La resiliencia cognitiva del Alzheimer no nació ayer
El cerebro puede mantener algunas funciones aun en presencia de daño neuropatológico
Durante mucho tiempo, el Alzheimer fue pensado casi exclusivamente desde su consecuencia más visible: la pérdida de memoria. La enfermedad se asociaba, de manera casi automática, con deterioro progresivo, dependencia y daño cerebral irreversible. Sin embargo, en los últimos años se fue consolidando una pregunta mucho más interesante:
¿por qué algunas personas, aun teniendo lesiones cerebrales compatibles con Alzheimer, conservan funciones cognitivas relativamente preservadas?
Esa pregunta aparece nuevamente en el trabajo "Transcriptional profiles of immature neurons in aged human hippocampus track Alzheimer's pathology and cognitive resilience", publicado en Cell Stem Cell por Giorgia Tosoni y colaboradores. El estudio analizó tejido hipocampal humano envejecido mediante secuenciación de ARN de núcleo único, comparando cerebros sanos, cerebros con enfermedad de Alzheimer y cerebros con patología compatible con Alzheimer pero sin demencia clínica. Los autores observaron poblaciones persistentes de neuronas inmaduras y sugirieron que ciertos perfiles transcripcionales podrían contribuir a la homeostasis del hipocampo envejecido y a la resiliencia cognitiva frente a la patología de Alzheimer.
El trabajo es relevante y aporta evidencia molecular actual sobre un fenómeno de enorme interés: la posibilidad de que el cerebro mantenga funciones cognitivas aun en presencia de daño neuropatológico. Pero conviene hacer una precisión histórica y científica: el concepto de resiliencia cognitiva aplicado al Alzheimer no nace con este artículo. Ya había sido utilizado formalmente en 2012 en el trabajo "Cognitive resilience: APOE-e4 and mixed dementia", publicado en Alzheimer's & Dementia, por nuestro grupo del centro de Alzheimer Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires.
Ese antecedente ubicaba la resiliencia cognitiva en el campo de la enfermedad de Alzheimer, el riesgo genético asociado a ApoE-e4 y la demencia mixta, anticipando una línea conceptual que hoy vuelve a tomar fuerza en la literatura internacional. Siendo los factores metabólicos e inflamatorios tan importantes como la genética de base.
Esta aclaración no es menor. En ciencia, los conceptos tienen historia. No aparecen de la nada. Se construyen, se discuten, se refinan y luego muchas veces son retomados por otros grupos de investigación. Que hoy un grupo europeo utilice la expresión "cognitive resilience" para explicar por qué algunos cerebros toleran mejor el daño neuropatológico es importante; pero también es importante reconocer que ese marco con ceptual ya había sido formulado previamente en relación con Alzheimer y demencias.
La resiliencia cognitiva puede entenderse como la capacidad del cerebro para mantener su funcionamiento a pesar de agresiones biológicas, vasculares, metabólicas, traumáticas, ambientales o genéticas. No implica ausencia de daño. Al contrario: su interés radica precisamente en que puede existir daño cerebral y, aun así, no manifestarse clínicamente con la intensidad esperada.
En otras palabras, una persona puede tener lesiones compatibles con Alzheimer y, sin embargo, conservar memoria, lenguaje, orientación y autonomía durante más tiempo que otra con un daño similar.
Esta diferencia obliga a abandonar una mirada lineal de la enfermedad. Durante décadas se pensó que a mayor lesión cerebral correspondía necesariamente mayor deterioro cognitivo.
La resiliencia cognitiva introduce una corrección fundamental: entre la lesión y el síntoma existe un espacio de mediación. Ese espacio está ocupado por la genética, la educación, la actividad intelectual, la vida social, el control vascular, el sueño, la alimentación, el ejercicio, la historia emocional y las condiciones ambientales de cada persona.
El concepto no es simplemente descriptivo. Tiene una enorme potencia preventiva. Si algunas personas resisten mejor el daño, la gran pregunta médica es por qué. Y si se identifican esos mecanismos, entonces podría ser posible fortalecerlos, imitarlos o estimularlos. Allí la resiliencia cognitiva deja de ser una curiosidad académica y se convierte en una estrategia sanitaria.
El antecedente de 2012 resulta especialmente relevante porque vinculaba la resiliencia cognitiva con ApoE-e4 y el alzheimer, es decir, con la inte racción entre mecanismos degenerativos y vasculares.
Ese enfoque era particularmente adelantado, porque no reducía el Alzheimer a una sola causa ni lo entendía como una enfermedad aislada del resto del organismo. Por el contrario, permitía pensar que el riesgo genético, los factores vasculares y la capacidad compensatoria del cerebro podían combinarse de distintas maneras.
En ese sentido, la resiliencia cognitiva no debe confundirse con una simple "reserva cognitiva". La reserva cognitiva, tradicionalmente asociada a la función cognitiva: educación, ocupación o estimulación mental, que es parte del problema, pero no lo agota. La resiliencia cognitiva incluye también mecanismos biológicos más profundos: respuestas inflamatorias, protección sináptica, capacidad de reparación, redes neuronales alternativas, factores genéticos protectores y una posible tolerancia diferencial frente a proteínas patológicas como beta-amiloide o tau. Es decir, la "resiliencia cognitiva" es la capacidad cerebral de soportar todas las injurias.
Prevención
La consecuencia práctica es clara: si el Alzheimer comienza décadas antes de los síntomas, entonces la prevención debe comenzar mucho antes del diagnóstico. La resiliencia cognitiva invita a intervenir sobre hipernsión, diabetes, obesidad, colesterol, sedentarismo, sueño, depresión, aislamiento social, hipoacusia, traumatismos de cráneo y hábitos tóxicos. Cada uno de esos factores puede aumentar o disminuir la vulnerabilidad cerebral. El cerebro envejece dentro de un cuerpo, dentro de una biografía y dentro de una sociedad.
La resiliencia cognitiva permite comprender que el riesgo de Alzheimer no depende únicamente de la presencia de lesiones cerebrales o de una predisposición genética, sino también de la capacidad del organismo para compensar, demorar o modular la expresión clínica de ese daño. En este punto, el concepto se vuelve especialmente importante por que une la biología molecular con la vida cotidiana: aquello que ocurre en los genes, en las sinapsis, en los vasos sanguíneos y en los mecanismos inflamatorios no está completamente separado de la historia vital, los hábitos, la educación, el ambiente y las condiciones sanitarias de cada persona.
Esta perspectiva se articula con los criterios de la Comisión Lancet sobre prevención, intervención y cuidado de la demencia, que en su actualización de 2024 sostuvo que hasta un 45% de los casos de demencia podrían ser potencialmente prevenibles o demorables mediante el abordaje de 14 factores de riesgo modificables a lo largo del curso de vida. A los factores ya reconocidos, bajo nivel educativo, hipertensión, hipoacusia, tabaquismo, obesidad, depresión, inactividad física, diabetes, aislamiento social, consumo excesivo de alcohol, traumatismo craneoencefálico y contaminación del aire, se sumaron dos nuevos: colesterol LDL elevado y pérdida visual no tratada.
De este modo, la resiliencia cognitiva no debe entenderse como una condición fija o exclusivamente genética, sino como una capacidad que puede ser favorecida o debilitada por factores clínicos, sociales y ambientales acumulados durante décadas. Entre el daño cerebral y el síntoma existe, entonces, un espacio de intervención preventiva, planteado en atención primaria; y es precisamente allí donde los factores modificables adquieren su mayor valor sanitario.
* M.D., Ph.D., D.Phil.
Dean, School of Medicine - University of Buenos Aires (UBA)
Chief of Department and Professor of Psychiatry & Mental Health and of Behavioral Neurology, School of Medicine - University of Buenos Aires (UBA)
Assistant Professor of Physiology. School of Medicine - UBA
Director of the Center of Alzheimer - UBA
Director of the Center of Neuropsychiatry and Behavioral Neurology (CENECON), Hospital de Clínicas - UBA
Director of ALZAR - Alzheimer Argentina
President of Fundación Humanas
CONICET Researcher

