamiento y transferencia de información resultan extraordinarios. La bioinformática evolucionó mucho más rápido de lo que la mayoría imaginaba y alcanzó niveles que hace apenas unos años solo contemplaban unos pocos investigadores.

Durante décadas, los científicos buscaron imitar el funcionamiento del material biológico mediante elementos inorgánicos. Sin embargo, en los últimos años ocurrió una transformación profunda: utilizar el propio material biológico al servicio de la informática. En particular, emplear el ADN como soporte bioinformático, aprovechando el sistema de almacenamiento de información más antiguo, complejo y eficiente conocido.

El avance tecnológico plantea riesgos significativos, desde la adicción a los videojuegos hasta los dilemas éticos asociados con la genómica y la inteligencia artificial. Aunque estos desarrollos ofrecen beneficios inmensos, también pueden modificar profundamente la evolución humana. La dependencia tecnológica, la manipulación genética y la inteligencia artificial podrían conducir a una sociedad con menor autonomía, en lugar del progreso que prometen.

La IA y la tecnología ofrecen avances sin precedentes, pero su influencia sobre la subjetividad, el libre albedrío y la cognición plantea interrogantes profundos acerca del futuro de nuestra evolución. La clave consiste en encontrar un equilibrio que preserve nuestra esencia humana mientras aprovechamos los beneficios de estas innovaciones.

Decir que "la IA nos vuelve tontos" resulta tan falso como afirmar que "la IA resolverá todos los problemas". Ambas posiciones son extremas, reduccionistas y equivocadas. No es posible debatir el impacto de una tecnología sin comprender su contexto social, su base científica y su potencial cultural.

Lo cierto es que atravesamos una transformación profunda, comparable con la imprenta, la máquina de vapor o internet. Como toda revolución tecnológica, presenta riesgos y oportunidades.

La inteligencia humana no disminuye por utilizar inteligencia artificial. Se debilita cuando dejamos de pensar por nosotros mismos. Ese es el verdadero desafío que no debemos ignorar.

* Neurólogo y Psiquiatra, PhD.  Profesor Titular y Decano, Facultad de Ciencias Médicas (UBA). Director de @alzheimerargentina.


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